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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


miércoles, febrero 29, 2012

El Intérprete de los deseos - Ibn 'Arabi



Turÿuman al-Ashwaq

El Intérprete de los deseos

Ibn ‘Arabi


INTRODUCCIÓN

Fue en su estancia en Meca donde Ibn Arabi, en el marco concreto de las amistades creadas, encontró la inspiración para escribir la colección de poemas titulada Turÿuman al-Ashwaq (Interprete de los deseos) que tanta fama le dio como poeta sufi.

En la introducción del Turÿuman al-Ashwaq, Ibn Arabi nos habla de las circunstancias de esta visita y nos ofrece al mismo tiempo un aspecto de ternura lírica que no aparece con frecuencia en otras de sus obras:

“Cuando me establecí en la ciudad de Meca, el año 598 de la hégira [correspondiente al 1201-02 de la era cristiana] me encontré allí con un grupo de personas excelentes, una asociación de nobles, letrados y virtuosos hombres y mujeres.

A pesar de los méritos de todos ellos, a ninguno hallé tan dedicado a su propia perfección, ensimismado en el amor día y noche, como al maestro, sabio y director espiritual, encargado del maqam de Abraham -la paz sea con él-, residente de la Ciudad Fiel, de vigorosa espiritualidad, Abu Shaja' Zahir ibn Rustan ibn Abu l-Raja' de Isfahan -Allah excelso le tenga en su misericordia-; era un hombre de elegante conversación, de grata amabilidad y de fina compañía, que daba placer al compañero y deleitaba al que se le asociaba. Él -Allah se haya complacido en él- poseía gran caudal de conocimientos y sólo hablaba de lo que le interesaba.

Yo fui enviado a Fajra al-nisa', su hermana, a quien mejor se le podría llamar Gloria de hombres y sabios, para que estudiara con ella a causa de la calidad sublime de sus recitados. Ella dijo en cierta ocasión: "La esperanza se disipa a la par que el término se aproxima", y de repente una urgencia hacia la acción me distrajo de la recitación que de mí pedía y sentí como si la muerte me estuviera acechando y la angustia del remordimiento me asaltara. Todavía bajo el efecto de sus palabras le compuse un verso en que decía:

"En el recitado mi estado y el tuyo son sólo uno.

No tienen otra meta que el saber y su aplicación."

Con este motivo, autorizó a su hermano para que me extendiera en nombre de ella una licencia general cubriendo todos los temas de sus recitados. Cosa que él -Allah se haya complacido en ambos- hizo, concediéndome además su autorización y licencia general para la totalidad de temas que yo había estudiado con él. Yo le dediqué entonces una casida en la que decía:

"Estudié a Tirmidzi con el hombre fuerte,

guía espiritual de gentes en la Ciudad Fiel."

Ahora bien, el maestro -Allah se haya complacido en él- tenía una hija virginal, doncella esbelta que cautivaba las miradas, adornaba las reuniones, alegraba a los que a ellas asistían y llenaba de confusión a los que la contemplaban. Se llamaba Nizam (Armonía) y tenía por sobrenombres 'Ainu ash-Shams (Pupila del sol) y Baba (Esplendor). Era sabia en materias de Islam, rigurosa en su práctica del Islam, de vida frugal y ascética, señora de los dos lugares nobles del Islam (Meca y Medina), discípula en la Ciudad Fiel, soberana y sin tacha, de encantadora apariencia, de una elegancia iraquí; si era prolija, poseía elocuencia fluida, y si concisa, causaba admiración; poseía una gran claridad de exposición. Cuando hablaba hubiera hecho enmudecer al mismo Quss ibn Sa'ida; en su generosidad sobrepasaba la del mismo Ma'n ibn Zaida y en su fidelidad dejaba atrás incluso a Samaw'al como cabalgando a pelo sobre el lomo de la Traición, y si no fuera por los espíritus débiles, dados a la sospecha y al mal pensar, yo hubiera detallado la belleza que Allah excelso había otorgado a su figura y a su carácter, que era como arriate, cita de lluvias generosas, sol entre los sabios, vergel entre los letrados, verdad sellada, joya central en el collar, perla sin par en su tiempo, la más preciosa en su generación, de nobleza exuberante, de miras elevadas, señora del valle, la más ilustre en la asamblea, su morada era la perfección y su habitación estaba en la niña de los ojos y en el corazón dentro del pecho. Con ella resplandecían las alturas de Tihama y con su proximidad los arriates abrían sus capullos de manera que se elevaban las cimas de los conocimientos con las ciencias espirituales y místicas que ella poseía. En ella había unción angelical y miras reales.

Durante el tiempo que pasé con ella, tuve ocasión de observar la nobleza de su ser, con lo que a ello añadía la compañía de su tía y de su padre. Así a ella he dedicado las más bellas composiciones que este libro contiene con lenguaje de tierno lirismo y expresiones de poesía amorosa apropiada, aunque con ello no he alcanzado a expresar sino una parte muy pequeña de lo que mi alma sentía, la ternura suscitada por la nobleza de mi amor por ella, la intimidad ya larga, la delicadeza de su pensamiento y la pureza de su condición, pues ella era la petición y lo que se espera, la virgen sin mancilla. Sin embargo, he puesto en verso algunos pensamientos cargados de anhelo apasionado que se encuentran entre estos tesoros y objetos preciosos, y así he hablado de un alma deseosa y he mencionado la devoción que yo siento, con la solicitud por la intimidad pasada y con la predilección por su trato tan noble. Así todo nombre que yo menciono en este opúsculo a ella alude, y con toda morada por la que lloro a la suya me refiero. Pero a la vez en nada de cuanto he compuesto en este librito dejo de aludir a inspiraciones, revelaciones espirituales y relaciones sublimes de acuerdo con "nuestro arte extraordinario" [Corán XX, 66]. Pues la vida futura es mejor para nosotros que la presente, y porque ella -Allah se haya complacido en ella- sabía muy bien qué es a lo que yo aludo, ya ti nadie puede informarte como Aquel que todo lo sabe. y Allah proteja al lector de esta colección de poemas de que su pensamiento se precipite a lo que no es propio de los espíritus elevados y de las miras sublimes en comunión íntima con los negocios celestiales. Amén. Por la majestad de Aquel que es Señor único, y Allah pronunciará la Verdad y guiará por el Camino.

(Turÿuman, p. 7 ss.)

La publicación de los poemas que constituyen el Turÿuman no parece haber sido recibida con aprobación general. A pesar de las admoniciones expresas de su introducción, el tono lírico de las composiciones, literalmente entendido, e incluso las líneas en que Ibn Arabi presenta a Nizam y que tan claramente sobrepasan los límites de una admiración estrictamente espiritual produjeron una oposición abierta entre algunos alfaquíes de Alepo y al parecer también alguna sorpresa dolorida entre algunos de sus discípulos. Dada la falta de documentos, es difícil medir la importancia de tal reacción adversa. Más difícil todavía es adivinar hasta qué punto el alma del místico murciano se sintió herida por ella. Es hecho cierto que durante esta visita a Meca Ibn Arabi contestó a estas objeciones con una nueva edición de sus poemas acompañada esta vez de un comentario, donde, casi palabra por palabra, se elucidan los sentidos secretos que el autor quiere ver en los poemas. Aunque el comentario en sí es una joya de literatura sufi que leerán con gusto, aunque no con fácil deleite, los que se interesen por la espiritualidad islámica.

La obra, con el título ahora de Dzaja'ir al-a'laq (Tesoros de enamorados) incluye una introducción presentando más claramente las razones que mueven al místico a la defensa de su obra:

“La razón por la que he comentado estos versos ha sido que mis hijos espirituales Badr el abisinio e Isma'il ibn Sandakir me lo pidieron porque en la ciudad de Alepo habían oído a ciertos alfaquíes negar que ellos contuvieran nada sobre los misterios en el conocimiento de Allah y que el maestro [es decir, Ibn Arabi mismo], por ser amorosos, buscaba esconderlos bajo el velo de moralidad. Por ello yo me apresuré a comentarlos y el cadí Ibn al-Adim, por mi encargo, recitó algunos en la presencia de un grupo de alfaquíes, y cuando el detractor escuchó lo que estaba rechazando, se convirtió a Allah, glorioso y excelso, y dejó de condenar a los sufíes mendicantes y las expresiones líricas y amatorias que ellos usan en sus dichos refiriéndose a los misterios de Allah.

Así, a Allah excelso encomiendo la encuadernación de estas hojas; en ellas he comentado los versos amatorios que yo compuse en la noble ciudad de Meca durante las ceremonias de mi visita ritual durante los meses de Raÿab, Sha'ban y Ramadan, en los que me refiero a experiencias trascendentales, luces en el conocimiento de Allah, secretos espirituales, ciencias del intelecto y admoniciones de la Sharia. Yo había expresado todo ello en forma de expresiones líricas y amatorias para que todas las almas se enamoraran de estas expresiones y las inclinaciones del corazón se encelaran en prestarles atención. Este es el lenguaje de todo letrado elegante, espiritual, delicado.

Con respecto a ello he hecho advertencia de mi objeto en los versos siguientes:

Todo cuanto menciono: ruinas,

campamentos, estancias, todo.

Así cuando digo ¡Ah! y ¡Oh!

y ¡Ay! y, para resumir, ¡ay también!,

y cuando digo ella y él

o ellos y ellas, plural o dual,

y también cuando escribo en mis versos

que el destino me ha llevado a la altura o a lo profundo,

y cuando digo que las nubes lloran

o que las flores sonríen,

y cuando clamo por los camelleros que se fueron

hacia el ban de Hajir y por los camellos del Himá,

y hablo de lunas que se ponen en los gineceos

o soles y plantas que se elevan

y rayos, truenos o brisa,

vientos -el austral- o el cielo,

camino, torrente o dunas,

montañas, ruinas o cenizas,

amigos, camellos o colinas,

arriates, boscajes o vedados,

o mujeres de pechos altivos y turgentes

que surgen como soles o estatuas,

todo cuanto menciono de esas cosas

o de algo parecido, hay que entenderlo

de los secretos y luces que aparecen

y se elevan, que el Allah del cielo ha traído

a mi corazón o al corazón de aquellos

que como yo se someten a las leyes de los sabios.

Una descripción santa y elevada enseña

que mi verdad tiene un pasado,

por ello, aparta tú el pensamiento de lo exterior

y busca el interior para aprender.

(Dhakha'ir, p. 4)

Ibn Arabi, Poeta Místico

Además de los versos que con frecuencia ilustran puntos doctrinales en sus obras, Ibn Arabi escribió dos colecciones de poemas, una el Turÿuman, al que ya hemos tenido ocasión de referirnos, y otra, obra ya de su vejez, probablemente escrita hacia el año 1232, que es conocida con el título general de Diwan (Colección de poemas).

Frente a la técnica de retórica fría y amanerada, llena de términos místicos, que Ibn Arabi usó en las composiciones de su Diwan, se alza la exaltación mística y lírica de su Turÿuman. A esta colección de poemas debe Ibn Arabi la fama de poeta místico de que todavía goza en el mundo árabe musulmán.

Sin embargo, Ibn Arabi no fue un poeta original en el sentido ordinario de la palabra. El lector de su Turÿuman encuentra en estos poemas muy pocas imágenes que Ibn Arabi pueda reclamar como auténticamente suyas. La mayor parte de las expresiones, metáforas y alegorías que en ellos usa, ha sido usada ya anteriormente por otros poetas, y muchas, en realidad, pertenecían ya al tesoro público de la poesía árabe tradicional, de donde Ibn Arabi las toma para aplicarlas en sus propias composiciones.

Sin embargo, Ibn Arabi es en muchos aspectos un poeta extraordinario cuyos magníficos dones espirituales se dejan fácilmente percibir en una gran calidad poética. Él es, además, original en el uso que hace de los elementos tradicionales que la poesía árabe le ofrece y en la vida interna que a ellos da.

Ibn Arabi es el poeta del espíritu. Para él no es el lenguaje poético, ni siquiera la belleza, el objetivo final al que tiende en su poesía, sino el espíritu que hay que revelar. Si en sus tratados islámicos presenta la doctrina del mundo y sus relaciones con Allah, en su poesía expresa lo mismo ya no como verdad sino como experiencia, de aquí el sentido de trascendencia e intimidad tan notable en ella.

Para Ibn Arabi la poesía árabe tradicional, su belleza y la riqueza de sus recursos lingüísticos y literarios son medios de expresión, exactamente como las palabras lo son para la totalidad de los mortales, y de la misma manera que la originalidad del orador trasciende el uso que hace de las palabras comunes a todos, así también Ibn Arabi busca la verdadera originalidad de la poesía no en la novedad de las palabras que usa, sino en la manera como esas mismas palabras son usadas para revelar el mensaje espiritual que ellas encierran.

A pesar de que Ibn Arabi sólo acude al tesoro tradicional de la lírica profana árabe, su mensaje poético no se reduce a la expresión de un estado amoroso y de los gozos y penas que el amor causa. Es más bien la presentación en circunstancia humana de un amor infinito y los gozos y penas de este amor sentidos en lo más íntimo del ser humano, en la zona donde lo sensual se desvanece ya en el crepúsculo de un sentimiento espiritual.

El amor de Ibn Arabi, tal como está expresado en su Turÿuman, puede así ser llamado amor místico y espiritual. Pero las formas que adopta y la expresión que recibe no son simplemente simbólicas ni alegóricas, a pesar de la interpretación que el mismo Ibn Arabi dio más tarde a estas composiciones. En realidad, antes de aceptar esta interpretación de simple sustitución alegórico-simbólica del sentido de un amor sensual por uno más elevado y espiritual, debemos intentar comprender el sentir trascendente y humano del poeta místico. Para ello debiéramos quizá adoptar una actitud, no de simples espectadores, sino más bien de neófitos que buscan en la poesía del místico murciano los valores aplicables a la propia circunstancia espiritual. Para éstos Ibn Arabi dedicó su poesía; para aquellos es tan sólo el dogmatismo casuístico de su comentario.

Tanto desde el punto de vista de su lírica mística como de su doctrina metafísica, el gran problema de Ibn Arabi es el del ser y de la existencia de Allah. Si Allah es, nada puede ser ni de la misma manera que él es ni de manera independiente de su ser. Ser es el atributo supremo y trascendental de Allah. Ser es en realidad la esencia de Allah, el presupuesto de su vida y su acto. Esta es al idea más fundamental en la cosmovisión del Tawhîd por Ibn Arabi, cuya realidad nada puede trastornar. El ser, pues, es único. Todas las cosas creadas, el mundo o el cosmos, que en nuestro vocabulario humano decimos que son, subsisten eternamente como ideas de Allah; y como el conocimiento en Allah es idéntico a su ser, la creación sólo significa el conocimiento que Allah tiene de las cosas bajo el aspecto de su actualidad. El universo de la creación es así la suma de relaciones de la esencia de Allah, como sujeto, consigo misma como objeto.

La ciencia de Ibn Arabi sobre el Ser está resumida con todo énfasis en los versos siguientes:

Nada existe sino Allah.

Nada hay fuera de él.

Nada existe sino su esencia y voluntad.

El Turÿuman

Uno de los problemas elementales en la lectura de la colección de poemas en que consiste el Turÿuman es el básico del enfoque que se le dé. Es decir, vamos a adherirnos primordial o exclusivamente a su apreciación lingüística y a la estética de su sentido literal, que Ibn Arabi llamaría externo; o vamos a buscar de la misma manera exclusivista los secretos de su simbolismo, que el místico murciano llamaría sentido interno, tal como lo expone en su comentario.

Las líneas que preceden ya nos han indicado claramente que, dada la experiencia de Ibn Arabi, su poesía vista así sufriría una mutilación de su sentido real.

Si, como hemos visto, el conocimiento de Allah es tal que nos impide aceptar diversos tipos de realidad, si la ciencia del amor tampoco admite otro amor que el de Allah, si toda belleza no es otra cosa que una reflexión de la belleza de Allah. Y si, sobre todo, la esencia mística radica en la percepción experimental de esta realidad, la aceptación de estos presupuestos como primeros principios operativos de su poesía será la única actitud que nos podrá comunicar el mensaje poético de Ibn Arabi.

Desde este punto de vista el amor de Ibn Arabi abraza así todas las cosas por estar dirigido hacia la única belleza real, la de Allah. Cuando Ibn Arabi da a su amor por Nizam el tono de una melodía lírica, el fin de su lirismo es siempre Allah, pero al mismo tiempo es Nizam porque en ella el místico ha encontrado la más perfecta manifestación de la belleza de Allah en la creación.

En este sentido, su poesía es mística por estar dirigida en última instancia al conocimiento de Allah; pero es también poesía profana, porque mantiene siempre la belleza de la virgen de Meca y el amor por ella sentido como objeto real de sus composiciones aunque tenga en sí la significación del conocimiento supremo. Ambos niveles no son incompatibles, como, por ejemplo, en la mística cristiana ortodoxa, sino que, como ya hemos visto, se completan mutuamente.

El comentario al Turÿuman

Las posibilidades para una interpretación simbólica y mística que ofrecen las odas del Turÿuman son evidentes. Incluso tras una lectura apresurada se percibe que sólo añadiendo una dimensión espiritual puede el lector alcanzar todo su efecto poético.

El objeto que Ibn Arabi persigue al escribir su comentario es precisamente demostrar la existencia de tal contenido espiritual y a la vez explicar su aplicación concreta. Pero no se contenta el sufí musulmán con presentar su comentario en forma de interpretación ajena a la esencia del sentido poético, sino que quiere darle una forma íntima, esencial, que concierte el decir místico de su poesía con la fuente de toda inspiración, que es Allah. Por esta razón nos habla en la introducción a su Dzaja’ir de las circunstancias sobrenaturales con que se le ofrece el comentario:

“Estaba yo una noche realizando las circunvalaciones a la Kaaba, cuando de repente sentí un deleite causado por aquella situación y un estado que ya me era conocido me hizo estremecer. Yo salí entonces del patio pavimentado para evitar el gentío y me puse a realizarlo fuera, caminando sobre la arena. Así se me ocurrieron unos versos que me puse a recitar en voz alta de manera que yo mismo los podía oír y también los hubiera escuchado quien conmigo estuviera de haber habido alguno. Eran los que siguen :

Yo quisiera saber si comprenden

qué corazón han poseído.

Y que mi corazón supiera

las sendas de montaña que han pasado.

¿Crees que están a salvo?

¿Crees que han perecido?

Los príncipes del amor se confunden

en el amor y se extravían.

De repente en mi hombro sentí un golpe dado por una mano más suave que la seda, yo me volví y me encontré ante una doncella griega con el rostro más bello, el hablar más dulce y cortés, de sentido más delicado, de alusiones más finas, de conversación más elegante que yo jamás hubiera visto. Sin duda alguna sobrepasaba a todas las gentes de su tiempo en elegancia, belleza y conocimientos. Ella me preguntó: Señor, ¿cómo era lo que dijiste? A lo que yo contesté:

Yo quisiera saber si comprenden

qué corazón han poseído.

A lo que replicó:

¡Cuán extraño en ti que, poseyendo conocimientos como ningún otro en tu generación. digas cosa semejante! ¿Acaso no se conoce todo lo que se posee? ¿y acaso se puede justificar la posesión sino tras el conocimiento, cuando el deseo de la inteligencia nos ha informado de su carencia? El camino es la lengua de la verdad, ¿cómo se puede entonces permitir a uno como tú que diga cosa semejante? Di, mi señor, ¿qué dijiste después de eso?

Yo respondí:

y que mi corazón supiera

las sendas de montaña que han pasado.

A lo que replicó:

Señor mío, el sendero montañoso que hay entre lo más profundo del corazón y la mente es precisamente lo que impide llegar a ese conocimiento. Así, ¿cómo va a desear uno en tu situación lo que sólo se puede obtener tras el conocimiento? El camino es la lengua de la verdad, así pues, ¿cómo se puede permitir a uno como tú que diga cosa semejante? y ¿qué dijiste, mi señor, después de esto?

Yo contesté:

¿Crees que están a salvo?

¿Crees que han perecido?

A lo que ella replicó:

Ellos ciertamente están a salvo. Pregunta, más bien, sobre ti mismo, pues es necesario que te preguntes si tú estás a salvo o has perecido, mi señor. ¿ y qué dijiste después?

Yo contesté:

Los príncipes del amor se confunden

en el amor y se extravían.

Entonces ella exclamó:

¡Oh maravilla! ¿Cómo le va a quedar al enajenado de amores algo con que sentirse confundido, si la razón del amor es precisamente la universalización que aturde los sentidos, roba las inteligencias, confunde los pensamientos y arrebata al que los siente, junto con todas las demás cosas que se escapan? Así pues, ¿dónde está la confusión y qué le queda con que pueda sentirse confuso? El camino es la lengua de la verdad y la expresión ligera e inexacta es impertinencia en uno como tú.

Yo entonces le pregunté: "Tú, muchacha, ¿cómo te llamas?" A lo que contestó: "Consuelo." y yo dije: "Esto eres para mí." En aquel instante saludó y se marchó. Más tarde yo llegué a conocerla y entablamos unas relaciones amistosas y llegué a percibir que ella poseía los cuatro niveles del cono- cimiento místico en un grado que nadie es capaz de describir.”

(Dzaja'ir, p. 6 ss.)

En este punto abandona Ibn Arabi el tono íntimo que usa para relatar esta experiencia mística y comienza el comentario a sus poemas.

Ahora bien, es de notar que el místico murciano, consciente o inconscientemente, pero totalmente consecuente con su concepto del proceso místico, presenta el comentario como un estadio independiente y posterior al hecho de la inspiración poética. En ésta el poeta místico percibe, o quizá intuye, las realidades que él entonces expresa poéticamente. El hecho poético es pues, para él, la expresión de una intuición o de una experiencia mística. En el comentario se recibe, y expresa, la revelación explícita del contenido espiritual de aquellas expresiones poéticas. Sólo ésta es comunicable. Quizá por esta razón Ibn Arabi no atribuye a la aparición de Meca otra función que la de iniciarle en el camino de la exposición, demostrándole que la oda compuesta en un instante de arrobo espiritual tiene un sentido trascendente. Ibn Arabi no reclama para el comentario otro valor que la autenticidad de su pensamiento y la circunstancia sobrenatural que le mueve a exponerlo para acallar las críticas y murmuraciones pasadas.

No obstante esta independencia fundamental del Dzaja'ir en relación a lo que podríamos llamar el sentido poético de las composiciones de que consta el Turÿuman, creemos que puede interesar al lector por tener un ejemplo del texto del comentario tal como Ibn Arabi lo concibe.

I

Yo quisiera saber si comprenden

qué corazón han poseído.

Y que mi corazón supiera

las sendas de montaña que han pasado.

¿Crees que están a salvo?

¿Crees que han perecido?

Los príncipes del amor se confunden

en el amor y se extravían.

II

El día de su partida hicieron marchar los camellos

después de cargar sobre ellos los pavos reales.

Por sus miradas asesinas, dominadoras,

la creerías reina de Saba sobre trono de perlas.

Cuando camina sobre el suelo de cristal, se te antoja

un sol de la alta esfera en el seno de Hermes.

Cuando mata con su mirada y con sus palabras,

resucita como, si al hacerlo, fuera Jesús.

Su Tora es la tabla de sus piernas en su esplendor,

que yo sigo y estudio como si fuera Moisés.

Es obispesa entre las hijas de Roma, sin adornos.

Sobre ella puedes ver un halo de revelaciones.

Es salvaje, en ella no hay piedad, ha adoptado

para su propio recuerdo un mausoleo en la mansión de su soledad.

Ha dejado confuso a todo sabio musulmán,

de los Salmos de David, rabino y sacerdote cristiano.

Cuando con un gesto pide el Evangelio, te parece

sacerdote, patriarca y diácono.

El día que pusieron en camino sus camellos, grité:

¡Camellero!, no te la lleves con la caravana.

Entonces dispuse las huestes de mi paciencia

en falanges sobre el camino

y pedí, con el alma en la garganta,

a esta belleza ya esta gracia que me diera respiro.

Ella accedió. ¡Allah nos guarde de su poder

y el Rey victorioso rechace a Satán!

III

¡Amigos!, pasad de largo Al-Kathíb y torced

hacia La'la' y buscaré las aguas de Yalamlam,

que allí mora quien sabéis ya quien ,dedico

mi ayuno, mi peregrinación, mi sagrada visita y mi romería.

Nunca olvidaré yo un día en al-Muhassab de Miná,

y unos negocios en ai-Manhar ai-'Alá y en Zamzam.

Su Muhassab es mi corazón, porque allí se arrojaron sus piedrecillas.

Su altar es mi alma y mi sangre su fuente.

¡Camellero!, cuando llegues a Hájir

detén las cabalgaduras un instante y saluda,

proclamando en las tiendas rojas, junto al vedado,

el saludo de un amante por su nostalgia enloquecido.

Y si responden, devuélveme el saludo con la brisa,

pero si callan sigue adelante con tus bestias

hacia el río de Jesús donde las suyas han parado,

junto a la desembocadura donde están las tiendas blancas.

Y convoca a Da'd y Rabáb y Zainab

y Hind y Salma y Lubna y escucha.

Y pregunta si en Halba está la doncella esbelta

que muestra al sonreír el esplendor del sol.

IV

Mi saludo es para Salma y los que moran en el vedado;

el saludo es deber del que ama tiernamente como yo.

Nada le cuesta a ella responder saludándonos,

pero nadie puede obligar a las estatuas.

Partió cuando la oscuridad de la noche tenía tendidos sus velos.

Así le hablé de un amor huérfano y desterrado,

al que los deseos han puesto sitio, y persiguen

raudas flechas doquiera se dirija.

Brillaron sus dientes, lució un relámpago,

y no pude saber cuál de los dos rompió la noche.

Ella dijo: ¿Por qué no le basta que esté presente en su corazón

y me contempla sin cesar? ¿Por qué no? ¿Por qué no?

V

El amoroso anhelo me sublima, la paciencia me lleva a lo profundo.

Así estoy entre el monte y la ribera,

tan divergentes que jamás se encuentran.

No cabe la armonía en mi ruptura.

¿Qué puedo yo hacer o qué inventar, decidme?

¡Censor, no me amenace tu censura!

Suspiros se alzan en mi pecho,

lágrimas inundan mis mejillas.

Los camellos añoran ya sus lares

con su celo de amor, las pezuñas doloridas del camino.

Después de su partida, mi vida sólo es nada.

¡Paciencia y vida mías, yo os saludo!

VI

Partieron mi paciencia y mi resignación cuando ella se fue;

partió y quedó asentada en lo íntimo de mi corazón.

Yo pregunté: ¿Dónde descansan los viajeros? Me contestaron:

Acamparon allí donde el shih y el han regalan su fragancia.

Dije al viento: Marcha a su encuentro, que ellos estarán a la sombra del boscaje.

Llévales el saludo de un hermano del dolor,

en cuyo corazón viven las penas de la ausencia.

VII

Al besar la piedra negra se acercaron unas doncellas

que llegaban, veladas, al noble periplo.

Allí desnudaron luces de sol y me dijeron:

¡Contente!, que la muerte del alma reside en las miradas

y ¡cuántas hemos matado ya en al-Muhassab de Miná!,

almas altivas, junto a los pedregales,

y en Sarhat al-Wadi y las montañas de Ráma

y en Jaro' al partir de Arafát.

¿Acaso no sabes que la belleza roba a quien

tiene castidad y por ello se la llama ladrón de virtudes?

Así nuestra cita, después de este giro, será en Zamzam,

junto a la tienda mediana entre las rocas.

Allí todo el que por pasión languidece encuentra salud

en las mujeres perfumadas que desea.

Cantando ellas temen dejar caer el cabello y así

sus rizos las cubren con túnicas de oscuridad.

VIII

Su campamento yace ya en ruinas.

Mi amor es siempre nuevo

dentro del corazón y no envejece.

Ruina y llanto el recordarlas siempre

derrite el alma. Lleno de amor

grité detrás de sus cabalgaduras:

¡La tan rica en belleza! Aquí yo quedo

tan pobre, con el rostro dado al polvo, de tierno amor.

Por los derechos de mi amor tan puro

como el tuyo guardad me la esperanza

de alguien que se anega con su llanto

y se abrasa en dolor ya sin aliento.

¡La que enciende este fuego! ¡Aguarda!

Este fuego de la pasión es algo tuyo;

toma también alguna de sus llamas.

IX

Se han encendido rayos para nosotros en Abraqain,

ya su tenor han resonado en el pecho los truenos,

sus nubes dejaron caer la lluvia sobre las espesuras

y en todas las ramas temblorosas que se inclinan hacia ti.

Como lágrimas corren sus arroyos y la brisa esparce su fragancia,

la paloma collarada aletea y las ramas hacen despuntar sus hojas.

Plantaron sus tiendas rojas entre los arroyos

serpentinos y entre ellas se sentaron

doncellas albas como soles que se alzan

con grandes ojos, nobles y preciosas y esbeltas.

X

¡Qué maravilla me causa un amor que por sus encantos

camina orgulloso entre las flores del jardín!

Yo le dije: ¡No te extrañes de lo que ves, pues

sólo a ti mismo miras en el espejo del hombre!

XI

¡Palomas que frecuentáis el arak y el han,

mostraos piadosas y no aumentéis con vuestros dolores los míos!

Tened piedad, no reveléis con el lamento y el llanto

mi amor secreto y mi callada tristeza.

Sólo a ella me dirijo, a la puesta del sol y su salida,

con el grito del enamorado y el lamento del sediento de amor.

Los espíritus se enfrentan en el boscaje de ghadd

e inclinan las ramas hacia mí y me aniquilan,

y trajeron la violenta nostalgia y la pasión

y extrañas pruebas encontradas.

¡Quién me pusiera en Jam' y al-Muhassab de Miná!

¡Y quién en Dhat al-Athl y Na'mán!

Rondan devotamente mi corazón una y otra vez,

por amor y aflicción, y besan sus columnas

como el mejor de los apóstoles que rondó en la Kaaba,

a la que la razón encuentra falta,

y besó sus piedras, siendo profeta excelso.

¿Y cómo se puede comparar el rango de un templo con la dignidad del hombre?

¡Cuántas veces prometió y juró no mudar

pero el que se adorna no cumple promesa!

Es grande maravilla una gacela velada

que indica con los dedos teñidos de azufaifa

y hace señales con sus ojos

y cuyos pastos se hallan en el pecho.

¡Qué maravilla un jardín entre incendios!

Mi corazón acoge cualquier forma:

prado de las gacelas, refugio para el monje,

templo para ídolo, Kaaba del peregrino.

Es tablas de la Tora y libro del Corán.

Sigo el Dîn (el Islam) del amor solamente

adonde sus camellos se encaminan.

Mi sola certeza es amor y mi creencia.

Tengo un modelo en Bishr, el amante

de Hind y de su hermana,

en Qays, en Layla, en Mayya y en Ghaylán.

XII

En Dhu Salam y en el monasterio de la colonia de Himá

hay unas gacelas que te hacen ver el sol en forma de estatuas.

Así contemplo yo las esferas y sirvo en un templo

y guardo un jardín que la primavera colma de flores.

Por ello me llaman unas veces pastor de gacelas en el desierto

y otras monje cristiano y astrólogo.

Mi amada se triplica y sólo es una,

como se transforman las personas siendo una la esencia.

Amigo, no te enoje que yo hable de una gacela

que ilumina sus cervatillos cuando rodean las estatuas.

Y de cuellos de gacela y de rostros de sol

y de pechos y muñecas de blancas estatuas.

Como también he prestado vestido a las ramas

y al jardín virtudes y al rayo labios sonrientes.

XIII

Gime una paloma acollarada y el amante entristecido

compadece su pena y su gemido.

De los ojos dolientes corren por aquel duelo

lágrimas como de una fuente viva.

Le hablé como a mujer en la pérdida de su único hijo,

pues la pérdida del unigénito es el duelo más grande;

le hablé mientras caminaba el Dolor con nosotros.

Ella no puede verse, pero yo soy visible.

Siento dentro de mí el ardoroso amor por los arenales de 'Alij

donde se alzan sus tiendas,

donde habitan las de los grandes ojos,

las de miradas asesinas que tienen párpados enfermos

como funda para el filo de esas miradas.

No he cesado de beber las lágrimas que mi dolencia mueve

ocultando la pasión, recatándola al que me acusa,

hasta que, al graznar el cuervo en su partida.

la separación descubrió el amor del triste.

Marcharon sin cesar toda la noche, cortaron sus anillos,

y así fueron los camellos, bajo las literas, queja y lamento.

He enfrentado las razones de la muerte cuando

soltaron sus riendas y apretaron las cinchas.

La ausencia con amor es mi asesino,

el amor más pesado se hace fácil en el encuentro.

¿Cómo se me puede reprochar si yo la amo,

cuando ella es amable y hermosa en cualquier sitio?

XIV

Miró el rayo oriental y amó el oriente,

de fulgurar en occidente. el occidente hubiera amado,

pues mis ansias de amor son por el rayo y sus fulgores;

no deciden mi amor ni los lugares ni la tierra.

La brisa me ha narrado de ella un decir aprendido

del dolor y de mi pasión, de la tristeza y de mi sufrimiento,

del éxtasis y de mi razón, de la nostalgia y del amor,

de las lágrimas y de mis ojos, del fuego y de mi corazón.

Aquella a quien amas sólo está en tu pecho

y la brizan tus suspiros.

Yo le dije: Hazle saber que ella es

quien causa el fuego de mi corazón.

Solo puede apagarlo la unión eterna,

'y si arde más no es culpa del amante.

XV

Me abandonaron en al-Uthail y al-Naqá

y quedé derramando lágrimas con lamentos de amor ardiente.

¡Cuánto amo a aquella por cuyo amor me fundo como nieve!

¡Cuánto amo a aquella por cuyo amor quedo muriendo!

El vergonzoso rubor de sus mejillas

es el resplandor del alba acariciando al ocaso.

La paciencia ha acampado y el dolor ha levantado su tienda,

y yo entre los dos yazgo postrado, ¿quién me ayudará en mi dolor?,

¿quién me ayudará en mi amor? ¡Guiadme!

¿Quién me ayudará en mi tristeza?

¿Quién dará ayuda a un amante apasionado?

Cuando más escondidas guardo las ,penas del amor,

mis lágrimas y mis vigilias más revelan su violencia.

y cuando digo: ¡Dame una mirada!,

se me dice: Sólo por piedad se te ha negado;

una mirada suya no te remediará,

pues es tan sólo el fulgor de un rayo que destella.

No olvido cuando el camellero aguijoneaba,

deseando partir con ellos en busca de al-Abraq.

Los cuervos de la separación graznaban por su causa.

Niegue Allah su protección a un cuervo que grazna.

El cuervo de la separación, ¿qué es sino un camello

que parte con los seres amados en marcha veloz y forzada?

XVI

Montaron sobre los camellos las literas,

colocaron en ellas estatuas y lunas,

prometieron a mi corazón que regresarían,

pero ¿qué prometerán las bellas que no sea engaño?

y me saludó con sus dedos teñidos de azufaifa, diciéndome adiós.

Dejó caer unas lágrimas que avivaban mi fuego,

pero cuando volvió las espaldas,

buscando al-Khawamaq y al-Sadír,

yo clamé sobre sus huellas: ¡Perdición!

Ella contestó preguntando: ¿Invocas tú la perdición?

No la invoques así, de una vez,

invoca en cambio muchas destrucciones.

jPaloma del arak, poco a poco!

Pues la separación sólo aumenta tus fragores

y tus lamentos, ¡paloma!, acrecientan

la nostalgia del amador e inflaman al celoso,

hacen derretir el corazón, destierran el sueño,

aumentan nuestras nostalgias y suspiros.

Acecha la muerte el lamento de la paloma,

que suplica de ella un corto respiro.

Quizá un soplo de la brisa de Hájir

traiga hasta nosotros una nube y su lluvia,

y tú con ella riegues las almas ya sedientas,

aunque tu nube sólo aumenta la distancia.

¡Tú, que contemplas la estrella, sé mi compañero!

¡Tú, que miras el rayo en tu vigilia, pasa la noche conmigo!

¡Tú, que duermes de noche, le has dado al sueño la bienvenida

y así antes de la muerte habitaste en los sepulcros!

Si hubieras amado a la muchacha amable,

hubieras conseguido con ella felicidad y alegría,

ofreciendo a las bellas el vino, ¡tan ardiente!,

susurrando a los soles,

acariciando las lunas.

XVII

¡Camellero!, no tengas prisa en llevarla y espera,

ya estoy lastimado de seguir sus huellas.

Detén las monturas, sujeta sus riendas.

¡Por Allah, por mi pasi6n y mi dolor! ¡Camellero!

Mi alma está dispuesta, pero mis pies no me llevan.

¡Quien me ofreciera piedad y ayuda!

¡Qué puede hacer el mejor artista con su obra

si el instrumento sólo permite la destrucción.

Tuerce tu camino, sus tiendas están en el valle, a la diestra.

Tu abundancia es divina, ¡oh valle!, por lo que guardas.

Has congregado un pueblo, ellos son mi alma,

ellos son mi aliento,

y el lugar más oscuro y secreto de mis entrañas.

¡Que Allah no bendiga mi amor si en Hájir

en Sal' o en Ajyád no muero de dolor!

XVIII

Detente en las mansiones, lamenta las ruinas

y pregunta a los campamentos de primavera ya perdidos,

¿dónde están las amadas? ¿Adónde marcharon sus camellos?

"Helos atravesando la neblina en la desolación,

los ves en el espejismo como jardines,

el vapor agranda a tus ojos sus espectros.

Marcharon con el deseo de llegar a Udhaib, para beber

allí agua como la vida, dulce, fresca y pura. "

Por eso seguí sus huellas preguntando a la brisa

si han levantado sus tiendas o buscado la sombra del da1.

Me contestó: "Dejé sus parasoles en Zarúd

con los camellos doliéndose de fatiga por la marcha en la noche.

Han dejado caer sobre los parasoles unos lienzos

para proteger su belleza del ardor del mediodía.

Levántate para ir a su encuentro, buscando sus huellas,

y apresura cuanto puedas tus camellos hacia ellas.

Y cuando te detengas junto a los hitos de Hájir,

después de atravesar los bajos y montañas que allí hay,

quedarán cercanas sus mansiones y su fuego aparecerá

como uno que ha inflamado el incendio de la pasión.

Haz allí arrodillar a tus camellos y no te asusten sus leones,

pues tu nostalgia te los mostrará como cachorros."

XIX

¡Ruinas junto a al-Uthail, ya perdidas,

donde jugué con doncellas amables!

Ayer eran acogedoras y rientes

pero hoy se han hecho salvajes y severas.

Partieron sin que las advirtiera, pero no saben

que desde mi mente hacía guardia por ellas,

siguiéndolas a dondequiera que fueran y acamparan

ya las veces cuidando sus monturas.

Cuantas veces desmontaban en campiña yerma y solitaria,

acampaban y extendían sus alfombras,

la convertían en jardín frondoso y florecido,

cuando antes sólo era desolada aridez.

Cualquier paraje en que desciendan se convierte

por las bellas en jardín de pavos reales.

Cuando abandonan un lugar, la tierra

se cubre con los sepulcros de sus amantes.

XX

Mi dolencia la causa quien tiene sus ojos enfermos de amor.

¡Consoladme con su recuerdo!, ¡consoladme!

Revolotean tórtolas por entre los arriates y tristemente arrullan.

El dolor de aquélla paloma es la causa de mi dolor.

¡Cuánto amo la muchacha chispeante que avanza graciosa,

virgen guardada, entre las bellas!

Surge a la mirada como un astro, y cuando

se oculta, amanece en el horizonte de mi corazón.

¡Ruinas de Rama, ya perdidas!

¡Cuántas bellas de pechos altivos han contemplado!

¡Cuánto amo! Amo más que a mi vida a una gacela real,

que con toda mansedumbre pace en mi interior.

Su fuego es luz en mí

y luz es lo que apaga mis incendios.

¡Compañeros!, tomad las riendas

para que mis ojos contemplen las huellas de su tienda,

y cuando lleguéis a ella, desmontad,

y allí, ¡compañeros!, ¡llorad conmigo!

Deteneos conmigo un momento junto a esas ruinas

y lloremos juntos. Yo lloraré por lo pasado.

Esta pasión me ha herido sin saetas.

Esta pasión me mata sin espada.

Decidme, cuando llore en aquel sitio,

¿me ayudaréis en mi llanto?, ¿me ayudaréis?

Recordadme las leyendas de Hind y Lubna,

Sulaima, Zainab y de 'Inan,

hablad me además de Hájir y Zarúd

y sus pastos de gacelas.

Llorad por mí con los versos de Qays y Layla,

de Mayya y del infortunado Ghaylán.

Hace tiempo que añoro la doncella elocuente,

prosa y verso, cátedra y claridad.

Una princesa de los reyes de Persia,

de la más noble tierra, de Isfahán.

Es la hija del Iraq, la hija de mi imán,

pero yo soy su opuesto, hijo de yemení.

Señores míos, ¿habéis visto u oído

que los opuestos se unan jamás?

Si nos hubierais visto en Rama cambiando,

con pasión, copas sin manos,

con nuestra pasión que conversaba

dulce y gozosa aunque sin lengua,

hubierais visto algo que arrebata a la razón,

Yemen y el Iraq en abrazo estrecho.

Mintió el poeta que dijo antes de mi tiempo,

aunque conmigo acertó su inteligencia:

Tú que das las Pléyades en matrimonio a Cánope,

Allah te bendiga, ¡cómo pudieron encontrarse!

La una es Siria cuando se muestra

y Cánope se muestra pero en Yemen.

XXI

¡Jardín del valle!, responde a la princesa del vedado,

la de dientes blancos -¡oh jardín del valle!-,

y dale protección con tu sombra por un rato,

aunque sea por poco tiempo, hasta que ella se siente en el consejo,

y se planten sus tiendas en tu seno.

Así tendrás cuanto rocío necesites para sostener tus brotes,

cuantas lluvias, cuanta humedad desees,

una nube visitando tus arbolillos mañana y tarde,

tan densa sombra como tú quieras, y frutos

tentadores para el que los toma del balanceo de las ramas,

y los que busquen en ella Zarúd y sus dunas

y los que sigan a sus camellos o los guíen.

XXII

Tuerce con tus camellos hacia los pedregales de Thahmad,

donde hay ramas frescas y prados húmedos,

donde los rayos hacen ver su esplendor,

donde la nube llega al ocaso y al amanecer.

y alza allí tu débil voz al romper la aurora y clama

por las vírgenes hermosas, esbeltas y blancas.

Entre las que matan a traición con sus ojos negros,

las que se inclinan con cuello esbelto y largo,

hay una que ama y asalta todo corazón ya enloquecido

de amor por las bellas, con sus dardos y su espada india,

y da con ternura de seda virgen, suave,

ungida con trozos de ámbar y almizcle.

Cuando fija su mirada, mira con ojo de gacela,

y la negrura del colirio nace en su ojo

ensombrecido con gracioso y fatal encanto.

Aquélla ceñida de altivez y de belleza tan extraña

y esbelta, no ama lo que yo amo,

ni cumple con lealtad su promesa,

deja caer tras de sí tu trenza como enorme serpiente negra

para aterrar al que la sigue con aquella negrura.

Por Allah, que no temo la muerte; sólo

temo morir, porque entonces no la veré mañana.

XXIII

De madrugada se detuvieron en el valle de' Aqíq,

después de cruzar tantas gargantas profundas.

Apenas despuntó la aurora cuando

vieron una señal refulgente sobre la cima de una montaña

que ni el águila puede alcanzar aunque lo intente,

e incluso el buitre anida más abajo.

Con adornos incrustados y Soportes altivos como' Aqúq,

había unas líneas escritas con un mensaje:

"¿No habrá quien ayude al amante desterrado, anheloso,

con su pensamiento por encima de los astros,

pero hollado Con los pies como apagando un fuego?

Su mansión está en esta cumbre de águilas,

pero ha muerto en sus lágrimas como quien se ahoga en el mar.

Amor le entregó a los infortunios

en este lugar, sin un alma compasiva.

¡Los que venís a las aguas de la vieja fuente!

¡Los que vivís en el valle de 'Aqíq!

¡El que busca, peregrino, la Ciudad Santa! ¡Los que seguís este camino!

Tened piedad de mí, que he sido despojado,

poco antes de la aurora, casi al salir el sol,

por una resplandeciente doncella, joven y esbelta

que difundía un aroma de penetrante almizcle,

con un embriagado balanceo como de ramas

que el viento dobla, como seda virgen,

Con flancos terribles como las líneas redondas de la duna

temblando como la joroba del camello garañón.

No me acusó por mi pasión el censor,

ni me reprochó por mi amor el amigo.

Si tal hiciera el censor,

mi sollozo hubiera sido la respuesta.

Mi nostalgia es mi cabalgadura, mi tristeza es mi vestido,

mi pasión lo que bebo por la mañana y mis lágrimas lo que de noche bebo."

XXIV

Dice el autor: Un derviche me recitó esta sentencia

que me pareció inigualable:

Todo el que de ti espera favores

los recibe como lluvia torrencial.

Sólo conmigo rompe tu rayo su promesa de lluvia.

Como me dejó encantado, medité su sentido y yo

mismo compuse otros versos siguiendo la misma

rima, entre los cuales incluí éste por su acabada belleza,

y así dije yo en contestación a este derviche,

Allah tenga piedad de él:

Detente en las ruinas ya perdidas de La'la,

y llora por las que hemos amado en aquella desolación.

Detente en los aduares y clama por ellas, extasiado

en su exquisita belleza, con tus lamentos.

Muchos he conocido, como yo, junto al han tomando

el fruto de bellas formas y la rosa de jardín floreciente.

Todo el que de ti espera favores los recibe como lluvia torrencial.

Sólo conmigo rompe tu rayo su promesa de lluvia.

Ella dijo: Sí, fue esa cita

a la sombra de mis ramas en el más fértil lugar;

entonces era mi rayo todavía un brillo de labios sonrientes, pero hoy mi rayo es sólo reflejo de blanca piedra. Acusa a un destino que no tenemos poder

de evitar. ¿Qué culpa tiene el campamento de La'la?

Por ello la disculpé al oír sus palabras,

doliéndose como yo desde su corazón en pena.

Yo le pregunté al contemplar sus lares,

camino libre a los cuatro vientos en la noche:

¿Acaso te dijeron los vientos dónde descansan al mediodía?

Dijo: Sí, han contestado: junto a Dhat al-Ajra',

donde las tiendas blancas resplandecen

por los lucientes soles que ellas guardan.

XXV

¡Qué dolor en mi corazón!

¡Qué dolor! ¡Qué gozo en mi alma!

¡Qué gozo!

En mi corazón arde la pasión como un fuego.

En mi alma se ha puesto una luna de tiniebla. ¡Oh almizcle!

¡Oh Luna!

¡Oh ramos sobre la duna! ¡Qué verde!

¡Qué esplendor!

¡Cuánto aroma!

¡Oh boca sonriente, cuya humedad adoro!

¡Saliva cuya miel he probado!

¡Luna revelada, con las mejillas cubiertas

del rojo del atardecer! Desnuda de sus velos,

sería tormento y por ello es esquiva.

Sol mañanero que escala los cielos,

ramo de duna en un jardín plantado,

lo contemplo sin pausa, con temor reverente,

y riego el ramo con suave lluvia celestial.

Cuando se levanta es maravilla en la mirada,

cuando se pone es causa de mi muerte.

Desde que la belleza puso sobre su frente

corona de oro virgen, amo el oro.

Si Satán hubiera contemplado en Adán

el fulgor de su rostro, no se hubiera revuelto.

Si Hermes hubiera interpretado las líneas

que la belleza escribió sobre su rostro, no hubiera escrito nada.

Si la reina de Saba la hubiera visto sobre el trono,

no pensara en el suyo, ni en palacios.

¡Oh el sarh en el valle, el han en la espesura!,

enviadme con la brisa vuestro perfume,

cargado del aroma dulce

de las flores entre tus valles y colinas.

¡Oh han del valle!, muéstrame tus ramas

y brotes suaves como las líneas de su cuerpo.

Narra la brisa la juventud pasada

en Hájir, en Miná y Qubá,

y en las dunas donde el valle se tuerce, junto al vedado,

y en La'la', donde pacen las gacelas.

No es extraño, no es raro

que un hombre se enamore de las bellas

y, cuando arrulla la paloma,

con el nombre de su amada se extasíe.

Y ¡qué gozo!

XXVI

La cita es en la vuelta del valle entre los pedregales.

Haz que se arrodillen las monturas, pues aquí termina la jornada.

No busques más, ni clames otra vez:

¡Hájir! ¡Báriq! ¡Thahmad!,

y retoza como lo hacen las doncellas amigas, de pechos altivos,

y reposa como reposan las tímidas gacelas,

en un jardín armonioso donde zumban los insectos,

y donde con gozo responde el trino de un pájaro.

Sus laderas son suaves como es suave su brisa.

Unas nubes traen el rayo y otras más finas el trueno

y las gotas resbalan entre las grietas de las nubes,

como llanto que un amante derrama por la separación.

Bebe las primicias de su vino con su embriaguez

y goza del cantar que allí se dice

-¡oh vino exquisito!-, que desde el tiempo de Adán narra

sobre el jardín del Edén una tradición verdadera.

Las hermosas vírgenes acercaron sus labios rezumantes,

como almizcle y nos dieron de beber generosamente.

XXVII

¡Oh templo antiguo! Se ha levantado

una luz que para ti brilla en mi corazón.

A ti me lamento por los desiertos que he cruzado,

donde dejé correr mis lágrimas a raudales,

mañana y tarde. sin gozar del descanso,

salteando las mañanas con las marchas nocturnas.

Los camellos aun con sus pezuñas doloridas

en la noche sostienen su marcha presurosa.

Estas cabalgaduras nos trajeron hasta ti,

llenos de deseo, sin esperar por ello recompensa.

Hacia ti atravesaron lugares desolados y arenales

con nuestra pasión, sin quejarse por ello de cansancio.

Ellas no se quejan de la dolorosa pasión, y yo

me quejo de la fatiga. Es absurda mi queja.

XXVIII

Entre al-Naqá y La'la'

están las gacelas de Dhat al-Ajra',

que pacen al abrigo

de frondosa vegetación y descansan.

Nunca la luna nueva se alzó

en el horizonte de esta colina

sin que yo deseara

por temor reverente que no hubiera surgido.

Nunca saltó chispa

de luz de este pedernal

sin que mi sentimiento deseara

que no hubiera brillado.

¡Corred, lágrimas!

¡No las contengáis, ojos míos!

¡Suspiros, alzaos!

¡Quiébrate, corazón!

y tú, camellero, camina lento

pues el fuego está en mi corazón.

Mis lágrimas se han agotado

tan caudalosas corrieron por miedo a la separaci6n.

Tanto que cuando llegue el momento de la partida,

no encontrarás ojos que lloren.

Parte ya hacia el valle de las dunas rizadas,

el lugar donde ellas pacen y yo muero.

Allí están las que amo,

junto a la fuente de Ajra'.

Pregunta quién puede ayudar

a un joven enamorado al que se dijo adiós,

cuyos dolores le han arrojado

en la incertidumbre, último rastro de tierra perdida.

¡Luna bajo la oscuridad!

Toma de él algo y deja algo,

obséquiale con una mirada

desde detrás de este velo, porque es demasiado débil

para conseguir tan terrible belleza.

Consuélale con deseos;

quizá viva y entienda,

porque ahora sólo es un muerto

entre al-Naqá y La'la'.

Yo he muerto de angustia y desesperación,

como dejado siempre en el mismo lugar.

No dice verdad la fresca brisa del este

al traer sus engaños,

y miente el viento cuando

te hace oír lo que no oyes en verdad.

XXIX

Cuánto amo aquellas ramas

que se inclinan amorosas,

tuercen sobre las mejillas sus rizos,

dejan caer las trenzas de su pelo,

tan suaves en sus curvas, en sus miembros,

arrastrando insinuantes las colas,

vestidas con las túnicas de su sola belleza,

tan castamente avaras de sus gracias,

tan pródigas de sus bienes nativos y apropiados,

graciosas con sus bocas tan rientes,

y con sus labios dulces para el beso,

suaves en su desnudo,

con pechos turgentes,

generosas de gracias,

cautivando con magia y maravilla

al que escucha sus palabras delicadas.

Con rubor cubriendo sus encantos

esclavizan al corazón más temeroso y reverente.

Lucen dientes de perlas

cuya saliva fortalece al débil y sana al quebrantado,

arrojan dardos de sus ojos

contra el corazón avezado a las luchas,

alzan desde sus pechos unas lunas

cuya plenitud no conoce el menguante,

crean nubes de lágrimas

y hacen oír el trueno del lamento.

¡Compañeros! Más que a mi vida amo a una joven esbelta

que me ha colmado de beneficios y regalos.

Se hizo armonía de unión, es mi Armonía,

siempre árabe y extranjera, absorbe al místico.

Cuando mira amorosa, ataca con afilada espada

y sus labios hacen ver el rayo que deslumbra.

¡Compañeros! Deteneos en los confines del vedado

de Hájir. ¡Compañeros, deteneos, deteneos!

Que pregunte adónde fueron sus camellos,

porque estoy sin remedio perdido en lugares de peligro y destrucción,

por caminos conocidos y por otros extraños, con un [camello

quejoso de pezuñas heridas por los desiertos y campiñas,

con los flancos ya hundidos. Las marchas forzadas

le han quitado la fuerza y la grasa.

Hasta que me detuve con él en los arenales de Hájir

y en Uthail encontré camellos rezagados.

Una luna de venerable aspecto los guiaba,

que yo por temor de que huyera escondí en mi pecho.

Una luna que se mostró durante el periplo sagrado,

aunque yo sólo iba a su alrededor mientras ella me rodeaba,

ocultando con la orla de su túnica las huellas,

dejándonos así desorientados aunque fuéramos rastreadores.

XXX

Entre los tamarices de al-Naqá hay una nidada de perdices,

la belleza ha tendido su tienda sobre ellas,

y en el corazón de los desiertos de Idám

pacen junto a ellas camellos y gacelas.

¡Compañeros!, deteneos y haced hablar

las huellas de un aduar en ruinas desde que partieron.

Y llorad por el corazón que un joven abandonó

en aquella partida. ¡Llorad y gemid!

Quizá nos digan hacia dónde fueron,

si a los arenales del vedado o a Qubá.

Ensillaron sus camellos sin que yo lo advirtiera;

¿fue a causa de un descuido o me faltó la vista?

Ni lo uno ni lo otro, fue

el desmayo de un sobrecogimiento.

¡Oh penas fugitivas y dispersas

tras ellos; en su busca, en todas direcciones!

Clamé a todos los vientos :

¡Tú, el del norte, el del sur, el del este!

¿Sabéis algo de los que han pasado?

Yo no encuentro más que mi pena por su marcha.

El viento del este traslada sus palabras que

los matorrales de shih han oído a las flores de las colinas:

“A quien la dolencia de la pasión hizo enfermar

que busque Su consuelo en leyendas de amor".

Y luego dijo: ¡Oh tú, viento del norte!,

cuenta algo como lo mío o más maravilloso,

y también, ¡oh tú, viento sureño!, relata algo

como yo o aÚn más dulce.

El del norte contestó: Siento un gozo

que los vientos del norte y sur comparten,

todo mal se embellece en su amor,

y mi tormento se hace dulce cuando ella se complace.

¿Para qué y por qué y con qué razón

lamentas el dolor y te quejas de enfermedad

y cuando te prometen sólo miras

su resplandor como rayo que miente?

La nube ha escrito sobre la manga del cielo encapotado

con el fulgor del relámpago un bordado de oro.

Sus lágrimas han corrido sobre

la bandeja de sus mejillas e hicieron brotar llamas.

Una rosa que surge de las lágrimas.

Un narciso que desprende lluvia maravillosa,

al quererla tomar, deja caer

los rizos de sus sienes, torcidos como escorpiones.

El sol aparece cuando sonríe.

Señor, ¡cuánta luz su saliva contiene!

La noche se cierra si derrama

su pelo de azabache y tan espeso.

Las abejas se agolpan hacia la humedad de su boca.

¡Oh señor, qué dulce es su frescura!,

cuando se inclina se parece a una rama,

cuando mira placentera flechas afiladas brotan de sus ojos.

¿Cuánto tiempo murmurarás amoroso en las dunas de Hájir

a las hermosas, oh galán árabe?

¿Qué soy yo sino árabe, y por ello

enamorado de mujeres de tez blanca, apasionado de las bellas?

Nada importa si es un amanecer mi amor

o es ocaso, mientras ella esté en él.

Siempre que dije: "¿Sí?", pensaron: "Se negó",

y cuando subieron a la altura o bajaron a la ribera

yo atravesé desiertos, incitando su búsqueda.

Mi corazón es el Samirí del tiempo; siempre que

ve huellas busca la que se hizo de oro.

Y cuando llega el día o el ocaso

es el gran Alejandro buscando el camino.

¡Cuántas veces clamé ansiando la unión!

¡Cuántas veces clamé por temor a su marcha!

"¡Oh, hijos de Zaura! Ella es una luna

nacida entre vosotros, que en mí se pone."

¡Ay de mí! ¡Mi Allah! A causa de ella, ¡ay de mí!

Cuántas veces he gritado tras ella: ¡Ay de mí!

¡Pobre de mí!, pobre de mí por este mancebo

al que, cuantas veces la paloma canta, se le desvanece.

XXXI

En Dhat al-Adá lució un destello

de luz chispeando sobre su valle,

y retumbó el trueno de su secreto murmullo

y una nube de lluvia dejó caer sus torrentes.

Se gritaron: Arrodillaos; pero no se oyeron.

Así grité yo por mi pasión: ¡Camellero!

¿Por qué no os detenéis aquí y hacéis campamento?

Pues yo amo tiernamente a una que está entre vosotros,

a una que es esbelta, tierna, delicada.

El corazón del amante triste por ella añora.

Cualquier reunión se perfuma al mencionarla

y así toda lengua pronuncia su nombre.

Si su asiento estuviera en lo profundo,

cuando su trono es la montaña elevada,

también aquel fondo sería elevado con ella

y nunca el envidioso alcanzará tal altura.

Toda desolación con ella se repuebla,

todo espejismo es por ella agua abundante,

todo arriate se hace con ella resplandeciente

y toda bebida por ella se hace clara.

Mi noche con su rostro es luminosa

y mi día con su cabello es tiniebla.

Ha hecho germinar el grano del corazón

cuando la Germinadora lo hirió con sus flechas,

ojos acostumbrados a flechar lo interior

sin que ninguna saeta yerre el blanco.

Ninguna lechuza en la desolación de las tierras bajas,

ni palomo torcaz, ni cuervo graznador

es más desgraciado que un camello que se ensilla

para que le sea cargada aquella cuya belleza es sublime

y abandone en Dhat al-Adá al amante,

víctima sincera de su amor.

XXXII

La conversación tenida entre al-Haditha y al-Karkh

me trae a la memoria la adolescencia y juventud pasadas.

Me digo a mí mismo que en ella he pasado cincuenta peregrinaciones

y ahora parezco un pajarillo de nido por tan larga meditación.

Me recuerda los lugares de Sal' y Hájir,

me recuerda la adolescencia y juventud pasadas,

cuando conducía las monturas hacia los altos y las tierras bajas,

y frotaba 'afár con markh, encendiendo fuego para ellas.

XXXIII

Hablo a las palomas que arrullan en el boscaje

entre las ramas, con variados tonos de dolor,

y sin lágrimas lloran por su amante,

mientras lágrimas de tristeza manan de mis ojos.

Y pregunto con mis ojos abundantes

de llanto que delata mi sentir:

"¿Sabes algo de la que amo?

¿Ha reposado al mediodía a la sombra de tus ramas?”

XXXIV

Junto a las colinas, entre las montañas de Zarúd,

hay cazadores y leones bajo la apariencia de muchachas delicadas.

Se arrastran luchando y son hijos de la carnaza de guerra.

¿Cómo podrán los leones resistir a los ojos negros?

Sus miradas les atacan a traición, pero ¡qué buenas

son las miradas de las hijas de los cazadores!

XXXV

Tres lunas de todo adorno desnudas

salieron veladas hacia Tan'írn.

Descubrieron sus rostros, soles en su luz,

y se detuvieron peregrinas de los santuarios,

anunciando su presencia.

Se acercaron caminando lentamente, como

la perdiz camina, con mantos rayados del Yemen.

XXXVI

¡Oh las tierras blandas de Nahd; bendita altura!

La nube rica en lluvia te dé a beber torrente sobre torrente.

y quien te ha saludado en cincuenta peregrinaciones te salude,

con repetición sin término.

He atravesado en su busca desiertos y campiñas

sobre abultado camello y viejo dromedario,

hasta que el rayo lució por el lado del vedado

y su carrera en la noche añadió amor a mi amor.

XXXVII

¡Compañeros!, acercaos al pasto vedado,

buscad las tierras altas y la señal de más allá,

descended hacia una fuente junto a las tiendas en las arenas rizadas,

y buscad refugio en la sombra de su dal y su salam.

y cuando lleguéis al valle de Miná,

donde mi corazón está acampado,

llevad mis saludos de amor

a todos los que allí moran, o tan sólo decid: ¡Salud!

y escuchad lo que os responden,

y hablad de un corazón agonizante

en las efusiones de amor de que se queja

declarando, inquiriendo y preguntando.

XXXVIII

El lugar más querido para mí en este mundo de Allah, después de Tayba

y La Meca y el templo distante, es Bagdad.

¿Cómo podría yo no amar la paz, cuando en ella

tengo un Imam guía de mi Islam, mi razón y mi entrega espiritual?

En ella ha tomado asiento una de las hijas de Persia,

de gestos delicados y ojos lánguidos.

Ella saluda y resucita a quien con su mirada quitó la vida

y concedió los dones más bellos con la munificencia y la hermosura.

XXXIX

¡Daría mi vida por las doncellas tan blancas y ruborosas

que jugaban conmigo al besar el Pilar y la Piedra!

Cuando te pierdes tras ellas, sólo te guía

su perfume, huella exquisita.

Nunca me sorprendió la oscuridad de una noche sin luna,

sin que su recuerdo me hiciera viajar bajo la luna.

Cuando entre sus cabalgaduras se me hace de noche,

la noche se hace como sol al romper el día.

Cortejo por mi amor a una de ellas,

la más bella, sin par en la humanidad.

Cuando desvela el rostro descubre un esplendor

como sol que apunta en oriente sin fin.

Su blanco rostro pertenece al sol

y son de la noche sus rizos tan negros,

sol y noche juntándose, forma maravillosa.

Por ella estoy de noche en luz de día,

y al mediodía, por su pelo, en noche.

XL

Entre Adhri'át y Busra se alzó

ante mis ojos, como la luna llena,

una doncella de catorce años,

más elevada en majestad que el tiempo

y más alta que él en grandeza y en gloria.

Toda luna, al llegar al límite de su perfección,

sufre una mengua para que el ciclo se complete,

pero ésta ni tiene movimiento

en los celestes círculos ni desdobla lo impar.

Estuche eres custodio de perfumes y aromas variados,

jardín que hace brotar primaveras y flores,

en ti ha alcanzado la belleza su última dimensión,

no cabe otra como tú en la extensión de la potencia.

XLI

¡Allah guarde al pájaro sobre el ban!

Él me reveló la verdadera historia:

que las amadas ensillaron sus monturas y al amanecer partieron.

Así también yo viajo, y en mi corazón

hay un incendio inflamado por su ausencia.

Traté de alcanzarlas en la noche oscura,

clamando por ellas y siguiendo sus huellas,

no tenía más guía que el soplo perfumado de su amor.

Alzaron el velo y la oscuridad se hizo luz,

y las monturas marcharon a la luz de la luna.

Así envié mi llanto delante de las cabalgaduras

y los viajeros exclamaron: ¿Cuándo ha manado este río?,

incapaces de cruzarlo.

Yo dije: Mis lágrimas corren copiosas

como si el tronar, el fulgurar del rayo

y el volar de las nubes a la caída de la lluvia

fueran palpitaciones del corazón ante el resplandor de sus dientes

y las lágrimas derramadas por los viajeros que se marchan.

Tú que has comparado la suavidad de sus formas

con la suavidad de la rama tierna y verde,

si hubieras invertido la imagen como

lo hice yo, tu consideración sería más justa,

pues la suavidad de las ramas se asemeja a la de sus formas

y la rosa en los arriates es como la rosa de su rubor.

XLII

¡Los que tenéis inteligencia! ¡Los que tenéis sabiduría!

Yo estoy confundido entre el sol y la gacela.

Quien descuida a Suha no cae en gran descuido,

pero quien olvidó al sol cometió olvido grande.

Que su corazón ofrende a su rebaño,

pues los regalos abren la boca a la mayor alabanza.

Ella es doncella árabe,

por su origen una de las hijas de Persia.

Belleza le ha hilado una blanca

hilera de perlas transparente como el cristal.

Me dejó sorprendido cuando bajó su velo, me aterró

entonces su esplendor y su belleza.

Yo he padecido así muerte doble por ello,

ya lo había revelado el Corán.

Pregunté: "¿Por qué al dejar el velo me aterró?"

"La cita de los ejércitos se fija al apuntar el sol."

Yo dije: "Estoy en el vedado de un pelo negro

que oculta, déjalo caer cuando ellos lleguen."

Este poema mío no tiene rima,

mi fin en él son las sílabas "ella",

mi solo interés es por el trato en firme.

XLIII

¡Nunca olvidé aquel día en Waná, mi morada,

ni mis palabras a los jinetes al partir y al descabalgar!

"¡Quedad conmigo un rato, que encuentre mi remedio,

porque yo, ¡por aquellas a quienes amo!, me consuelo!"

Si parten, viajan con feliz augurio,

y si se quedan, acampan en la morada más fértil.

Las encontré en el paso montañoso del valle de Qanat

e intimé con ellas entre Naqá y Mushalshal.

Ellas cuidan los pastos de camellos donde los encuentran,

pero no se cuidan del corazón de un amante extraviado.

¡Camellero!, ten compasión de un joven

a quien ves partir la coloquíntida cuando se despiden,

cruzando sus manos sobre el pecho

para calmar un corazón que vuela con el rumor de la litera en marcha.

Ellos dicen: ¡Paciencia!; pero el dolor no es dócil.

¿Qué puedo yo hacer si la paciencia queda tan lejos de mí?

¡Aunque yo la tuviera, y me encontrara bajo su poder,

mi alma la rechazaría! ¡Con cuánta más razón si no la tengo!

XLIV

La luna llena se alzó entre la oscuridad de su cabello

y el narciso negro dio de beber a la rosa.

Tierna doncella, que a las más bellas confunde,

su luz es más radiante que la luna,

más sublime que el sol en su esplendor,

y una forma que no tiene par.

Hay un cielo de luz bajo sus plantas,

su corona trasciende las esferas.

Al entrar en la mente, la mal hiere

nuestra imaginación, no diré nuestra mirada.

Juguete placentero que el recuerdo disuelve,

demasiado sutil para ser pasto de visión.

Atributos pretenden explicarla,

pero ella es trascendente y pierden su sentido;

al querer darle forma

abandonan sus huellas.

Si quien la busca da descanso a su montura,

ella no da descanso a las del pensamiento.

Espiritualiza al que se consume en su amor

y lo desplaza de los rangos de la humanidad

por temor a que su pureza se mezcle

con el barro de los pantanos.

XLV

¿Dónde están las que yo amo?

¡Por Allah, decidme dónde están!

Ya que vi su forma externa,

¿me harás tú ver la esencial?

Tanto tiempo ha que las busco

y tanto he pedido la unión,

que ya no temo su partida

ni estoy seguro en su presencia.

Quisiera, feliz destino,

impedir que se alejen de mí,

para que mis ojos se gocen en ellas

y no pregunte dónde están.

XLVI

Entre mis entrañas y sus ojos hay una guerra de amor,

por causa de ella mi corazón está al morir.

De labios rojos, morena, su boca es tan dulce

que emula a las abejas con la miel que produce,

de piernas rotundas, como la oscuridad sobre la luna,

en su mejilla hay un rojo atardecer, rama esbelta sobre las dunas.

Tan bella y adornada, doncella todavía,

al sonreír descubre el granizo, resplandeciente y blanco.

Es esquiva en su gravedad, juega con el amor ligeramente,

con la muerte al acecho entre la gravedad y el juego.

Al hacerse oscura la noche, la sigue

un aliento de aurora, como siempre se ha dicho.

Nunca la brisa del este pasa por el jardín

que guarda tímidas doncellas de pechos turgentes,

sin arquear las ramas y susurrar en su aliento

con el perfume de las flores que arrastra.

Pedí a la brisa que me hablara de ellas

y me dijo: ¿Por qué te interesan sus noticias?

En al-Abraqain y en Birk al-Imad y en

Birk al-Amin las dejé peregrinas, no muy lejos.

Ninguna tierra las acepta. Yo volví a preguntarle:

¿Dónde buscan refugio cuando los corceles de mi nostalgia las persiguen?

Es absurdo, pues no tienen más morada que mi pensamiento.

Así, dondequiera que estoy. está también la luna llena.

¿No tiene su oriente en mi imaginación y su ocaso

en mi corazón? Por eso ha cesado la desgracia del ban y del gharab.

El cuervo ya no grazna en nuestro campamento,

ni encuentra brecha en la armonía de la unión.

XLVII

¡Ay la paloma en el ban de Dhat al-Ghadá!

Me angustia el vacío de que me has cargado.

¿¡Quién podrá soportar la pena del amor!?

¿¡Quién podrá beber la amargura del destino!?

La pasión y el dolor me hacen clamar:

¡Ojalá me cuidara quien me hizo doliente!

Pasó por mi puerta burladora.

a escondidas. cubriéndose con el velo y esquivándome.

No me duele que se me oculte.

pero sí que me obligue a aceptar su esquivez.

XLVIII

¡Camellero! Tuerce en Sal'

y detente junto al han de al-Mudarraj.

Invócalas pidiendo piedad y favor.

jOh príncipes!, ¿tenéis algún consuelo?

En Rama, entre al-Naqá y Hájir,

hay una doncella encerrada en su litera.

¡Qué belleza la suya!, ¡tan niña! Su blancura

ilumina al caminante como una lámpara.

Perla escondida en su concha,

de cabellos con la negrura del azabache.

Perla por la que el pensamiento bucea

sin que ella jamás abandone el mar sin fondo.

Quien la contempla, la cree gacela en las dunas

por su cuello y la belleza de su retozo.

Como si fuera el sol de la mañana, en Aries,

atravesando las más alejadas alturas de los círculos.

Cuando ella levanta su velo o se descubre

deprecia las luces de la más brillante aurora.

La invoqué entre el vedado y Rama:

¡Quién pudiera ayudar a un muchacho que en su esperanza ha buscado refugio en Sal'!

¡Quién pudiera ayudar a un muchacho, en el desierto, triste,

con su entendimiento ofuscado por el amor, abatido!

¡Quién ayudará a un muchacho a quien las lágrimas ahogan,

a quien el vino en aquellos dientes embriaga!

¡Quién ayudará a un muchacho ardiendo en las llamas de sus suspiros,

hecho esclavo de la belleza que brilla entre sus cejas!

Las manos del amor han jugado con su corazón,

¿qué trasgresión comete en lo que busca?

XLIX

¡Quién me mostrará la de los dedos teñidos de índigo!

¡Quién me llevará a la que tiene una lengua de miel!

Muchacha de pechos rotundos, recogida,

delicada, virgen y tan hermosa,

luna de perfección sobre las ramas

que nunca teme el menguante.

En un jardín, entre los lares de mi cuerpo,

hay una paloma sobre la rama del ban,

muriendo de deseo,

derretida de amor,

que sufre un mal idéntico al mío,

llorando por un amor,

quejándose de un destino

que la ha atacado como a mí:

la separación de un compañero,

la distancia de un hogar.

¡Oh días sobre días!

¡Quién. Me llevará a la que se complace en mi tormento!

¡Qué podría tener para su agrado!

L

¡La traidora! Siempre ataca pérfidamente, con sus rizos

como víboras, a quien busca un camino,

y le deja el veneno.

Inclina su suavidad, lo ablanda

y lo abandona sobre el lecho enfermo.

Arroja los dardos de su mirada desde el arco de sus cejas.

De cualquier modo que te acerques a ella, eres la víctima.

LI

En Dhat al-Adá, al-Ma'zamain y Báriq

y Dhu Salam y al-Abraqain, el viajero de la noche

siente fulgor de espadas en fulgor de sonrisas,

alientos de almizcle que el olfato no percibe.

Si se combate con ellas, esgrimen las espadas de sus miradas,

y si con ellas hace paz, deshacen los lazos de lo angosto.

Ellas y yo gozamos dos placeres gemelos

pues el amado tiene un reino y el amante también.

LII

Rawda me hace feliz como jardín y morada

pues en él hay pasto yagua limpia.

¡Si las que yo amo oyeran de su fertilidad,

y lo tomaran como estación y descanso en la primavera!

Porque tengo un corazón que está ligado a ellas

y, cuando el camellero las apremia con su canto, atento escucha;

y, si ellas se conciertan para la marcha en el desierto,

se le oye tras las cabalgaduras gritando.

Si se dirigen hacia Bagdad, va delante,

y, si hacia los arenales, allí también hace estación.

El ave de la fortuna está solamente donde ellas residen y acampan,

porque tiene en su tribu la cría.

El temor por mí y el temor por ella lucharon

sin que ninguno cediera a su contrario.

Cuando su majestad me ciega la vista

el sonido de mi sollozo ensordece sus oídos.

LIII

Cuando nos encontramos para decir adiós, nos ves

en el apretado abrazo como una letra doble.

Aunque nuestros cuerpos son dos,

la mirada sólo distingue uno.

& a causa tan sólo de mi delgadez y su luz,

y, si yo no gimiera, no se advertiría mi presencia.

LIV

Dicen que los soles habitan la alta esfera,

y, ¿dónde está el palacio del sol sino en la esfera?

Cuando un trono se alza sobre el estrado,

sólo le falta un rey que en él se siente.

Cuando el corazón despide la ignorancia,

se hace santuario para el ángel.

Ella tomó posesión de mí y yo de ella,

porque cada uno posee su compañero.

Que yo soy suyo es evidente

y que ella es mía porque dice: Llega hasta mí.

¡Camellero!, deja el camino,

no pases de largo con los viajeros el Dar al-Falak.

Un santuario en la ribera, junto a Musanná,

te aflige con su amor y no es consuelo.

¡Si tan sólo el Señor de la pasión

te diera a ti mi amor y mi pena!,

pues ni Zarúd o Hájir

o Salam son mansiones que te afligen.

Sin cesar buscaste para el ardor de tu pasión

la nube de la unión y no llegó a cubrirte.

La gloria de su poder te ha humillado,

¡ojalá que igual que te humilló, te mostrara su amor!

¡Ojalá, pues su majestad se pone a mostrarse amante,

ojalá te dejara a ti mostrarte!

LV

En la ausencia nostalgia me consume,

hallarte no me sacia.

Nostalgia son presencia y lejanía.

Su encuentro es un dolor inesperado,

es pasión el remedio todavía.

Porque contemplo una visión que aumenta

la mayor unión, fulgor y majestad en su belleza.

No hay quien escape a una pasión que crece

vecina a la hermosura en mística armonía.

LVI

¡El palacio almenado de Bagdad;

no el palacio almenado de Sindad!

Corona entre jardines como

virgen que se descubre en el más perfumado camarín.

El viento jugando con las ramas que se doblan

como cumpliendo con ellas su promesa.

y el Tigris como collar de perlas sobre su cuello,

y su esposo el señor, el Imam, como su guía fiel;

el que da la victoria y es vencedor; el mejor califa,

que en la guerra no monta corcel.

¡Allah le bendiga!, mientras por él llore

una paloma acollarada sobre el columpio de la rama,

y resplandezca el fulgor de las bocas sonrientes,

que hacen manar de mis ojos lluvias mañaneras,

de las vírgenes soles que al disiparse la niebla

lucen con el más luminoso y claro brillo.

LVII

¡Oh soplo del viento!, di a las gacelas de Najd:

"Yo mantengo el pacto que sabéis."

Di a la doncella de la tribu que nuestra cita es en el vedado,

al amanecer del sábado, junto a las colinas de Najd,

sobre la colina roja hacia los lindes,

a la derecha de los riachuelos y el mojón solitario.

Y si dice verdad y siente

por mí el mismo deseo angustioso que yo

por ella, nos encontraremos al calor del mediodía

en su tienda, a escondidas, en el acuerdo más íntimo,

y revelaremos la pasión que ambos sufrimos,

las duras tribulaciones y las penas de nuestro amor.

¿Son sueños confusos o albricias llegadas al dormir,

o discurso de un tiempo en el que yo hablaba de felicidad?

Quizá quien trajo una vez los deseos traiga su objeto

a mi presencia y sus jardines me brinden la rosa.

LVIII

¿Tengo camino hacia las bellas y hermosas?

¿Tengo quien me dirija siguiendo sus huellas?

¿Tengo morada en las tiendas de las rizadas arenas?

¿Tengo un descanso al mediodía a la sombra del arak?

Ya mi situación hace ver que ella ha dado respuesta:

"¡Desea sólo lo que se puede conseguir!"

Mi amor en ti se aclara, ¡meta de los deseos!,

y por ese amor mi corazón adolece.

Te has alzado sobre el polo más que luna naciente,

que nunca se pone después de salir.

Por ti entrego mi vida, ¡la más exaltada en belleza y honor!

¡La sin rival entre las bellas! Tu jardín está cubierto de rocío,

tus rosas florecen.

Tu belleza se impone a la pasión y ha de ser aceptada.

Tus flores sonríen siempre,

tu rama es tan fresca

que los vientos se inclinan ante ella cuando se dobla.

Tu gracia es siempre tentadora,

tu mirada tan aguda

que con ella el jinete del sufrimiento cabalga sobre mi.

LIX

Tayba guarda una gacela, una espada cortante

se desenvaina en sus miradas encantadoras.

En Arafát conocí la experiencia de lo que

ella deseaba y me faltó la paciencia,

y en la noche de Jam' me uní con ella fugazmente,

como se dice en el proverbio conocido.

El juramento de la doncella es falso juramento,

nunca confíes en el mendaz.

Los deseos cumplidos en Miná, ¡ojalá

durasen hasta el último instante!

En La 'la' me enamoré de aquella

que muestra el esplendor de la radiante luna.

Disparó contra Rama, retozó en Sabá,

en Hájir suspendió los impedimentos,

y en Báriq descifraba los rayos

más ágilmente que el pensamiento al cruzar la inteligencia.

Las aguas de Ghadá se evaporaron con el rescoldo

que un amor brujo mantiene en mi pecho.

Apareció en el ban de al-Naqá, y escogió

como ornato perlas de valor secreto,

y en Dhat al-Adá retrocedió

por temor al león agazapado.

En Dhu Salam hizo rendir la sangre de mi corazón

a su mirada traicionera y lánguida.

Estuvo de guardia en Himá, inclinada en la curva de la arena

para volver a su resolución definitiva,

y en Alj se las arregló para escapar

de las garras del pájaro

Su palacio traspasando los cielos

se escapa por su altura al que quiere mirarlo.

LX

Acércate a la mansión de las amadas que gozan del pacto.

¡Que una nube deje caer sobre ellas la lluvia incesante!

Aspira el viento que llega de su tierra

con anhelos, para que sus soplos te digan donde están.

Creo que han acampado en el ban de Idám,

donde crecen el arak, el shih y el katam.

LXI

¡Oh ban del valle,

a las orillas del río de Bagdad!

Un triste arrullo de paloma sobre rama oscilante

me llena de nostalgia por ti.

Su canto quejoso me ha recordado el canto de la

princesa del consejo.

Cuando ella ajusta su triple cuerda tienes que olvidar

al hermano de al-Hadi,

y cuando entona generosa su melodía,

¿dónde queda Anjasha, el camellero?

Por Dhu I-Khadimát y Sindad lo juro,

me he enamorado apasionadamente de Salmá,

la que mora en Ajyád;

aunque me equivoco, porque mora

en lo más íntimo de mi corazón.

La belleza se siente confundida ante ella

y el almizcle y la rosa del azafrán reiteran sus perfumes.

Fuente: www.musulmanesandaluces.org