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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


martes, febrero 20, 2007

Los caminos de Incarri




LOS CAMINOS DE INCARRI[1]



Los argentinos somos europeos adaptados a vivir en América,
y no indígenas amenazados por el contacto europeo.
(José Ingenieros[2])




La negación de la existencia de una cultura nativa[3] milenaria esconde la garantía de un exterminio impune, en un proceso que, iniciado en 1492, se encuentra lejos de haber finalizado.

El imperio que hace más de cinco siglos arribó a las costas de nuestro continente se hizo consciente de que la imposición de un sistema de dominación y exterminio sobre los pueblos amerindios requería de una acción fundamental: la descomposición de los vínculos sagrados a partir de los cuales el indígena se relacionaba con el universo. La interacción del hombre con la naturaleza en su totalidad y con los demás miembros de su comunidad suponía el contacto permanente con manifestaciones de lo divino. Todo, en mayor o menor medida, era sagrado, y en esta sacralidad del espacio y de las acciones cotidianas hallaban su fundamento los sentimientos de pertenencia, solidaridad y reciprocidad. Si el proyecto de dominación pretendía algún éxito debía, por lo tanto, reconfigurar y limitar los espacios de religiosidad a fin de hacerlos funcionales a sus intereses y, en este sentido, los españoles supieron emplear la peor concepción del cristianismo para legitimar su empresa. Un dios nuevo, blanco y que vivía en el cielo exigía de los indios resignación.

No es mi interés detenerme en las prácticas genocidas del imperio español durante la colonia, sino sólo poner de manifiesto una lógica desacralizadora que habrá de perpetuarse en las relaciones de opresión impuestas por los secuaces del nuevo imperio hegemónico. A tal fin propongo considerar, como ejemplos, la situación en la que se encuentran dos pueblos indígenas ubicados en la provincia de Salta, me refiero más precisamente a los collas y a los wichís.


A pesar de los más de 400.000 collas que pueblan Salta y Jujuy, la existencia de una cultura típicamente andina en Argentina es desconocida y negada incluso por quienes viven en las capitales de las provincias del noroeste. Esto se debe, en gran medida, a la intervención constante de la elite local (conformada por las familias “tradicionales” de origen hispano, los propietarios de las empresas más importantes de la zona, y los niveles más altos de la jerarquía eclesiástica) en los diferentes ámbitos de producción y reproducción de lo social.

La principal acción contra las poblaciones nativas, en este proceso de desacralización, fue y sigue siendo la expropiación de sus tierras por parte del Estado nacional y provincial. La expulsión colla no responde solamente a los intereses económicos de los “criollos” (como los del ingenio de San Martín del Tabacal, por ejemplo) sino, y por sobre todo, procura la ruptura del vínculo milenario entre el indio y la tierra-madre-diosa. La degradación opera haciendo de la divinidad una forma de capital, y del colla un campesino cuyo reclamo se reduce a lo salarial.

En el ámbito de la cultura existe una capa de “profesionales de lo tradicional” (verdaderos intelectuales orgánicos de la elite) que se encargan de la “puesta en escena” y de la mercantilización de determinados estereotipos identitarios. La percepción, por parte de estos sectores, de “lo colla” como “lo popular” se halla en la base del temor a la posibilidad de un desarrollo cultural propio del indígena; que no haría más que aumentar, según las expresiones de un importante empresario de la zona, “el riesgo de la revancha racial”[4].
La referencia a lo indio queda reducida a un pasado idealizado sin continuidad de grandeza en los collas actuales quienes, en el rarísimo caso de ser considerados indígenas, no son más que de un deteriorado resto de aquellas culturas precolombinas. “Lo muerto, muerto está (...) y el espíritu que presidió el desarrollo de las antiguas culturas no puede volver”[5]; y al no haber continuidad tampoco hay derechos ni usurpación, sólo le queda a la indianidad un lugar “en los museos”[6].

La estigmatización de lo colla se vio favorecida por la importante cantidad de inmigrantes bolivianos que en las décadas del ’40 y ’50, se asentaron en las provincias del noroeste. De esta manera lo colla fue inmediatamente asociado a lo boliviano, lo que permitió desplazar más allá de las fronteras nacionales a la cultura andina.

Desde el estado salteño, se procuró denodadamente imponer al gaucho “criollo” (y las expresiones culturales propias de éste) como único exponente de lo local (hecho que se pone de manifiesto al analizar los símbolos, la música y la ropa supuestamente típica de esta provincia). Al mismo tiempo las prácticas del pueblo colla son mercantilizadas por los representantes de la “cultura tradicional” y ofrecidas al turista como un exótico producto de consumo. Pero incluso en sus producciones se pretende controlar la “peligrosidad” de lo colla limitando la difusión de las mismas a aquellas que contribuyan a afianzar “la armonía social”. Así, en los más conocidos cantos collas encontraremos alusiones a la pastorcita, la cholita, la amante infiel, pero jamás a sus batallas, a sus glorias pasadas o a sus héroes.

El discurso que impone la elite se sostiene sobre una aparente contradicción: mientras por un lado asimila lo indígena con todo lo imaginablemente negativo (lo feo, lo sucio, lo inculto, lo ocioso, lo primitivo, lo vicioso), al punto de que el término colla es hoy un epíteto descalificativo común en la sociedad salteña. Por el otro lado, pretende ocultar las diferencias étnicas y sociales, apuntando a la construcción de un “nosotros” (patrones y trabajadores norteños) donde sólo una imagen pacífica y sumisa del indio tiene cabida.

El hecho de que estas prácticas de dominación y exterminio continúen hasta la fecha, no hace más que reafirmar el potencial libertario de una cultura tan milenaria como desconocida.

En el caso de los wichís, aunque se presentan algunas diferencias, las problemáticas centrales son las mismas que las del pueblo colla, y se vinculan también con el proceso desacralizador al que nos referimos anteriormente. En estas poblaciones, ubicadas en lo que se conoce como Chaco salteño, el ataque hacia las ancestrales cosmovisiones indígenas tiene como blanco principal a la figura del Jayawé (shamán), líder religioso que confiere de sentido sagrado a las acciones de la comunidad y al espacio en el que la misma se desarrolla. Los intentos sistemáticos por desprestigiarlo corren a cargo de las diferentes misiones cristianas (siendo la más activa en este sentido, la anglicana) empeñadas en la búsqueda de otros interlocutores indígenas para la construcción de la misión.

La problemática en torno a la posesión de la tierra se repite, en este caso, adquiriendo dimensiones dramáticas. Las sucesivas campañas militares que, desde la llegada del español hasta muy entrado el siglo XX, se emprendieron en contra de estos pueblos, significó el acorralamiento de los mismos en espacios relativamente pequeños de tierra. Luego de la derrota del indio habrían de implementarse toda una serie de políticas estatales y privadas de “pacificación” que procuraban la sedentarización y el disciplinamiento social. Esto fue acompañado por el discurso dado desde el Estado a la ocupación, por parte de los criollos ganaderos de Salta y Santiago del Estero, de los territorios arrebatados a los wichís. Aparecen, entonces, representaciones distorsionadas que aún se mantienen y que enfrentan al “criollo pionero de frontera” con “la supervivencia de la cultura arcaica del indio”[7] a fin de legitimar la ocupación de los primeros.

El repliegue indígena favorece además a los ingenios de la región, que ve en esa población una fuente ilimitada de mano de obra barata. Recordemos que si bien, en un primer momento, hubo expresiones de resistencia a la explotación a la que se los sometía en los ingenios, éstas se afirmaban en la posibilidad de cierto desarrollo autónomo en el monte, por lo que fueron desapareciendo a medida que el criollo se fue apropiando del espacio. La sumisión laboral exige, como vemos, la desarticulación del indio con su espacio, la amenaza permanente de expulsión y el ocultamiento de su presencia milenaria en esas tierras.

Hay que dejar en claro que no existe un desconocimiento de la problemática por parte de las autoridades nacionales y provinciales, sino una política deliberada de dominación y exterminio que las clases dominantes llevan a cabo desde diferentes instancias de poder. Así, mientras el Estado hace oídos sordos a los reclamos territoriales (construyendo, donde se encuentran los rancheríos wichís, un puente binacional, un casino de oficiales y una estación de servicio), la jerarquía eclesiástica de Salta, con el Arzobispo Blanchoud a la cabeza, decide hacer arrestar a los indios que reclamaban frente a la catedral salteña por el “muy mal aspecto que le daban a la vereda” de la misma[8]. El cuadro se completa con el accionar de las entidades de beneficencia (religiosas o no) que sólo contribuyen a sumir a las comunidades wichís en un estado de agonía cultural donde, carentes de vínculos ancestrales y sagrados con su entorno sean, al fin, incapaces de imaginar nuevas prácticas que permitan el desarrollo autónomo de las mismas. “Metafóricamente- dice un indio al respecto- nos están mandando a domicilio sus desperdicios”[9].

No fue mi intención, en estas líneas, hablar en nombre de nuestros hermanos indígenas, quise solamente reivindicar su existencia, su resistencia de siglos, y la vigencia de diferentes formas de concebir al mundo que, en su sacralidad, encierran lo “peligroso”. Por mi parte prefiero que sea una joven wichí quien tenga, en este asunto, la última palabra.

“Tengo sólo quinto grado de la escuela primaria y de lo leído en algunos libros escritos por blancos aprendí alguito, como para poder hacerme entender pero de mi pueblo aprendí la honradez, la entereza, la solidaridad..., por eso soy yo la que no entiende por qué el color de piel determina quién come y quién pasa hambre, por qué no compartimos lo que tenemos o lo que no tenemos, por qué no cuidamos la tierra de la que somos parte, por qué no nos respetan, por qué determinaron que somos incapaces y los derechos de los que todos hablan no nos alcanzan. ¿Será que no somos mujeres, que nuestros niños no son niños, nuestros ancianos no pertenecen a la tercera edad, nuestros animales no son animales? ¿Será que no somos humanos? No importa: el sol, la luna, la lluvia, los vientos, la tierra, nos reconocen. Ijuala Inamejen (que el sol nos acompañe)”[10].




Ángel Horacio Molina 





Notas:


[1] Una leyenda andina cuenta que el cuerpo enterrado de Incarri, el último Inca, descuartizado por los españoles y repartido por toda América, ha estado reconstruyéndose bajo la tierra. Sólo basta que los indios acoplen al cuerpo su cabeza para que el Inca regrese a liberar definitivamente a su pueblo.

[2] INGENIEROS, J. La evolución de las ideas argentinas. 1918, 2 vols., Bs. As. 1961, volumen II, página 339

[3] Entendiendo por cultura, el sentido que los diferentes grupos humanos atribuyen a la realidad en la que están inmersos.

[4] KARASIK, G. “Plaza grande y plaza chica: etnicidad y poder en la Quebrada de Humahuaca”. En AAVV Cultura e identidad en el Noroeste argentino. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1994.

[5] Palabras pronunciadas por el arqueólogo Salvador Debenedetti- uno de los realizadores de las primeras tareas de excavación y reconstrucción del famoso Pucará de Tilcara- en 1917. En KARASIK, G. Op. Cit.

[6] Debenedetti. Op. Cit.

[7] TRINCHERO, H. “Entre el estigma y la identidad. Criollos e indios en el chaco salteño”. En AAVV, Cultura... Op. Cit.

[8] Revista El pájaro cultural. N° 8. Salta, primavera de 1994.

[9] ZULETA,S. Indiomanual. Instituto de Cultura Indígena. Jujuy 1995.

[10] Carta de Kanianteya (de Santa Victoria Este, Salta) publicada por Clarín el 30/05/96.