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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


domingo, mayo 01, 2011

Los bárbaros como terroristas



Los bárbaros como terroristas

Domenico Losurdo*
La denuncia insistente, obsesiva, del “terrorismo” no pretende sino criminalizar toda forma de resistencia frente a la ocupación militar (…)
El uso terrorista de la categoría de terrorismo llega al colmo en Palestina. Como observa un docente de la Universidad Hebraica de Jerusalén, en el recuento oficial de los “ataques terroristas hostiles” el gobierno israelí incluye también “lanzar piedras” (1). Pero si el muchacho palestino que protesta contra la ocupación arrojando piedras es un “terrorista”, ¿hemos de considerar al soldado israelí que lo abate como un campeón en la lucha contra el terrorismo? No se trata de un ejemplo imaginario. Una abogada israelí comprometida con la defensa de los palestinos refiere cómo un “niño de diez años resultó muerto junto a un puesto de control a la salida de Jerusalén por un soldado al que sencillamente había lanzado una piedra” (2). O también, en la más autorizada prensa estadounidense se puede leer sobre las “horribles escenas de muerte” que se producen “cuando un tanque y un helicóptero israelíes abren fuego sobre un grupo de manifestante palestinos, niños incluidos, en el campo de refugiados de Rafáh” (3).
El uso descarado de las categorías no sólo es cosa de periodistas y políticos. Tómese el reciente libro de un historiador de Cambridge especializado en Irak y Oriente Medio. En él, se describe sin ninguna clase de adornos la conducta de las tropas británicas en 1920: desencadenaron “crueles represalias” en la lucha contra los rebeldes “le pegaron fuego a sus poblados y cometieron todo tipo de actos que hoy juzgaríamos como represivos en exceso, si no absolutamente bárbaros”. A decir verdad, Churchill no les puso freno, más bien invitó a la aviación a darles una dura lección a los “recalcitrantes nativos”, atacándolos con un arma experimental a base de proyectiles cargados de gas y sobre todo de iperita. Tras haber reconocido que no hay modo de justificar esta orden, el historiador inglés añade: “quede dicho también que fue pronunciado en un contexto adverso y con pérdidas británicas en aumento. Tan sólo unos pocos días antes se había producido una vez más el asesinato de oficiales del ejército británico” (4).
Está claro el intento de justificar el comportamiento de la potencia colonial, que no se anda con chiquitas en la elección de las armas y que no sólo ataca a los insurrectos sino también a los “recalcitrantes nativos” y a la población civil en su conjunto. En cambio, los iraquíes que aspiran a la independencia son culpables de asesinato ya por el hecho de atacar al ejército de ocupación. Para explicar esta “transvaloración de todos los valores”, por usar un giro nietzscheano, no basta con decir que el citado historiador fue asesor de Tony Blair, tal como informa la solapa del libro. En realidad, nos encontramos ante un rasgo esencial de la tradición colonial, que terminó por encontrar en Carl Schmitt a su gran intérprete. En los años ’60 del S. XX al tiempo que el movimiento de emancipación de los pueblos coloniales conoce un impetuoso desarrollo a nivel planetario, el jurista alemán describe así la lucha que condujo a la derrota de la autoridad colonial francesa en Indochina: “Aquí, los comunistas pusieron a su servicio también a la población no politizada. Sus directivas llegaban incluso a los sirvientes de los oficiales y de los funcionarios franceses y a los peones encargados del reparto de los víveres entre los franceses. Recaudaban impuestos de la población y cometían actos terroristas de todo tipo, para provocar la réplica francesa con represalias antiterroristas sobre la población civil indígena, de modo que el odio hacia los franceses se incrementase todavía más” (5).
Por consiguiente, pese a que había alcanzado una dimensión de unanimidad, la lucha por la independencia nacional era sinónimo de terrorismo, mientras que el ejército de ocupación, completamente aislado de la población civil, protagonizaba una respuesta que tenía el mérito de ser “antiterrorista”. Ciertamente, las “represalias” pueden ser muy duras, pero- observa Schmitt refiriéndose esta vez a Alemania- es preciso dejar constancia de la “ineluctable lógica del antiguo principio según el cual los partisanos sólo pueden ser combatidos al modo de los partisanos” (6). Como se ve, no hay una conducta concreta (por ejemplo, involucrar o bien respetar a la población civil) que defina la línea divisoria entre terrorismo y antiterrorismo. Por el contrario, coincide con la línea divisoria entre barbarie y civilización, entre Oriente y Occidente. El mismo poder que decide soberanamente quiénes son los bárbaros, decide de modo igualmente soberano quiénes son los terroristas.
Con ocasión de la crisis del verano de 2006 en Oriente Medio, los soldados israelíes capturados y hechos prisioneros por la guerrilla libanesa de Hezbollah, en el curso de una operación militar fueron “secuestrados, raptados y hechos rehenes por los terroristas”, a juzgar por lo que dice la prensa informativa más importante. En cambio, los parlamentarios y ministros palestinos, elegidos democráticamente, que fueron sacados de sus casas por el ejército israelí sin oponer resistencia, fueron “detenidos”. (…) ¿Debemos considerar como terrorista a uno de los movimientos de liberación nacional más importantes de la historia contemporánea y como si protagonizase una lucha antiterrorista a la superpotencia que ha arrojado bombas u dioxinas sobre un pueblo entero? Semejante modo de argumentar no hubiese disgustado a Schmitt, el gran teórico de la guerra colonial y “antiterrorista”, que en su época también legitimó en la misma clave la campaña emprendida por Mussolini en Etiopía y por Hitler en Europa Oriental. (…) La negativa a considerar como combatientes a aquellos que oponen resistencia a Occidente es expresión de la tendencia, más o menos acentuada a su deshumanización. Se puede comprender ahora el posicionamiento de Donald Rumsfeld en su época Secretario de Defensa estadounidense. Según él los insurgentes en Iraq tan sólo son “criminales, delincuentes y terroristas” (7). Quién así se expresa es el principal responsable del infierno de Guantánamo y de Abu Ghraib: la coherencia entre las prácticas de deshumanización puestas en práctica en estos lugares y las vibrantes declaraciones “antiterroristas” es perfecta.
Notas:
(1)Margalit 2003, p. 36.
(2)Tsemel 2003.
(3)”International Herald Tribune” 2004.
(4)Catherwood 2004, pp. 89, 85.
(5)Schmitt 1981, p. 57.
(6)Ibid., p. 64.
(7)Risen 2004.
(*) El presente extracto pertenece al libro El lenguaje del Imperio de Domenico Losurdo. Escolar y Mayo Editores, Madrid, 2008, pp. 48 – 52.
Digitalización: Islam Indoamericano.