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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


domingo, julio 01, 2012

El mito de la caída de Adán - W. Chittick





El mito de la caída de Adán en Ruh al-arwāh de Ahmad Sam‘āni


William C. Chittick





Introducción

La literatura sufí permanece todavía ampliamente inexplorada. Si bien muchos textos han sido reconocidos como clásicos tiempo ha, y otros muchos sacados a la luz por estudiosos contemporáneos, muchos otros aún yacen desdeñados en bibliotecas de manuscritos o colecciones privadas esperando ser descubiertos.

El hecho de que estos trabajos sean desconocidos en modo alguno significa que sean insignificantes. Un caso puntero es Ruh al-arwāh , del gran sufí persa Ahmad Sam’āni, contemporáneo de Qazāli (al-Gazal) y Sanāi.

Existen manuscritos de este libro de mas de 600 páginas en varias bibliotecas. Algunos de los grandes estudiosos contemporáneos de la literatura de Persia, tales como Bad`i al-Zamān Fruzānfar y Mohammad Taqi Dāneshpazhuh, han mencionado la obra, pero nadie le prestó mucha atención hasta que fue publicada en 1.989 por Najoid Māyel Herawi 1. Ahora que este texto es asequible, cualquiera puede ver que merece ser valorado como un clásico mayor de la literatura sufí persa.

Pese a que Ahmad Sam’āni es desconocido por los más de los estudiosos contemporáneos, no es difícil encontrar información sobre su vida. Fue miembro de una famosa familia de estudiosos shafi’itas en Marw. Su padre, Abol Mozaffar Mansur ibn-e Mohammad (422-489/1.031-1.096), fue autor de un comentario sobre el Qorán y de varios libros sobre hadith (tradiciones del Profeta), jurisprudencia y kalām (teología). Ahmad estudió con su padre y con su hermano mayor, Abu Bakr Mohammad ibn Mansur (m. 510/1.116-1.117). Este hermano fue a su vez padre del más famoso miembro de la familia, `Abd-ol Karim ibn Mohammad Sam`āni (M.1167), autor del conocido trabajo genealógico al-Ansāb. En este trabajo `Abd-ol Karim describe a su tío Ahmad como elocuente orador, buen polemista y fino poeta, cualidades que son manifiestas en Ruh al-arwāh. En el año 529/1.134-35, nos cuenta `Abd-ol Karim, ambos viajaron juntos desde Marw a Neyshāpur para escuchar al Sahih Moslem 2.

Los comentarios sobre los Nombres divinos eran comunes en árabe 3, pero Ruh al-arwāh parece ser la primera obra detallada y sistemática de esta clase en farsi. Sam’āni discurre sobre 101 Nombres en setenta y cuatro capítulos. En cada caso empieza por explicar el significado literal del Nombre o Nombres en cuestión. Luego se deja llevar por la inspiración del momento. El resultado es una serie de meditaciones extraordinarias sobre los temas básicos de la espiritualidad islámica.

Ruh al-arwāh muestra que Sam’āni fue un maestro en todas las ciencias religiosas. Pero es su dimensión sufí la que brilla más claramente en la forma y en el contenido de su obra. Sam’āni cita frecuentemente poesía sufí, incluyendo versos de Sanāi, y compone él mismo muchos versos y gazales. Sin embargo su prosa es a menudo mas poética que su poesía, y debe ser considerado uno de los prosistas verdaderamente grandes en lengua persa.

Escribe con completa espontaneidad y júbilo, desarrollando todas las técnicas de un estilista de primera línea. Su escritura no es particularmente simple, y es ciertamente más difícil que el farsi de los hermanos Qazāli, o el de ‘Eyn-ol Qozāt Hamedāni. Pero las cualidades musicales y la belleza del texto son asombrosas. Sin duda, escribió el libro para ser leído en voz alta. Cuando su sobrino nos cuenta que su tío era un elocuente predicador uno puede fácilmente imaginarle recitando pasajes de esta obra y produciendo en sus oyentes estados de éxtasis del tipo de los que se describen a menudo en la literatura hagiográfica.

La obra de Sam’āni puede muy bien compararse con otro clásico infravalorado de la literatura sufí: Kashf al-asrār (El desvelamiento de los Misterios), comentario en diez volúmenes sobre el Qorán, de Meybodi, que fue terminado en el 520 (1.126), unos diez años antes que Sam’āni escribiera Ruh al-arwāh. Pero el comentario de Meybodi alcanza las cimas de la elocuencia solamente en la tercera sección de la obra, que trata del significado esotérico del Qorán. Sam’āni mantiene el mismo nivel elevado de inspiración y de belleza de principio a fin del texto, utilizando una prosa común solamente al inicio de cada sección. Realmente, no sé de otro texto en prosa con tal originalidad, frescura, uso tan rico de la imaginería poética, y sentido del humor.

Ruh al-arwāh, como Kashf al-asrār, es una detallada fuente temprana para las enseñanzas teóricas sufíes. Sam’āni hace importantes contribuciones a muchos tópicos, incluyendo la antropología islámica. Estaba ciertamente influenciado por Kashf al-asrār y el Rasā’el de los Ajawān-e Safā (Risalah de los Hermanos de la Pureza)4. A su vez , debe de haber inspirado a muchos de los que vinieron detrás. Con toda probabilidad, Rumi estuvo familiarizado con su obra. El Masnawi de Rumi, escrito cerca de 120 años más tarde, es más cercano en estilo y espíritu al Ruh al-arwāh que ninguna otra obra de la literatura persa.

Algunas de las cualidades del libro de Sam’āni pueden ser ilustradas a través del examen de uno de sus temas principales. La idea básica, subyacente, del texto es que el ser humano fue creado a causa del amor y que toda la pena y el sufrimiento juegan el papel positivo de incrementar el deseo de la gente por Dios. Como muchos teóricos sufíes, Sam’āni recalca la misericordia, el amor y la compasión de Dios más que Su cólera y Su venganza. La idea central de su trabajo es resumida por el famoso hadith: "La misericordia de Dios predomina sobre su cólera"

buena parte de la discusión sobre la misericordia de Dios reposa sobre el suceso mítico clave de la existencia humana: la caída de Adán. Dada la versión coránica de la caída de Adán, el Islám nunca ha recalcado sus consecuencias negativas tanto como la cristiandad. No obstante, muchas autoridades musulmanas han visto la caída como resultado de la cólera de Dios y han resaltado la ruptura de la armonía con la Realidad divina que resultó de ella. Sam’āni no olvida que Dios es colérico y severo en el castigo, pero tiende a dejar a otros la explicación de esta parte del mensaje divino. Podría no haber recalcado los aspectos positivos de la caída de Adán de no haber sido generales las opiniones en contrario. Claramente, se ha propuesto contrarrestar la idea de que el motivo primario para obedecer a Dios debe ser el miedo.

La insistencia de Sam’āni en que la caída de Adán estaba enraizada en la misericordia y el perdón de Dios puede parecer sorprendente para algunos lectores. Se puede inmediatamente objetar que Sam’āni hace del pecado virtud y estimula la desobediencia a los mandamientos divinos. Pero sería olvidar el propio contexto social y religioso de Sam’āni, a favor de nuestra propia situación contemporánea, en la que las formas institucionalizadas de disciplina religiosa son consideradas como restricciones de la libertad. Sam’āni vivía en una sociedad en la que la observancia de los preceptos religiosos, Shari’a, se daba por supuesta. No está sugiriendo que se pueda pecar y ser feliz con ello. Pide, más bien, que se observe atentamente cuales son las propias motivaciones para la acción. ¿Es correcto seguir la Shari’a simplemente porque Dios nos lo dice, o porque queremos evitar el castigo? No, dice Sam’āni. La actividad humana debe estar motivada por el amor a Dios, así como Dios estaba motivado por el amor cuando creó el universo, ("Yo era un Tesoro Escondido, y amé ser conocido"). Resumiendo, Sam’āni escribe para dar a sus oyentes una buena impresión de Dios. Quiere excitar el amor hacia Él en sus corazones. Sabe muy bien que tal amor no llevará a inobservar la Shari’a, sino, más bien, a un entendimiento más serio y profundo de los preceptos religiosos y a una renovada dedicación a ponerlos en práctica. Como dice el Qorán: Di Oh, Mohammad: "Si amáis a Dios, ¡seguidme!, y Dios os amará y perdonará vuestros pecados; Dios es Indulgente, Compasivo. (III: 31). La conditio sine qua non para seguir a Mohammad es observar la Shari’a como él mismo la observaba.

Para ilustrar la orientación teórica y las peculiaridades estilísticas de Sam’āni, exponemos unos cuantos ejemplos, que siguen su interpretación de la caída de Adán, citando a menudo sus propias palabras. A menos que se preste una minuciosa atención a los detalles de su texto, es fácil pasar por alto el hecho de que su retórica es al menos tan importante como su teoría. Se ha de recordar siempre que escribió Ruh al-arwāh para ser recitado en voz alta y que su sonido e imaginería proporcionan una buena parte de su fuerza. Pese a que esta imaginería no puede ser reproducida en la traducción, perderemos mucho más si no lo intentamos.

La Caída de Adán

El punto de vista de Sam’āni sobre la caída de Adán necesita ser entendido en el contexto del relato coránico, que resumo aquí recalcando los detalles que Sam’āni encuentra especialmente importantes:

Dios decide colocar un vicerregente o representante en la tierra. Antes de crear al vicerregente, informa a los ángeles acerca de Su decisión. Estos parecen desconcertados, pues dicen: ¿Vas a poner ahí a quien corrompa en ella y derrame sangre, siendo así que nosotros celebramos tu alabanza y proclamamos tu Santidad? (Qor II: 30). Dios replicó simplemente que Él sabía algo que los ángeles no sabían.

Habiendo creado a Adán, Dios le enseñó todos los Nombres. Fueron estos los nombres de todas las cosas, o los Nombres de Dios, o ambos, dependiendo de diversas interpretaciones. Dios preguntó los Nombres a los ángeles, pero ellos admitieron su ignorancia. Dios pidió a Adán que enseñara los Nombres a los ángeles, y recordó a los ángeles que Él sabía cosas que ellos ignoraban. Dios entonces ordenó a los ángeles que se postraran ante Adán, y todos lo hicieron, excepto Iblis 5.

Cuando Dios preguntó a Iblis por qué rehusaba, éste dijo: Soy mejor que él. A mí me creaste de fuego, mientras que a él le creaste de arcilla. (Qor VII: 12; XXX-VIII: 76).

De acuerdo con un hadith, Dios amasó la arcilla de Adán con sus propias manos durante cuarenta días 6. Luego insufló Su propio espíritu dentro de él. Fue quizás en este momento cuando Él ofreció la Dádiva a los cielos, a la tierra, y a las montañas, pero todos ellos rehusaron. El ser humano (aquí se usa el término al-ensān en lugar de adām) cargó con la Dádiva y, nos dice el Qorán en el versículo final, ciertamente, él es un impío, un ignorante. (XXXIII: 72). Esta es la "Alianza del Alast" 7, un tema bien conocido en la literatura sufí.

Por entonces, Dios había creado a Eva como compañera de Adán y los puso a ambos en el Paraíso para que vagasen libremente por donde quisieran. Sin embargo, se les dijo que no se aproximaran a "este árbol", al que la tradición identifica con el trigo. De aquí que Sam’āni aluda frecuentemente a la venta por Adán del Paraíso, por "un grano de trigo". Cuando Adán y Eva comen el trigo prohibido, surge el grito: Adán desobedeció (Qor, XX: 121). Es este el suceso clave, el ‘pecado’ de Adán, por así decir. Pero en consonancia con la perspectiva general islámica, Sam’āni nunca se refiere a este suceso como un ‘pecado’ (gonāh, ethm, dhanb), sino más bien como un ‘desliz’ (zellat). Habiendo cometido un desliz, Adán y Eva se arrepienten, diciendo a Dios: ¡Señor!, nos hemos perjudicado a nosotros mismos. Si no nos perdonas y te apiadas de nosotros, seremos, ciertamente, de los que pierden (Qor, VII: 23). Dios les perdona y, el Qorán nos dice, Su Señor le eligió, le perdonó y le puso en la buena dirección (XX: 122). En otras palabras, Dios señala a Adán como profeta. De igual manera, el Qorán nos dice que Dios eligió a Adán junto con Noé y otros profetas, (III: 33). Finalmente, a Adán y a Eva se les dice: Descended de aquí (II: 38). Esta es, propiamente, "la Caída" por la cual Adán y Eva bajaron a la tierra.

Es importante notar que Sam’āni casi nunca se refiere explícitamente a Eva 8, no porque las mujeres sean insignificantes, sino más bien porque no está interesado en aquellos elementos del mito que alienten una diferenciación de roles por el género 9. Cuando Sam’āni dice Adán, sigue al Qorán, y a la mayoría de la tradición islámica, entendiendo la palabra como referida al primer arquetipo del ser humano 10. Desde el momento en que Sam’āni está lidiando con la cuestión de qué significa ser ‘humano’, puede ignorar la cuestión de qué significa ser hombre o mujer. La caída de Adán es la caída de todos.

La Creación de Adán

Naturalmente, la cuestión inicial que surge en primer lugar es por qué Dios creó a Adán. Para explicar esto, Sam’āni tiene en cuenta las dos categorías básicas de Nombres divinos en que se separan éstos frecuentemente en los textos islámicos: los Nombres que remiten a la gentileza, a la belleza, a la misericordia y a la proximidad de Dios, y los Nombres que remiten a Su severidad, Su majestuosidad, Su cólera y Su alejamiento 11.

Los seres humanos son los únicos, entre todas las cosas creadas, que pueden conocer a Dios y a su creación entera, en cuanto que a ellos solos les fueron enseñados todos los Nombres de Dios, tanto los de majestad como los de belleza. Sin embargo no vienen al mundo conociendo estos Nombres de manera consciente. Sam’āni apunta que cuando Adán estaba en el Paraíso, aún no había realizado completamente el conocimiento de esos Nombres. Había llegado a conocer el significado de los Nombres de belleza y misericordia, pero no conocía la significación de los Nombres de majestad y cólera. Para ganar esta comprensión, debía primero descender a la tierra.

Dios llevó a Adán al jardín de la gentileza y le sentó sobre el trono de la felicidad. Le dio copas de gozo, una tras otra. Luego, le envió fuera, gimiendo, ardiendo, lamentándose. Así pues, de igual manera que Dios le permitió, al principio, gustar la copa de la gentileza, así también le hizo probar, al final, el trago de la severidad pura, sin mezcla, inmotivada.

(Sam’āni, 1.989, p. 199)
Puesto que Dios es infinito, son también infinitos los modos en los que se puede realizar el conocimiento de Sus Nombres. Esto significa que no es suficiente que el mismo Adán conozca los Nombres de Dios. Cada uno de sus hijos e hijas debe también conocer los Nombres a su manera genuina y propia. Solamente entonces pueden llegar a realizarse todas las potencialidades de la constitución humana original. Una implicación de esta perspectiva es que el infierno mismo demanda la existencia humana en este mundo. El Infierno no es sino un dominio regido casi exclusivamente por los Nombres de la cólera y la severidad, igual que el Paraíso está regido por los Nombres de la misericordia y la gentileza, mientras que el mundo presente está gobernado por los efectos de ambas clases de Nombres. El hecho de que Dios sea misericordioso y colérico demanda que existan ambos, Paraíso e Infierno. De aquí que, según Sam’āni, cuando quiso explicarle por qué era necesario para él dejar el Paraíso, Dios se dirigiera a Adán como sigue:

En el crisol de tu existencia brillan joyas y piedras como azabaches sombríos. Ocultas en el océano de tu constitución hay perlas y escoria. En cuanto a Nos, tenemos dos casas: en una desplegamos el mantel de la buena dicha... En la otra encendemos el fuego de la cólera... Si estuviéramos por permitirte quedarte en el jardín, Nuestro Atributo de la severidad no sería satisfecho. Así que, deja este lugar y desciende al horno de la aflicción y al crisol de la distancia. Luego te pondremos al descubierto los depósitos, artefactos, sutilezas y tareas que se esconden en tu corazón.

(Sam’āni, 1.989, p. 297) 12
La gentileza y la severidad de Dios son reflejadas en las dos dimensiones de la naturaleza de Adán, dimensiones que la tradición llama ‘espíritu’ y ‘arcilla’. El Atributo de la gentileza está conectado al espíritu, mientras que el Atributo de la severidad está más estrechamente confinado en la arcilla. Pero decir esto no es devaluar la arcilla, pues la severidad es también un Atributo divino. Sin arcilla, Adán habría sido un ángel, no un ser humano, y entonces no podría haber realizado la función para la que había sido creado.

Si hubiera sido solamente espíritu, los días de Adán habrían estado libres de mancha y sus actos habrían permanecido sin adulteración. Pero los actos inmaculados no son apropiados para este mundo, y desde el principio él fue creado para la vicerregencia de "este" mundo.

(Sam’āni, 1.989, p. 420)
Este último punto es importante, y Sam’āni se refiere a ello a menudo. El Qorán establece explícitamente que el propósito de Dios al crear a Adán fue colocar un vicerregente en la tierra. Adán no podría haber sido el vicerregente si hubiera permanecido en el paraíso.

Adán no fue llevado del Paraíso a este mundo a causa de su desliz. Incluso suponiendo que no hubiera cometido un desliz, hubiera sido traído a este mundo. La razón para ello es que el cetro de la vicerregencia y el tapiz de la soberanía estaban esperando la llegada de su pie. Ibn ‘Abbās dice: "Dios le había sacado del Jardín antes de ponerle en él."

(Sam’āni, 1.989, p. 313)
Si Dios creó a Adán para ser vicerregente en la tierra, ¿por qué no le colocó allí inmediatamente? Sam’āni ofrece varias respuestas a esta cuestión. En este lugar, replica que para valerse de la naturaleza del Paraíso, que está dominado por los Atributos de la misericordia y la gentileza. En el momento de ser creado, Adán era como un niño, así que no tenía la fortaleza para soportar la cólera y la severidad de Dios. De aquí, que Dios le mimara y le criara durante un tiempo hasta que ganara fuerza. Luego le envió a este mundo, donde los Atributos de la severidad y de la cólera se despliegan abiertamente.

Adán era todavía un niño, así que Dios le llevó por la senda de las caricias. La senda de los niños es una cosa, el horno de los héroes otra muy diferente. Adán fue llevado al Paraíso a hombros de los ángeles grandes del reino de Dios. El Paraíso fue convertido en cuna para su grandeza y en diván para su liderazgo, puesto que aún no tenía la fuerza necesaria para soportar la corte de la severidad

(Sam’āni, 1.989, p. 262)
Una de las varias virtudes de la caída de Adán es que pavimentó el camino de sus descendientes para entrar en el Paraíso. Sam’āni nos dice que Dios envió a Adán fuera del Paraíso con la promesa de que le traería de regreso con todos sus hijos.

Entonces, las criaturas todas vendrán a saber que, igual que Nos podemos sacar del Paraíso la forma de Adán por medio del Atributo de la severidad, así también podemos traerle de regreso mediante el Atributo de la gentileza.

Mañana, Adán entrará en el Paraíso con sus hijos. Un gemido se alzará desde todas las partículas del Paraíso a causa de la aglomeración. Los ángeles del mundo del dominio mirarán con maravilla y dirán: "¿Es éste el mismo hombre al que hace pocos días echó del Paraíso en pobreza e indigencia?" Adán, sacarte del Paraíso fue correr una cortina sobre este asunto y echar un cobertor sobre los misterios... Sufre un poco de dificultad, y luego, en pocos días, ¡toma el tesoro!

(Sam’āni, 1.989, p. 91-92)
Amor

Como Rumi y muchos otros sufíes, Sam’āni encuentra la clave de la existencia humana en el amor de Dios por los seres humanos y en el amor humano por Dios. Frecuentemente comenta el verso coránico: Él les ama y ellos le aman. (Qor, V: 54). Nada, excepto los seres humanos, puede amar a Dios con amor completo, ya que ninguna otra cosa está hecha a la propia imagén de Dios.

Dios creó a cada criatura de acuerdo con la demanda del poder, pero creó a Adán y a sus hijos de acuerdo con la demanda del amor. Creó otras cosas en atención a ser el Fuerte, pero os creó en atención a ser el Amigo.

(Sam’āni, 1.989, p. 223)
Pese a que la manifestación de la grandeza de Adán depende de una dimensión ajena a su autoconocimiento como ‘arcilla’ (guel), el verdadero locus de su gloria yace en la más profunda dimensión de su mismidad conocida como ‘corazón’ (del), pues el corazón es donde Dios mira y donde nace el amor a Él.

El lugar del amor es el corazón, y el corazón es oro puro, la perla del océano del pecho, el rubí de la más recóndita mina del misterio... La majestad divina, poniendo Su mirada sobre él, lo pulió, y el bruñidor del Invisible colocó su contraste sobre él, haciéndolo brillante y puro... Los trazos de las luces de la belleza del Amor incondicional aparecen en los espejos de los corazones píos. El amor humano subsiste a través del Amor de Dios.

(Sam’āni, 1.989, p. 519-520)
El amor, es necesario recordarlo, nunca puede estar separado del dolor y de la angustia. Los amantes anhelan a su amada, y cuanto más difícil de alcanzar es la amada, más grande es el sufrimiento de los enamorados. La meta del amor es la unión, y los Atributos divinos que rodean la unión son los de la misericordia y la gentileza. Pero así como el amor demanda unión, de igual manera demanda separación. No puede haber amor sin prueba y aflicción. El amor verdadero se prueba a sí mismo intensificándose cuando el amado está lejos. He aquí por qué el amante debe experimentar los efectos de los Nombres de cólera y severidad, puesto que son los Nombres que manifiestan el alejamiento de Dios. En este mundo, y en el Infierno, el efecto de estos Nombres divinos es aflicción, pena y sufrimiento.

Desde el Trono hasta la tierra, ningún amor es confinado en otro sitio que en la casa del dolor y del goce humanos. Muchos ángeles puros y sin pecado había en la Corte, pero solamente este puñado de polvo era capaz de cargar con el peso de este versículo que derrite el cuerpo y calcina el corazón: Él les ama, y ellos Le aman.

(Sam’āni, 1.989, p. 488)
El amor es una cualidad divina correlativa a Dios Mismo, que es al tiempo bello y majestuoso, misericordioso y colérico, gentil y severo, próximo y distante. Los ángeles están aislados del amor de Dios porque no pueden gustar el verdadero alejamiento, mientras que las bestias están lejos del Amor porque no pueden experimentar la verdadera cercanía. Los seres humanos están entrelazados entre la cercanía y el alejamiento. Todos los Atributos opuestos brotan juntos en ellos. Solamente ellos pueden amar verdaderamente a Dios, en quien todos los opuestos coinciden.

En los dieciocho mil mundos, nadie, excepto los seres humanos, apura la copa que sostiene la Alianza preeterna de "ellos le aman".

(Sam’āni, 1.989, p. 156)
Los seres humanos son la corona de la creación de Dios, en tanto que manifiestan el rango completo de los Atributos divinos. Sin ellos, sin duda, el mundo sería un lugar gris.

Antes de que Adán fuera traído a la existencia, había un mundo lleno de las cosas existentes, criaturas, formas, cosas determinadas; pero todo ello era un guiso insípido. Se echaba de menos la sal de la pena. Cuando ese gran hombre pasó del lugar oculto de la no-existencia al espacioso desierto de la existencia, la estrella del amor empezó a brillar en el cielo del pecho de la arcilla de Adán. El sol del enamoramiento empezó a arder en el cielo de su más recóndito misterio.

(Sam’āni, 1.989, p. 295)
Lo que hizo grande a Adán fue el hecho de que cargó con el peso de la Dádiva. Para Sam’āni esta Dádiva es el Amor a Dios. Solamente Adán sabía el secreto del amor, pues esto era la causa subyacente de su propia existencia. Él sabía que su amor no podría ser nutrido y fortificado hasta que gustase la pena de la separación y la severidad. Por esto comió del fruto prohibido.

En armonía con la munificencia y generosidad de Dios, Adán fue enviado al Paraíso donde se sentó en el diván del poderío. La totalidad del Paraíso fue puesta bajo su mando, pero no le dedicó atención, porque no vio ni una pizca del pesar o de la realidad del Amor. Se dijo: "El aceite y el agua no se mezclan".

(Sam’āni, 1.989, p. 237)
Dios fue partícipe, desde luego, en la desobediencia de Adán, porque le había creado para la vicerregencia, que es inseparable del Amor. Y la esencia del Amor es el anhelo y el dolor de corazón. Como recalca Sam’āni:

Este Señor, que fue capaz de proteger a José de cometer un acto reprobable, pudo haber prevenido a Adán de gustar del árbol. Pero puesto que el mundo ha de estar lleno de tumulto y aflicción, ¿qué podía hacerse?

(Sam’āni, 1.989, p. 296)
Cuando Dios ofreció la Dádiva a los cielos, la tierra y las montañas, todos ellos rehusaron, puesto que no conocían los secretos del amor. Pero Adán, como amante, pensó solamente en su amado. Por ello, no se molestó en mirar su propia incapacidad, incluso a pesar de que la Dádiva era una pesada carga temida por toda la creación.

¡La pobre pelota de polo en el campo! Cogida en el codo del palo, rueda sobre su propia cabeza, empujada por las manos y los pies de los jugadores. Si éste la alcanza: palo. Si la alcanza éste otro: palo. Un frágil puñado de polvo fue colocado en el codo del mazo de polo: la severidad del Todopoderoso. La pelota se precipita desde el principio del campo ─la voluntad divina sin-inicio ─ hasta el final del campo ─el deseo divino sin-fin. Delante del campo un cartel dice: Él no será cuestionado por lo que Él hace, pero ellos serán cuestionados (Qor XXI: 23). Detrás del campo hay un segundo letrero: Él hace lo que Él desea (Qor LXXXV: 16).

Pero con la pelota fue cerrado un trato: "Atente a la contemplación del Sultán, no al golpear del mazo". Aquellos que atendían al golpear del mazo desaparecían de la corte. Ellos rehusaron la Dádiva (Qor XXXIII: 72). Entonces Adán, con agallas de león, se alzó con la carga de la Dádiva. Como cosa hecha, cosechó el fruto... El cielo y la tierra vieron la carga (bār) de hoy. pero Adán vio la audiencia (bār) de la corte real de mañana. Se dijo: "Si no llevo esta carga, no seré mostrado mañana en la corte de la Majestad". Como un hombre, asumió la tarea. De aquí, que llegara a ser la punta del compás de los misterios. En verdad, los siete cielos y la tierra no han olido ni una pizca de estas palabras.

(Sam’āni, 1.989, p. 186-187)
Aspiración y Discernimiento.

La marca de los enamorados es su elevada aspiración. Se esfuerzan solamente por su Amado, que es Dios. Para alcanzarle, deben alejar su atención de todas las cosas del universo creado, incluso del Paraíso.

Adán tenía aspiración en su cabeza. Daba y recibía a través de su propia aspiración. Todo lo que alcanza el ser humano, lo alcanza a través de la aspiración. De otra manera, a través de lo que se encuentra en su propia constitución, no alcanzaría nada. al principio, cuando Adán vino a la existencia... los ángeles se postraron ante él, y el nombre del reino y de la vicerregencia fue memorado en la proclamación de su Alianza preeterna. Los ocho Paraísos le fueron dados a él solo. Oh, Adán, morad en el Jardín tú y tu esposa... (Qor II: 35). Su ilimitada aspiración le situó como un Sultán en el caballo del Amor. Tomó la flecha de la unicidad de la aljaba del desapego y tendió el arco hasta su límite. Alcanzó al hermoso pavo real del Paraíso, que estaba pavoneándose en el jardín de la Sempiternidad. Supo que ésta era la senda del desapego, el trabajo de los de aspiración elevada, la corte de los llevados junto a Dios. Tiempo, espacio, entidades, efectos, trazas, formas, cosas existentes y objetos de conocimiento deben ser borrados completamente de delante de ti. Si alguno de ellos salta a tu regazo, el nombre de la libertad no prenderá en ti. Mientras no llegues a ser libre, nunca serás un verdadero siervo de Dios.

(Sam’āni, 1.989, p. 120)
El amor, entonces, significa ser libre de todo lo existente en el mundo creado, por amor a Dios. Es servir a Dios, sin más. Y solamente los seres humanos están dotados de una constitución que les permite servir a Dios en Su Realidad infinita y omnicomprehensiva, abrazando ambos Atributos de belleza y majestad, gentileza y severidad. Sam’āni nos dice que Dios se dirigió a los ángeles y a los seres humanos como sigue:

¡Oh Redhwān, El Paraíso te pertenece! ¡Oh Mālek, el Infierno te pertenece! ¡Oh Querubín, el Trono te pertenece! ¡Oh tú, con el corazón ardiente, tú que cargas con el sello de mi amor! Tú me perteneces, y Yo te pertenezco.

(Sam’āni, 1.989, p. 598) 13
Si los seres humanos están llamados a aspirar a Dios, necesitan ser capaces de diferenciar entre Dios y todo lo demás. De aquí que la llave para el amor y la perfección humanos sea un corazón discerniente, uno que vea a Dios en el seno de la confusa multiplicidad de la creación. Adán proporciona el modelo para los amantes de Dios, puesto que no fue seducido ni siquiera por el Paraíso.

En realidad, el amor ha quitado el oropel de ambos mundos. En el mundo de la servidumbre, Paraíso e Infierno tienen valor. Pero en el mundo del amor, los dos no valen ni una pizca de polvo. Se dio el octavo Paraíso a Adán, el elegido. Él lo vendió por un grano de trigo. Colocó las mercancías de la aspiración sobre el corcel de la buena fortuna y descendió al mundo del dolor de corazón.

(Sam’āni, 1.989, p. 170)
Adán hubo de ir al Paraíso para ver lo mejor de la creación. Habiéndolo visto, podía medir su valor frente a su propio amado.

La raíz de todo negocio es el discernimiento del valor. El Sultán de la Aspiración de Adán se sentó en el caballo de su mayestático estado. Entonces cabalgó hasta el Jardín para medir su valor. En jurisprudencia hay diferencias de opinión acerca de si una persona puede o no comprar lo que no ha visto. Pero nadie discute que no se puede juzgar el valor de algo sin haberlo visto. "Oh, Adán, ¿qué vale para ti entrar en el Paraíso?" Él respondió: "Para alguien que tema el Infierno el Paraíso vale mil vidas. Pero para alguien que te tema a Ti, el Paraíso no vale un grano." He aquí, que la razón de llevar a Adán al Paraíso fuera poner de manifiesto su aspiración.

(Sam’āni, 1.989, p. 314)
Cuando Adán vio que el Paraíso no tenía valor, naturalmente decidió partir. Pero Dios se lo había dado como su dominio propio. La única manera de salir rápidamente era romper el mandamiento de Dios y sufrir su disfavor.

Cuando Adán procuró el grano de trigo, no es que no supiera lo que era. Al contrario, lo sabía, pero lo convirtió en su propio atajo.

(Sam’āni, 1.989, p. 198) 14
Pobreza y necesidad

El amor humano nace de la necesidad (niyāz), a la que Sam’āni llama fuego en el corazón, dolor en el pecho, ceniza en el rostro. (Sam’āni, 1.989, p. 186). Si tienes algo, no lo necesitas. Dios posee todas las perfecciones en Él mismo y no tiene necesidades. Solamente aquellos que no poseen ninguna perfección pueden amar a Dios completamente. En la medida en que la gente encuentra riqueza e independencia en sí misma y se vea como positiva y buena, estará vacía del amor a Dios. El secreto del amor de Adán era que se vio a sí mismo como nada. Esto ayuda a explicar por qué los sufíes llaman a su camino la senda de la "pobreza". Como dice el Qorán: ¡Hombres! Sois vosotros los necesitados pobres de Dios; mientras que Dios se basta a Sí mismo. Él es el rico, el Digno de alabanza. (XXXV: 15). Sam’āni cita a un gran sufí sobre la cuestión de la pobreza y la necesidad:

Sahl Ibn ‘Abdallāh Tostari dijo: "consideré este asunto y vi que no se toma otra senda hacia Dios que la necesidad efteqār, y que no hay velo más tupido que la pretensión da’wā."...

Mira la senda de Iblis y no verás nada sino pretensión. Luego mira la senda de Adán, y no verás nada sino necesidad. Oh, Iblis, ¿qué dices? Yo soy mejor que él (Qor VII: 12). Oh, Adán, ¿qué dices? ¡Señor!, nos hemos perjudicado a nosotros mismos (Qor VII: 23). Dios sacó todas las cosas existentes del envoltorio de la no-existencia al plano abierto de Su decreto, pero la planta de la necesidad creció solamente en la tierra. Cuando este puñado de tierra fue moldeado, lo fue con el agua de la necesidad. Lo tenía todo, pero tenía que tener la necesidad como un bien, para que nunca cesara de gemir delante de la corte de Dios.

La constitución de Adán fue moldeada con la necesidad, y él recibió ayuda de la necesidad. Los ángeles mismos tuvieron que postrarse delante de él, y fue colocado en el trono del reino y la vicerregencia, mientras que los ángeles cercanos a Dios fueron colocados detrás de él. Pero su necesidad no decreció por una simple mota de polvo. Fue llevado al Paraíso, y fue hecha esta proclamación: Comed de cualquier cosa tranquilamente vosotros dos, por donde queráis (Qor II: 35). "El octavo Paraíso os pertenece; vagad libremente a vuestra voluntad." Pero su pobreza no desapareció.

(Sam’āni, 1.989, p. 90)
La necesidad de Adán le distinguió nítidamente de todas las demás criaturas, que están satisfechas con lo que tienen. Adán nunca puede ser satisfecho, ya que desea al Infinito.

Dicen que en la Tabla Custodiada está escrito: "Adán, no comas el trigo." Y en el mismo lugar está escrito que lo comió. Seguramente el ser humano es de naturaleza impaciente (Qor LXX: 19). La voracidad de los hijos de Adán viene del tiempo del mismo Adán. Quienquiera que no es voraz no es un ser humano. Por mucho que una persona coma, ha de tener más. Si alguien come y dice "Estoy lleno", está mintiendo. Hay más sitio aún.

(Sam’āni, 1.989, p. 156)
La necesidad de Adán por Dios nace de su reconocimiento de que él mismo es nada. Este reconocimiento de su propia irrealidad le distingue de los ángeles que piensan de sí mismos como algo.

Antes de Adán era el tiempo de los ricos y de los poseedores de capital. Tan pronto como llegó el turno a Adán, surgió el sol de la pobreza y de la necesidad, y la indigencia hizo su aparición. Había un grupo de criaturas aposentado en el tesoro de la glorificación y llamando santo a Dios. Eran pregoneros de sus propios bienes: Nosotros celebramos Tu alabanza y proclamamos Tu Santidad (Qor II: 30). Pero Adán era un hombre pobre que vino de la choza de la necesidad y de la privación. La pobreza era su recurso, así, en remordimiento, elevó un lamento en la corte del Todopoderoso: ¡Señor!, nos hemos perjudicado a nosotros mismos (Qor VII: 23).

¡Oh, derviche! Ellos toman la moneda rechazada por los mendigos en vez del buen dinero contante y sonante; cierran sus ojos a la transacción. Pero, cuando la riqueza es la cuestión, son muy cuidadosos. Sin duda, los ángeles del dominio tienen muchos capitales, pero entre estos había un cierto monto de auto-alabanza. Adán no tenía capital, pero su pecho era una mina para la joya de la necesidad, una ostra para la perla de la pobreza...

¡Oh, ángeles del dominio, oh, habitantes de los recintos de la santidad y de los jardines de la intimidad! Sois todos opulentos y poseedores de riquezas, pero Adán es un hombre pobre, y mira hacia sí con menosprecio. Vuestra buena moneda está adulterada, porque volvéis vuestra mirada hacia vosotros mismos. Debéis colocar ya la buena moneda de vuestras propias obras dentro del horno de la necesidad de Adán. Él es el aquilatador de la presencia divina. Postraos vosotros ante Adán (Qor II: 34).

(Sam’āni, 1.989, p. 294-295)
Humildad

La necesidad de Adán implica que él reconozca su propia incapacidad y falta de valor. La necesidad demanda humildad, que es el reconocimiento de la debilidad y la nada humanas frente a la Realidad divina. La humildad ve todo lo bueno como viniendo de Dios, y todo lo malo como viniendo de uno mismo.

Las limosnas se dan al necesitado, y nosotros somos los necesitados. Nuestro "bien" es, de hecho, un desliz, mientras que el mal es nuestro propio atributo. A nuestro padre Adán se le dio la tiara de la elección y la corona de ser elegido. Él, luego, cayó prisionero del grano de trigo. ¿Cuál es entonces el estado de nosotros, los hijos, que hemos sido dejados en el santuario de este mundo? "Cuando al inicio de la botella salen las heces, ¿cuál piensas que será su fondo?"

(Sam’āni, 1.989, p. 261-262)
Pero si nuestro vino es todo heces, entonces, ello es nuestra ganancia, y no nuestra pérdida.

Deberías saber con certeza, que el grano de trigo que Adán colocó en su boca era la fortaleza de toda su vida. La naturaleza humana demanda observar, y quienquiera que se observa a sí mismo no será salvado... El grano de trigo se convirtió en la fortaleza de Adán. Cada vez que Adán se observaba a sí mismo, se veía en ignominia. Se adelantó en súplica de perdón, no en orgullo. Para que una persona sea viajera en la senda hacia Dios, debe decir: "La alabanza pertenece a Dios," cada vez que vea un acontecimiento dado por Dios. Y cada vez que mire a sus propias acciones, debe decir: "Pido perdón a Dios."

(Sam’āni, 1.989, p. 206-205)15
A causa de su desliz, Adán reconoce que sus propios atajos son la realidad dominante de su propia existencia. Él no es nada sino impureza. Cualquier otra cosa viene de la providencia divina. De aquí que, lejos de ser una falta, la caída de Adán sea su salvación y su gloria. Cuando el Qorán dice que el ser humano es "un torpe, ignorante" mientras relata como cargó con la Dádiva , no se trata de una crítica, sino de una afirmación de su virtud salvadora. Igualmente, el "alma que ordena el mal" (nafs-e ammāra), que cada ser humano debe confrontar, hace posible el ascenso allende los cielos hacia Dios.

Si un palacio no tiene cerca un basurero, está incompleto. Debe de haber un basurero cercano a un soberbio palacio para que todo lo desechable y la inmundicia que se acumule en el palacio puedan ser arrojados allí. De la misma manera, cuando Dios moldeó un corazón mediante la luz de la pureza, Él colocó esta alma impura cerca de él como depósito para el polvo. La negra mancha de la "ignorancia" vuela con las mismas alas de la joya de la pureza. Es necesario que haya un poquito de corrupción para que la pureza pueda ser edificada sobre ella. Una flecha recta necesita un arco curvado. ¡Oh, corazón, sé como una flecha recta! ¡Oh, alma, toma la forma de un arco curvado!...

Cuando vistieron el corazón con el vestido de la pureza, mostraron al corazón esta negra mancha de torpeza e ignorancia para que así recuerde y sepa éste quien es. Cuando un pavo real despliega todas sus plumas, obtiene de cada pluma un goce diferente. Pero tan pronto como mira hacia abajo a sus propios pies, se avergüenza. Esta negra mancha de la ignorancia es el pie del pavo real que siempre permanece contigo.

(Sam’āni, 1.989, p. 288)
La lección que se necesita aprender de todo esto es que la imperfección es parte de la naturaleza humana, que Dios lo sabe muy bien, y que nadie debe desesperar de la misericordia de Dios. Al mismo tiempo, se tiene que aprender una lección de los ángeles y no sentirse nunca orgulloso de las buenas obras propias, pues verse a sí mismo como bueno es verse erróneamente, ya que todo lo bueno procede de Dios.

Los ángeles no tuvieron ningún desliz, ni en el pasado ni en el futuro. Pero habría un desliz por parte de Adán en el futuro, pues Dios dijo: Y Adán desobedeció (Qor XX: 121). Sin embargo, bajo esto hay un secreto escondido, pues los ángeles vieron que eran puros, mientras que Adán vio que él era indigente. Los ángeles estaban diciendo: Nosotros celebramos Tu alabanza y proclamamos Tu Santidad (Qor II: 30), esto es, nos mantenemos puros por Tu gracia. Adán decía: ¡Señor!, nos hemos perjudicado a nosotros mismos (Qor VII: 23). Dios le mostró que el desliz de aquél que ve su desliz es mejor a Sus ojos que la pureza de aquél que ve su pureza. es por esto por lo que Dios dio a Adán el honor de ser el objeto ante el que se hiciera la postración, mientras que dio a los ángeles el atributo de ser los postradores. Por tanto, las personas obedientes no deben sentir auto-satisfacción, y las desobedientes no deben perder la esperanza.

(Sam’āni, 1.989, p. 406)
El perdón de Dios

La imperfección humana conduce a la perfección del amor. La conciencia de la imperfección aleja a la gente de fijarse en sí misma y les alienta a volver su aspiración hacia el Amado. Al mismo tiempo, la imperfección permite a Dios mostrar Sus perfecciones. Sin pecadores, ¿cómo podría Él ser Indulgente? De aquí, que la indulgencia de Dios requiriese la caída de Adán. Sam’āni cita un hadith del Profeta que alude al papel de la indulgencia de Dios para traer el pecado a la existencia: "Si tú no pecaras, Dios traería gente que pecara para que Él pudiera perdonarles."

Los ángeles fueron honrados con la Presencia Divina. Cada uno de ellos la reverenció mientras vestía un manto de impecabilidad y un arete de obediencia. Pero tan pronto como llegó el turno de la tierra, ellos gritaron desde lo alto de su pureza y empezaron a pregonar en el bazar de "yo y nadie más", diciendo: Nosotros celebramos Tu alabanza y proclamamos Tu Santidad.

"¡Oh, ángeles del dominio celestial! Pese a que sois obedientes, no tenéis en vuestras almas ciega pasión, ni tenéis oscuridad alguna en vuestra constitución. Si los seres humanos desobedecen, tienen pasión ciega y oscuridad. Vuestra obediencia, junto con toda vuestra fuerza, no vale una mota de polvo ante Mi majestuosidad y Mi grandiosidad. Y su desobediencia, junto con toda su fragilidad y su abyección, no disminuye Mi dominio. Vosotros os agarrais fuertemente a vuestra propia impecabilidad, pero ellos se agarran fuertemente a Mi misericordia. A través de vuestra obediencia hacéis manifiestas vuestra impecabilidad y vuestra grandeza, pero a través de su desobediencia ellos hacen manifiestas Mi generosidad y Mi misericordia".

(Sam’āni, 1.989, p. 300)
En un largo pasaje, Sam’āni cita consideraciones de varios grandes profetas para mostrar que cada uno de ellos realizó ciertos actos reprobables. Pero esto no es un signo de su imperfección, sino más bien de la misericordia de Dios. Dios quiso proveer al ser humano con excusas para sus debilidades. Sam’āni empieza con el profeta Adán:

La perfección de la gentileza divina hizo caer una mota de polvo en el ojo de los días de cada gran persona. De aquí que aquellos que vengan después tendrán algo a lo que aferrarse. Adán cayó de cabeza en la Morada de la Impecabilidad. El Señor Todopoderoso decretó un desliz desde el principio, de modo que esta morada fuera una morada de pecadores. Por tanto, si una persona débil cayese de cabeza, no debería por ello perder la esperanza. Sino que debería decir: "En la morada de la subsistencia, en la casa de la Dádiva, en la estación de la seguridad, y en el lugar del honor, Adán cayó de cabeza y el Señor Todopoderoso aceptó su excusa. En la morada de la aniquilación, en la casa de la aflicción, y en el mundo del pesar y de los problemas, no será extraño si una persona débil cae de cabeza, y el Señor Todopoderoso no se lo tomará en cuenta sino que, muy al contrario, aceptará sus excusas."

(Sam’āni, 1.989, p. 309)
En resumen, Sam’āni ve el drama entero de la caída en términos de bondad y misericordia de Dios. Dios desea hacer a los seres humanos conscientes de su propia nada, para que den así de lado la auto-adoración y se abran a Su gentileza, amor, e indulgencia 16. Cito un pasaje final que resume sus puntos de vista:

Derviche, te diré un secreto... En la hilera de la pureza dieron a Adán, el elegido, una copa llena del inmezclado vino del amor. Desde las Pléyades distantes hasta el fin de la tierra establecieron la tiara de su buena fortuna y el espejo de su magnificencia. Luego, ordenaron a los mismos ángeles del reino celestial postrarse ante él. Pero su magnificencia, su honor, su eminencia, su buena fortuna, su alto nivel, y su pureza no aparecieron en esta postración. Todo ello apareció en Adán desobedeció (Qor XX: 121). En certeza y en verdad, esas palabras se elevan más alto que el Trono de la majestad de Dios. ¿Por qué? Porque ser tratado amablemente en el tiempo de la conformidad no es prueba de honor. Ser tratado amablemente en el tiempo de la oposición es la prueba del honor.

El elegido y bello Adán se sentó en el trono de la majestad y de la perfección con la corona de la prosperidad en su cabeza y el vestido de la munificencia en torno a su pecho. La montaña de la beneficencia estaba en la puerta, los pilares del asiento de su buena fortuna eran más altos que el Trono, la sombrilla de la realeza estaba abierta sobre su cabeza, y él mismo había ondeado sobre el mundo el exaltado estandarte del conocimiento. Si los ángeles y las esferas celestiales tuvieron que besar el suelo ante él, no es de extrañar. Lo que es sorprendente es que él cayera en el hoyo de este desliz. Su erguida estatura, que había sido levantada por Dios eligió a Adán (Qor III: 33), vino a ser doblada a causa de Adán desobedeció. Entonces, desde el cielo de la gentileza eterna, la corona de Su Señor le eligió (Qor XX: 122) tomó alas. Oh, derviche, si Dios no hubiera querido aceptarle con todos sus defectos, no le hubiera creado con todos esos defectos...

No pienses que Adán fue arrojado del Paraíso por comer algo de trigo. Dios quiso sacarle fuera. El no rompió ningún mandamiento. Los mandamientos de Dios no pueden romperse. Mañana, Dios traerá al Paraíso a un millar de millares de gentes que cometieron grandes pecados. ¿Sacaría Él a Adán del Paraíso por un pequeño acto de desobediencia?.

(Sam’ āni, 1.989, p. 150-151)



Éste artículo fue originalmente presentado en la conferencia sobre "Sufismo persa, desde sus orígenes hasta Rumi," Mayo, 11-13, 1.992, en la Universidad George Washington, Washington, D.C.




Notas:

1 Ruh al-arwāh fi sharh asmā` al-malek al-fattāh. Teherán, Sherkat-e Enteshārāt-e `Elmi wa Farhangui. 1368/1989. Véase p. xv-xxii para las referencias de Foruzānfar (de su Sharh-e Masnawi-ye sharif. Teherán, Dāneshgāh, 1.346-48/1.967-69, vol. 3, p. 915-17) y de Dāneshpazhuh, Majalla-ye Dāneshkada-ye Adabiyyāt wa ‘Olum-e Ensāni. (Teherán) 5/2-3, p. 300-312 (como citado en Rawh al-arw āh, p. xvii-xxii)
2 En el viaje de regreso, `Abd-ol Karim se separó de su tío en Tus y regresó a Neyshāpur donde pasó un año más. Luego fue a Isfahán y a Bagdad. No volvería a ver a su tío. Ruh al-arwāh, p. xvii-xxvii.
3 Véase Daniel Guimaret, Les noms divins en Islam (París, Cerf, 1.988), que lista veintitrés obras en árabe sobre este tema hasta Qazāli.
4 Estas obras parecen ser más importantes como elementos que soportan las enseñanzas de Sam’ āni que las fuentes citadas por M āyel Herawi, como por ejemplo el Sharh-e ta’arrof (Ruh, p. xxiii) de Mustamli Bokhāri. Por ejemplo, Ruh, p. 63-64 está basado en Kashf al-asr ār ed. ‘A. A. Hekmat (Teherán, Dānishgāh, 1.331-39/1.952-60), vol. 8, p. 545. Cf. Ruh, p. 292-293 y Kashf, vol. 8, p. 374-375. Para un pasaje que está basado probablemente en el fi qawl al-hokam ā’ ann ā’l-ens ān ‘ālam saghir de Ekhw ān al-Saf ā Ras ā’el (Beirut, D ār S ādir/D ār Bayrut, 1.957), vol. 2, p. 456 y ss., véase Ruh, p. 177-181.
5 Hay, desde luego, numerosas discusiones entre teólogos y otros estudiosos sobre si Iblis era o no un ángel. La posición que adoptan depende ampliamente de como sean definidos los términos ángel (malak) o ŷinn. Quienes distinguen claramente entre ŷinn y ángeles mantienen que era un ŷinn, basándose en el Qorán XVIII: 50. Pero otros no hilan tan fino y le consideran uno de los ángeles, o una cierta clase de ángel. Sam’ āni no se molesta con la distinción entre ángel y ŷinn, así que habitualmente se refiere a Iblis como ángel.
6 Claramente, significa que Dios prestó muchísima atención a una criatura en particular, toda vez que para crear todo lo demás, incluidos cielos y tierra, simplemente dijo "Sed", y las cosas vinieron a la existencia. Aún más, como Sam’ āni nos recuerda, el Qor’an nos dice que un día con Dios equivale a mil de nuestros años (Qor, XXII: 47), así que estos cuarenta días dedicados a Adán son una cantidad de tiempo extraordinaria.
7 Se refiere a la Alianza divina entre Dios y los hombres en la preeternidad, uno de los conceptos más importantes del sufismo. En la tradición zoroastriana, en el libro avéstico de Bundeheshn, Ormazd (Dios) pregunta a las fravarti (almas de los hombres al nacer) si prefieren que las haga nacer en el mundo de la materia para que combatan al druj (Ahriman, el mal) y lo venzan, o que las deje eternamente al abrigo de una confrontación de esta categoría. Las fravarti eligieron el combate sagrado, sellando de esta manera un pacto de fe con el Creador. Posteriormente, en la religión islámica también se habla, con algunas modificaciones, de este mismo pacto, tal como se refleja en este pasaje del Qorán: Y recuerda Mohammad cuando tu Señor sacó de los riñones de los hijos de Adán a su descendencia según los comentaristas, se refiere a las almas de las generaciones venideras y les hizo atestiguar, poniéndoles a ellos mismos como testigos: "¿No soy Yo vuestro Señor?" Dijeron: ¡Sí, damos fe! (Qor, VII,172). Ruzbah ān escribe: "En la preeternidad, cuando Dios reunió al ejército de los espíritus de los enamorados en la corte de la contemplación divina, se les dio a conocer a través de Su llamada, cuando dijo: "¿No soy Yo vuestro Señor?". Y ellos dieron testimonio de Su Señorío, y Dios hizo con ellos el compromiso o la promesa del Amor, y les hizo testigos de ello, de que no elegían a otra cosa sobre Él.....". N.T.
8 Sachiko Murata anota el único pasaje en el que Sam’ āni menciona, de pasada, a Eva, en The Tao of Islam: A Sourcebook on Gender Relationships in Islamic Thought. (Albany, Suny Press, 1.992, p. 35)
9 Tan pronto como Eva es distinguida de Adán, se establece una relación entre ellos, luego se necesita dilucidar la naturaleza de esta relación. Desde el punto de vista de Sam’ āni, esto es de importancia secundaria, subordinada a la cuestión de la relación de Dios con todos los seres humanos. La relación divino-humano es el foco del mito, no la relación hombre-mujer.
10 Este uso del término Adán es, desde luego, coránico. Nótese, por ejemplo, el siguiente pasaje, que se dirige a todos los seres humanos. Dios es quien habla: "Te establecimos en la tierra, y allí te asignamos recursos para vivir; poco agradecimiento muestras. Te creamos, luego te formamos, luego dijimos a los ángeles: ‘Inclinaos ante Adán’". (Qor, VII: 10-11). Sam’āni frecuentemente se refiere a Adán y cita después versos coránicos relevantes en los que se emplea la forma dual del verbo, ya que hace referencia a ambos, Adán y Eva.
11 Sobre la significación fundamental de estas dos categorías de Nombres para gran parte del pensamiento islámico, véase Murata, Tao of Islam.
12 Cf. Ruh, p. 199, donde Sam’ āni apunta lo mismo más detalladamente.
13 Compárese lo siguiente, donde Sam’ āni comienza por aludir a la reclamación de Iblis de ser mejor que Adán, por haber sido creado de fuego: "Oh, maldito, ¿estás orgulloso del fuego? Perteneces al fuego y el fuego te pertenece. Oh, Korah, ¿estás orgulloso de los tesoros? Perteneces a tus tesoros, y ellos te pertenecen a ti. Oh, Faraón, ¿estás orgulloso del Nilo? Perteneces al Nilo y el Nilo te pertenece a ti. Oh, vosotros que declaráis Mi Unicidad. ¿Estáis orgullosos de Mí? Vosotros Me pertenecéis y Yo os pertenezco." (Ruh, p. 420)
14 Compárese Ruh traducido por Murata, Tao, 65.
15 Compárese Ruh, p. 624.
16 Para la explicación de Sam’ āni de lo que estaba ocurriendo tras la escena cuando Adán comió el fruto prohibido, véase Ruh, p. 312, traducida por Murata, Tao, p. 35. Para su explicación de cómo la misericordia e indulgencia de Dios determina la existencia humana, véase Ruh, p. 224-225, traducidas por Murata, Tao, 138-139.