.

.

.

.
Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


martes, mayo 17, 2011

América y la religión - Kusch



América y la religión (*)
Rodolfo Kusch


(…) En suma, el cristianismo nada nuevo trae a América. No vamos a discutir grados de eficiencia, porque es tan eficiente el campesino como el cristiano. Pero vamos a reiterar sin embargo una verdad que no podemos negar y es la de que el fenómeno de ser hombre es mucho más importante que cualquier indagación especulativa sobre eternidad y la voluntad divina. Es más. Esto que acabo de decir es más importante para Dios que todo lo que suelen afirmar los sacerdotes. Y es importante porque comprende la épica del hombre, incluso en una religión folklórica, una épica que al fin y al cabo el cristianismo ha perdido en sus especulaciones.

La comprensión religiosa no ha de depender, por eso, de una teología montada deductivamente a partir de una institución de la divinidad, porque al fin de cuentas es lo que hace Santo Tomás, pese a su pretendida actitud realista. Y ¿qué sentido tiene haber racionalizado la divinidad? Pues el de haber creado una filosofía para lidiar con una burguesía medieval. Y ha hecho esto con un grave defecto, y es el de que quiérase o no ha recurrido a un apriorismo que hoy ha caído en desuso, precisamente después de la revolución industrial europea. Ahora, la Iglesia no pasa de ser un simple factor de poder, y es inútil que pretenda ser lo contrario.

¿Y qué valor tiene una Iglesia que mantiene el monopolio de esa actitud deductiva y apriorística, apoyada en cierta medida en una fuerza política que le es implícita? Pues trae en su seno el mal que lleva consigo toda institucionalización de la fe. Alimenta la comodidad y mediocridad de las almas pequeñas que se albergan en el seno de la institución porque no han sabido reactualizar y revitalizar su concepción de la divinidad. Para esas almas el dogmatismo resulta el único medio de salida para justificar la tremenda incapacidad de enfrentarse a sí mismas. De nada vale una iglesia si sus adeptos no aprenden a renovar su fe, ni tampoco vale el dogma, que en ese caso no pasa de ser sino un instrumento de coacción.

No hay ningún derecho a juzgar al campesino en nombre de una verdad de Cristo racionalizada a través de siglos. Aquél sólo nos parece “inferior” simplemente por haber perdido su sacerdocio y es natural entonces que opere a nivel de hechicería. (…) El sacerdote dogmático no ha resuelto su vocación religiosa en la misma dimensión que como lo hace el campesino en la huilancha. (..) Un dogmático salva a la religión porque es incapaz de salvarse a sí mismo.
Y si encerramos así las cosas es porque, por sobre todas las cosas, hay que tomar en cuenta a América. Especialmente Sudamérica impone axiomas no sólo en el terreno político – cultural sino también en el religioso. Sudamérica enseña, queramos o no, que el hombre es depositario de la verdad y que no hay institución religiosa ni científica que pueda adivinar lo que debe pasar aquí. Pensemos que esto lo atestiguan trescientos cincuenta años de evangelización que terminaron en un total sincretismo religioso, que desde hace trescientos cincuenta años se quiere imponer ideas democráticas modeladas a la francesa y que no resultó, y que ahora se quieren imponer métodos yanquis o canadienses, que es lo mismo, que tampoco resultan.

Pensemos que en el altiplano, por ejemplo, hay un verdadero fermento de nuevas concepciones. Occidente creyó que con sus instituciones eclesiásticas, políticas y culturales, penosamente acuñadas a través del tiempo, se iba a imponer. Pero he aquí que el hombre sudamericano en general, termina por aparecer detrás de esas instituciones para mofarse de ellas. Y es inútil que se recurra a piadosas subvenciones extranjeras o a fuerzas políticas para hacer instituciones que simulen comprender este proceso. Quiérase o no se comete un etnocidio, aunque yo estoy convencido que el etnocidio lo hará en realidad el mismo campesino.
Si se diera el caso de que los campesinos vencieran a estas almas piadosas que quieren salvar el altiplano, no sería sino una demostración de que dichas almas no han llegado siquiera a comprenderse a sí mismas. Son demasiado tímidas para asumir toda la verdad que encierra realmente el hombre. Tienen una verdad institucionalizada de lo que es el hombre, pero no saben que es hombre detrás y al margen de las instituciones. Y el problema de Sudamérica, en religión, no es, por eso el problema del campesino, sino nuestro problema, el de los mismos invasores. Es, el altiplano andino, una de las regiones donde recién se prueba hasta dónde llega nuestra concepción del hombre y, por eso, incita a volver a pensar qué es religión, qué es política y qué es cultura.

Y es difícil que esta pregunta la formulen los sacerdotes. Muchos son de extracción anglosajona. (..) Seamos sinceros. Les choca la manera de vivir del campesino y entonces recurren a una razón estratégica para su acción y establecen, quieran o no, una diferencia entre el “american way of life” y este modo aparentemente folklórico, sucio, enfermizo, impermeable de vivir del campesino. He aquí otro problema, de índole netamente existencial: cuando se acabe la teología y la honorabilidad personal que confiere ser miembro de una iglesia poderosa, ahí mismo aparece el pequeño burgués anglosajón que quiere ayudar a los campesino, siquiera les enseña que instalen un baño en su casa, para que no orinen en el patio. Aquí no entra la verdad de Cristo. Aquí entra el más craso desarrollismo, que canaliza un colonialismo encubierto y negativo. Aquí, en suma, el sacerdote traiciona a América.

En mi libro “América profunda” hable del hedor de ese continente. Lo hice para hacer notar que la comprensión real de América no se hace a nivel del pequeño burgués, sino que es necesario asumir toda nuestra comprensión en un alto nivel. De ahí la imagen paradójica del hedo. Este no se remedia trasladando casitas blancas con techos colorados, ni con teologías garantizadas por muchas generaciones. Como que América no ofrece ninguna seguridad para nuestra forma de operar, sino al contrario cuestiona hasta sus últimas raíces la seguridad argentina, la norteamericana e incluso la europea.

Pero veamos una paradoja más. Aun ese sacerdote que viene a ejercer su desarrollismo pequeño burgués, y que no ha comprendido del todo la verdadera mecánica de su teología, aun ese sacerdote que ejerce actitudes pulcras queriendo desodorizar a América, ¿no sentirá en el fondo una cierta fascinación ante eso que peyorativamente acabo de calificar como hedor? (…) detrás de una extrema pulcritud sostenida por sacerdotes y pequeños burgueses, ¿no se encierra acaso la sospecha de la putrefacción interna de un tipo de hombre que viene montado racionalmente a través de unos pocos milenios de cultura, que ahora está en decadencia, y que no sabe qué hacer con sus fuerzas? Sólo por eso, porque quieren olvidar eso que llevan adentro y para lo cual la cultura occidental no ofrece ninguna clase de soluciones, vienen aquí, al altiplano, para mantener un mesianismo falso, que mejor harían en aplicárselo a ellos mismos. Es absolutamente necesario, primero salvarse a sí mismos, asumiendo toda la miseria que se arrastra en la cultura material de donde provenimos todos para recién entender qué pasa con el campesino. He aquí el verdadero sentido de lo hediento en América. Lo hediento no está totalmente afuera de nosotros, está también en el fracaso humano de la cultura occidental.
Y si esto es así, la grandeza del hombre no radica en las casitas blancas con techos colorados, ni en dogmas prefabricados, ni en tecnologías defendidas por pequeños burgueses, sino en la miseria que todas estas cosas encierran, que es la miseria de arreglarlo todo por afuera y nada pord dentro, incluso la teología. Por eso, el campesino no es totalmente un ser caído, sino al contrario, un ser en gran medida salvado porque se crea siquiera su propia religión. Si nosotros mantenemos limpieza civilizatoria por el lado de afuera, pero tenemos la intimidad sucia y averiada, ellos tienen la suciedad por fuera, pero mantienen por dentro la limpieza. El campesino es la imagen de lo que pasa con todo el hombre. (…) En cierto modo se invierten los papeles. Yo no sé quién debe enseñar a quién. ¿El sacerdote tiene realmente toda la verdad en la mano, o la tiene también en gran medida el campesino? Aquí no cabe decir sino lo que pensó Cristo: ¿quién debe arrojar la primera piedra? ¿Los sacerdotes? ¿O el campesino? Piensen sólo que el campesino no lo haría. No lo hagamos nosotros entonces.


(*) Último apartado de Interpretación de la religiones nativas del libro Las religiones nativas publicado en Buenos Aires en octubre de 1987.