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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


martes, septiembre 27, 2011

El afán de ser alguien - R. Kusch



El afán de ser alguien
Rodolfo Kusch (1)
Al fin conseguí sustraerme de mis obligaciones. Es un día hermoso. Camino muchas cuadras. Es una de esas tardes en que uno se hace un balance favorable de su vida, y uno se siente relativamente conforme consigo mismo.
Pero he aquí que me topo con un amigo. Nos saludamos y él me estrecha las manos con cierto aire de triunfo. Al rato, sin embargo, me asalta un raro temor, porque me dirá lo bien que le va. Al fin viene la pregunta temible: “¿ y qué hacés?”. Realmente no sé qué decir. Tengo el presentimiento de que todo lo que hice de nada vale. Eso mismo que estaba pensando, mientras caminaba alegremente por la calle, no está de acuerdo con el traje que viste mi amigo. Entonces le miento: “estuve en Europa, ¿Sabés?”.
Mi amigo sonríe y me palmea la espalda condescendiente. ¿Se habrá dado cuenta de que le mentí? Tengo la impresión de llevar la mentira pintada en la cara. Me tiembla el labio.
Y viene otra pregunta. “¿Te recibiste?”. Inmediatamente contesto con aplomo: “Ah, sí”. Pero no fui más que hasta segundo año. El otro me palmea otra vez., mientras agrega con suficiencia: “Está bien, está bien. Hace tanto que no nos vemos”.
Al fin, comienza a hablar de sus cosas. Prácticamente me las tira encima. Hizo tantas, pero no puedo retribuirle el palmoteo. Fue práctico, hizo dinero, tiene un coche estacionado a la vuelta. En la compañía es todo un señor gerente. Maneja una gran empresa. Indudablemente es alguien.
Nos separamos y sentí amargura. En el cotejo que hicimos de las ganancias obtenidas en los últimos años, yo salí perdiendo. Él es alguien y yo soy un alguien menor que él. ¿Y qué valor tenía todo eso que pensé antes de encontrar a mi amigo, cuando recorría satisfecho las cuadras? Ya eso, pertenece a otro mundo. No puedo evitar cierto sentimiento de inferioridad, porque evidentemente en estos últimos años yo me dejé estar, en cambio él no hizo lo mismo y llegó a ser alguien. Antes yo me encontraba conmigo mismo, haciendo el balance con las cuatro cosas sagradas pa’ mí, diciéndome con satisfacción que todas ellas pa’ mi están bien, porque tuve que sacrificarme por ellas. Después ya se trataba de otra cosa. Intercedió un cotejo, en el cual mi amigo y yo poníamos sobre la balanza algunas cosas. Las mías eran pocas y perdí. Además si aquello se realizaba en el plano del pa’ mí, casi dentro de mí mismo, esto ya se efectuaba en el terreno de los otros. Evidentemente para los otros yo soy alguien o al menos debo serlo, y en cambio pa’ mí, simplemente aquí estoy. Puedo pasarme mucho tiempo sin esmerarme en ser alguien, siempre y cuando no me obsesiones la idea de que hay otros que me obliguen a ser alguien. Y ¿me interesa realmente ser alguien.
El idioma tiene cosas extrañas. Uno cree que existe una gramática que es enseñada por la maestra o el profesor y a la cual uno debe ajustarse. Está bien. Pero ¿por qué se da, sin embargo, el lunfardo, o por qué a través del tiempo fueron generándose ciertos términos? Es que el idioma refleja por una parte la cultura de alguien, en tanto cumple con los preceptos gramaticales, pero por otra parte denuncia también la libertad que uno asume, en tanto lo modifica, y le introduce eso que su propia vida exige. Y esto último es como afirmar la propia existencia, la vigencia de uno en medio de las cosas adquiridas. Decir querés, en vez de quieres, chamuyo en vez de conversación, trompa en vez de patrón, es una forma de aproximar las palabras a la propia intimidad, es como si uno pisoteara lo que le han concedido por tradición sólo para decir aquí estoy, y un estar aquí que resume todas las vicisitudes de mi vida en un momento dado en este mundo peculiar en que uno habita. En este sentido el idioma, y, más aun, la lengua cotidiana es como el residuo de esa lucha anónima por acomodarse o, también, resistirse a un estado de cosas. Una lengua es siempre el esquema de una sabiduría popular.
Porque ¿qué significado puede tener la existencia de los verbos estar y ser en el castellano, cuando los otros idiomas sólo cuentan con un solo verbo copulativo, ser? Quizás la aparición del verbo estar se debió a que, a fines de la Edad Media, ya había en España quien andaba por la calle, haciendo un balance de su vida modesta, y que, al encontrarse con un amigo, debía menospreciar aquello de lo cual se sentía satisfecho, y en cambio debía mentir algunas cosas para no perder la posibilidad de ser alguien ante el otro. Y eso es un ambiente donde se era hidalgo o no se era nadie. También entonces se debía esgrimir lo que se había adquirido. ¿Y cómo se era alguien? Pues teniendo cosas, títulos, beneficios, buena sangre o lo que fuera. Pero todo eso un poco por afuera, ya que por dentro apenas se estaba, nacido sin más en medio del mundo, sin tener nada que realmente le satisfaga.
Ser y estar lo usamos de la misma manera hoy en día. ¿Qué diferencia habría habido, si a mi amigo le hubiese afirmado enfáticamente soy empleado o si sólo hubiese afirmado estoy empleado? Parecen ser dos expresiones bien diversas. Soy empleado implica la existencia de una empresa, alguna jerarquía, cierta estabilidad, una abierta dedicación de mi parte a mi empleo, y además derechos gremiales, jubilaciones y, quizá, los beneficios de algún policlínico. Sólo se es empleado, en un ámbito estable, organizado, incólume, el cual me posibilita seguir trabajando hasta alcanzar la jubilación.
Pero si digo estoy empleado, ya quiero decir otra cosa. No le doy tanta importancia al empleo mismo, sino que sugiero cierta inestabilidad, cierto deseo de cambiar de ocupación, como si en el mundo en que estoy, yo ocupara una ubicación transitoria, hasta efímera, y me resignara a ello. Es algo así como estar en la vida, como solemos decir, y que supone estar expuestos a las vicisitudes que la vida trae consigo, y, en especial, a su sacrificio, con esa ida a la toldería y el retorno con las cosas sagradas pa’ mí.
Y es curioso, no podemos decir ser en la vida. ¿Será que eso de ser empleado, se hace a costa de la vida, como apartándose de ella? ¿Y esto mismo, en la misma dimensión que digo ser alguien? ¿Es que todo lo que se refiere al ser está armado, como vimos, y lo usamos como alejado de ese magma denso en el que precisamente me sentía sumergido cuando paseaba por las calles antes de encontrar a mi amigo, cuando sólo me dejaba estar, y navegaba sobre la vereda, y pensaba que al fin de cuentas algún fruto di en los últimos años?
Realmente se diría que eso de estar se vincula a una pura vida, esa que sentimos sin más, y que nunca logramos definir, porque al fin de cuentas se refiere a lago que simplemente es sagrado pa’ mí, con las cuatro cosas que alguna vez pude escamotear al mundo de los otros, los que hacen las cosas todas de la ciudad. Y en cambio ser alcanza apenas a vincularse con ese alguien que debemos esgrimir cuando nos topamos con un amigo, pero siempre refiriendo mi persona a otras cosas, esas que uno fue juntando en términos de propiedades: el coche, los libros publicados, la casa propia, la cuenta bancaria, el negocio o lo que fuera. Y todo eso con el sacrificio de armarse para la vida, con esa idea de un armarse en contra de la vida, sin diversiones, con el trabajo pesado de todos los días, tratando de no enredarse en cosas que le hagan perder el tiempo, siempre firme, como una roca, o, más bien, como una cosa. ¿Por qué? Pues porque ser alguien supone la solidez de un objeto, su misma neutralidad, y con esa fijeza del edificio o de la máquina, que siempre funciona bien, exactamente, armándose sin pestañear.
Son como dos modalidades o dos aspectos de uno mismo, dos posiciones que se implican. Siempre andamos por la calle haciendo un ligero balance de esa pura vida que llevamos encima, y que pa’ mí siempre es buena, en donde podemos estar alegres o tristes, donde sospechamos incluso que nos abocamos a un azar original, en donde puede alternar, como pensaban los indígenas, la maleza o el maíz o, en términos porteños, que uno la pegue o no, siempre sintiendo cierta falta de ubicación entre tantas cosas, y queriendo por eso mismo buscar siempre un lugar sagrado pa’ mí. Por otra parte, uno convertido en amigo de otro, pero esgrimiéndole a él las cosas que tiene, ara jugar a ser alguien, aunque sea mintiendo un viaje a Europa, o también esmerándose en hacer ese viaje para que nuestros amigos se muerdan los labios cuando se enteren.
Ya lo dice el diccionario. Ser se liga a servir, valer, poseer, dominar, origen. Para ser es preciso un andamio de cosas, empresas, conceptos, todo un armado perfectamente orgánico, porque, sino, ninguno será nadie. Estar, en cambio, se liga a situación, lugar, condición o modo, o sea a una falta de armado, apenas a una pura referencia al hecho simple de haber nacido, sin saber para qué, pero sintiendo una rara solidez en esto mismo, un misterio que tiene antiguas raíces.
Y ambos se excluyen. Quizá se vinculen como la copa de un árbol con sus raíces. Por una parte, uno es esa frondosa definición que hace de sí en el aire, y, por la otra, uno trata de palpar por debajo sus propias raíces que lo sostienen. Y nosotros, aquí queremos siempre hacer copas, como si hubiera árboles sin raíces, sólo para menearse a todos los vientos, saberlo todo, y vestir de todo. Y no sabemos que somos como los árboles de Macbeth, con un hombre detrás que nos mueve. Cuántas veces esgrimimos el arbustito que nos tocó llevar en la batalla, para asustar al enemigo. Pero no somos más que un hombre que sostiene el árbol, moviéndose siempre, sin saber dónde echar las raíces para justificar el arbustito.
¿Y todo esto es escandaloso? No lo es. Cuando un gran imperio sucumbía, en la historia, los hombres dejaban de ser alguien, para estar y nada más. (…) Aunque el verbo estar sea relativamente nuevo, la humanidad es muy vieja y siempre estuvo. Por eso estamos también en el café, a todo estar como en las pensiones, sin pensar en nada, sólo mirando por la ventana y viendo pasar a los prójimos, con su ser alguien a cuesta, casi como si quisieran ser eternos. Eternidad es una forma del ser, es cierto. Pero vida y muerte se dice con el verbo estar, y nunca con el ser. Soy alguien mientras estoy vivo, cuando pase a estar muerto, nadie seré, ni eterno siquiera. Por eso decimos lacónicamente con Gardel: pa’ mí que esto es el carnaval del mundo. ¿Será el carnaval de ser alguien? (…).
Pero quién acepta sin más esta verdad de que sólo está vivo. Aunque queda otra sospecha: ¿qué misterio hay en este estar que acaba con el ser pero que se mantiene pese a la vida y a la muerte cuando decimos estar vivo o estar muerto?
Fuente: Obras Completas de Rodolfo Kusch. (Tomo I). Ed. Ross. Rosario, febrero del 2000. Páginas 421-428.
(1) Günther Rodolfo Kusch
Nacido en Buenos Aires en 1922 y fallecido en la misma ciudad en 1979. De padres alemanes radicados en Argentina. Profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires en 1948. Ejerció una actividad técnica en la Dirección de Psicología Educacional y Orientación Profesional del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires en el ámbito de la sociología y la psico- y socioesdística y una amplia actividad docente en la Enseñanza Secundaria y sobre todo Superior en Universidades argentinas y bolivianas.
Realizó viajes de investigación y trabajos de campo en la zona del NO argentino y del altiplano boliviano; organizó Simposios, Seminarios y Jornadas Académicas sobre la temática americana ; participó entre otros eventos como miembro titular del XXXVII y XXXIX Congresos Internacionales de Americanistas, del II Congreso Nacional de Filosofía en Alta Gracia, Córdoba 6.1971 y de las Semanas Académicas en torno al pensamiento latinoamericano organizadas por la Universidad del Salvador, área San Miguel, 1970-1973; fue miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Escritores 1971-1973; integró el equipo argentino dirigido por J.C.Scannone sobre “Investigación filosófica de la sabiduría del pueblo argentino como lugar hermenéutico para una teoría de filosofía de la religión acerca de la relación entre religión y lenguaje” 1977-79.
Fue sobre todo autor de numerosas obras filosóficas y literarias, en las que transmitió lo que su gran sensibilidad poética y pensante le permitió captar de propio y valioso en América.