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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


miércoles, septiembre 10, 2008

La construcción discursiva del prejuicio


Sobre la construcción discursiva del prejuicio



La reciente visita a la Argentina del Presidente de la Comisión Contra el Antisemitismo del Parlamento británico, John Mann, y la reproducción mediática de este hecho (cuestión sobre la que volveremos más adelante), ponen nuevamente de manifiesto la necesidad de analizar los elementos con los que se alimenta el discurso europeo-norteamericano con respecto a los conflictos que atraviesan la región conocida como Oriente Medio.


La pertinencia de las categorías

a) Los espacios

En la elección de la terminología utilizada a la hora de ofrecer una “explicación” de los conflictos que afectan al mundo árabe e islámico, tanto desde la producción académica como desde los medios de comunicación, se encuentra implícita toda una serie de presupuestos ideológicos que es necesario develar para desarticular el andamiaje discursivo de las potencias, acríticamente reproducido desde nuestros países.
Un primer problema surge ya al pretender definir el espacio geográfico sobre el que intentamos trabajar. Es preciso recordar el origen de las categorías que se utilizan convencionalmente y que se encuentran profundamente instaladas en nuestro vocabulario cotidiano. Debemos remitirnos, entonces, al concepto de Oriente y a las implicancias ideológicas del mismo. El surgimiento del Islam como potencia política y religiosa en expansión, puso a la Europa cristiana de la Edad Media frente a un “Otro” que no sólo le disputaba el control territorial, militar y económico del mundo entonces conocido por Europa, sino que la interpelaba también en el ámbito de la religiosidad y la cultura. En un mundo islámico que se hallaba compuesto por una enorme cantidad de pueblos con tradiciones y culturas diferentes unificados a partir de una fe en común, la cristiandad europea encontró ese “otro” a partir del cual edificar su propia conciencia identitaria que supone siempre una diferencia (religiosa en este caso). El proceso de construcción de lo “Oriental”, vinculado con lo islámico inicialmente, supuso lógicamente la delimitación de aquello que habría de llamarse “Occidente”. Es decir, Europa consigue definir someramente el espacio cultural de Occidente a partir de la construcción, también europea, de un Oriente cargado de estereotipos negativos ante el cual intenta presentarse en las antípodas. El espacio cultural de lo oriental, será por lo tanto, poco preciso y con fronteras dinámicas a lo largo de la historia, pues sólo permitía la localización de lo que Europa no reconocía como semejante, el espacio donde primaba la irracionalidad y la desmesura. Desde Europa se procedió luego a la división de ese inmenso Oriente según la distancia que lo separaba de la misma, dando origen a conceptos como Próximo y Lejano Oriente. Si desde Europa se procedió a clasificar a los distintos orientes a partir de la proximidad o no de este “otro” cultural, desde los Estados Unidos se contempló a un Oriente que, por sus características particulares, incluye además al Norte de África (también musulmana), de allí que en 1902 el almirante estadounidense Thayer Mayan acuñara el termino Oriente Medio para referirse al territorio que se encuentra entre el mar Mediterráneo y Afganistán. Las categorías de análisis utilizadas por las potencias coloniales en la región han sido universalmente aceptadas como validas, ocultando la matriz ideológica de la que surgen y que convalidan.

b) Las ideologías

Otra cuestión de enorme importancia a la hora de analizar los lineamientos ideológicos de las fuerzas políticas que se enfrentan en la región, es la inexactitud de las herramientas conceptuales europeo-norteamericanas utilizadas en estos esfuerzos analíticos. Es menester recordar que expresiones como “fundamentalismo” e “integrismo” son producto de la experiencia histórico-religiosa del cristianismo occidental, por lo que no deja de ser por lo menos inapropiada su utilización para realidades tan diferentes como las del mundo islámico. Otras expresiones como “islamismo” o “Islam radical” son también producto del intento por explicar desde Occidente la intima relación entre la religión islámica y las distintas manifestaciones políticas. Hacer referencia a un “Islam radical” definiéndolo como un Islam político, supondría la existencia de otro Islam en el cual el aspecto político se encontraría ausente. En este razonamiento se esconde la incapacidad de comprender que el Islam difícilmente puede ser reducido a su manifestación meramente cultual, y que, en tanto “modo de vida” incluye, en distintos niveles, la acción política de los musulmanes.

Desde las Ciencias Sociales no se han hecho grandes esfuerzos por avanzar hacia la construcción de herramientas conceptuales que nos permitan dar cuanta de la complejidad de los procesos estudiados con relación a mundo islámico. No deja de ser preocupante que, a pesar de la enorme cantidad de material al que actualmente se puede acceder, en nuestras universidades continuemos empleando producciones europeas y norteamericanas para estudiar la realidad política de estos pueblos. Tomaremos sólo dos de los tantos autores que permanentemente son utilizados desde nuestras casas de estudios. Uno de ellos es Gilles Kepel, académico francés autor de una gran cantidad de libros sobre el Islam, responsable del programa de doctorado sobre el mundo musulmán del Instituto de Estudios Políticos de París. A pesar de tener acceso a las fuentes en árabe y persa, y de los incontables viajes que ha realizado a la región, Kepel insiste en la utilización de las herramientas de análisis político europeas y no duda en emplear categorías como “izquierda”, “derecha”, “clero islámico”, etc. Las limitaciones de estas expresiones se pusieron en evidencia a la hora de intentar definir el proceso revolucionario llevado adelante por Jomeini. Esta miopía intelectual ha llevado a autores marxistas como Fred Halliday a establecer superficiales comparaciones con procesos en Latinoamérica desconociendo la importancia decisiva del Islam Shií en los acontecimientos que se han venido desarrollando en Irán. Tras la muerte de Jomeini no han dejado de aparecer en los medios de comunicación informaciones sobre las supuestas diferencias entre “moderados”(o “reformistas”) y “ortodoxos” (o “conservadores”) y las luchas entre ambos sectores a la hora de hacerse con la dirección del proceso. Nuevamente estas distinciones parecen desvanecerse cuando intentamos llenarlas de contenido, pues los supuestos reformistas y conservadores iraníes adoptan posiciones tan diversas, según la problemática sobre la que se trabaje, que difícilmente podrían ser susceptibles de una clasificación de esta naturaleza. Otro autor que goza de una muy buena recepción en nuestras universidades es el académico norteamericano Bernard Lewis. Este último es asesor de la administración Bush en los asuntos relacionados con el mundo islámico, algo que suele omitirse cuando sus textos son utilizados en los ámbitos académicos aun cuando su posicionamiento ideológico se manifieste con claridad en la presentación que ofrece del Islam en sus aspectos políticos. Lewis insiste en sostener que los musulmanes dividen la geografía planetaria en dos espacios antagónicos: la tierra del Islam (Dar al Islam) y la tierra de la guerra (Dar al harb), desconociendo intencionalmente la existencia de un tercer espacio de cooperación con los no musulmanes: la tierra del pacto o la coexistencia (Dar al Sulh). La negación de esta categoría político-religiosa, ya instaurada en los primeros años del Islam, abona la teoría del enfrentamiento inevitable con Occidente y fortalece el discurso del miedo sobre el que pretende legitimarse la política exterior norteamericana.

Otros tantos términos poco apropiados se utilizan con relación a los posicionamientos políticos sionistas, estableciendo una dudosa distinción entre algún tipo de sionismo de “izquierda” con otro de “derecha”. Se hace referencia entonces a cierta forma de socialismo sionista encarnado románticamente en los kibbutz y en el espíritu de los primeros colonos de judíos europeos asentados en Palestina. Sin embargo esta idealización del proyecto colonial intenta establecer una diferencia que en los hechos es inexistente. Benjamín Beit Hallahmi en su muy recomendable libro Israel Connection se encarga de demostrar el racismo común que caracteriza a todo el abanico sionista destacando su carácter esencialmente imperialista. Beit Hallahmi afirma con contundencia:

“Quienes se sorprenden por la política de Israel en el Tercer Mundo no saben mucho, por lo general, sobre el sionismo y su historia. Hay quienes sugieren que este tipo de implicación israelí refleja el nacimiento de un sionismo derechista, que alcanzó el poder en Israel en 1977. Según esta tesis, lo que hemos estado viendo es una aberración temporal, que refleja la victoria de las fuerzas derechistas en la política interior israelí y el liderazgo de individuos como Menahem Begin y Ariel Sharon. Piensan que la política cambiará en cuanto los laboristas recuperen el control (…) esta explicación es falsa. El bloque derechista Likud no alcanzó el poder hasta 1977 (…) Fue un gobierno laborista el que se alió a Francia en los años cincuenta y apoyo al colonialismo portugués en África en los sesenta. Gobiernos laboristas cimentaron las alianzas con la Sudáfrica del apartheid y con Somoza. Y esos gobiernos laboristas, por lo general, incluyen al Mapam, un partido al que muchos consideran socialista y progresista y que hasta hace poco se autocalificaba de marxista.”[1]

Este autor israelí también pone al descubierto las relaciones entre varios kibbutz y los intereses del gobierno racista de Sudáfrica para cuyas fuerzas represivas los colonos fabricaban, entre otras cosas, cascos de combate. Halliday sostiene con acierto que Israel constituye una etnocracia, de allí las íntimas solidaridades con los racistas sudafricanos, y resalta sus características coloniales:

“La creación del Estado de Israel se basó en valores europeos de superioridad cultural y en el derecho de ocupar las tierras de otros pueblos a fin de resolver un problema intrínsecamente europeo como el antisemitismo; contó con el apoyo (…) de todos los estados europeos y norteamericanos; e implicó la expulsión, destrucción y subyugación necesarias –que no accidentales- de otro pueblo y otra tierra.”[2]

Nada de esto debería llamarnos la atención si tenemos en claro que la empresa sionista en su conjunto (y más allá de matiz alguno) supone siempre el colonialismo y la expulsión (cuando no el exterminio) del pueblo palestino. Para esta ideología un sionista norteamericano, inglés, ruso, polaco o etíope tiene más derecho a vivir en Palestina que los propios palestinos, que llevan siglos en esas tierras. Es interesante comprobar que la casi totalidad de los primeros ministros que ha tenido Israel desde su creación ha nacido en Europa. Así cualquier intento de presentar un sionismo de izquierda o socialista sólo pretende ocultar, mediante adjetivaciones impropias, el carácter colonial y racista del sionismo en su conjunto.

c) La pertenencia religiosa

Desde 1979 hemos asistido a un aumento considerable de producciones académicas relacionadas con el Islam sin que ello haya significado un gran avance a la hora de poner en crisis ciertos estereotipos relacionados con esta religión. Uno de los “errores” más habituales y perjudiciales es el de presentar como un bloque monolítico a la religión que practican más de mil quinientos millones de personas alrededor del mundo, con tradiciones, culturas y economías de lo más diversas. Suele asociarse el Islam al mundo árabe aun cuando los árabes no constituyen más que el veinte por ciento de la comunidad islámica mundial. De hecho el país con mayor número de musulmanes es Indonesia, que no es árabe parlante. En este amplio abanico de pueblos y tradiciones el Islam ha adquirido diferentes tonalidades, alimentándose también de innumerables elementos pre-islámicos perfectamente asimilables por la nueva fe. Así, el Islam ofrece una riqueza analítica de la que hay que poder dar cuenta en nuestras aproximaciones a los procesos políticos de estos pueblos. No es lo mismo hablar del Islam en Marruecos que en las provincias chinas, no podemos referirnos a las manifestaciones políticas del Islam en Irán y procurar explicar a partir de allí la situación de los musulmanes argelinos que pretenden alcanzar el poder. Los procesos históricos de cada uno de los pueblos que adhirieron al Islam han permitido la construcción de un complejo andamiaje simbólico (político-religioso) que no puede desconocerse o verse reducido sin más a factores económicos o exclusivamente religiosos. La referencia a un Islam monolítico permite la construcción de un “otro” de dimensiones planetarias (con los “peligros” que ello supone) susceptible de ser reducido analíticamente a partir de ciertas descripciones religiosas generales, que suelen hacer hincapié en los elementos que lo diferencian de Occidente. Estas diferencias procuran acentuar el carácter menos racional del pensamiento musulmán (debido a la interferencia de la religión), lo que no puede llamarnos la atención si recordamos que “lo oriental” continúa siendo para Occidente, el terreno donde prima la desmesura y la irracionalidad. En este sentido tanto los trabajos académicos como los medios de comunicación han contribuido enormemente en el fortalecimiento de estos prejuicios.

Es momento de detenernos en el tema de la pertenencia religiosa en el caso de Israel. Desde los medios de comunicación se insiste con la identificación de Israel con los intereses de los judíos a nivel mundial, y se avanza hacia el fortalecimiento de la falsa equiparación entre sionismo y judaísmo. Se procura, a partir de allí, inhibir cualquier crítica a las políticas del Estado de Israel y a los presupuestos ideológicos sobre los que se ha constituido, confundiendo intencionalmente anti-judaísmo con anti- sionismo. No empleamos el termino antisemitismo pues nos parece absolutamente inapropiado ya que, si es sinónimo de anti-judaísmo deberíamos empezar a reemplazarlo pues constituye un resabio de las clasificaciones bíblicas (carente de rigurosidad analítica) en las que los pueblos se dividían según “descendiera” de tal o cual hijo de Noé. De acuerdo a este criterio los árabes serían tan semitas como los antiguos hebreos. Llama la atención que un concepto desprovisto de rigurosidad científica alguna haya conseguido perdurar y resulte aun ampliamente utilizado en los trabajos académicos sin que sea sometido a un análisis crítico.

Volvemos, entonces, sobre la repercusión mediática que ha tenido la visita a nuestro país del Presidente de la Comisión Contra el Antisemitismo del Parlamento británico, John Mann. En palabras vertida en el diario Clarín del día 26 de agosto Mann no duda en identificar como anti-judaísmo las críticas hacia el Estado de Israel:

(Existe) el antisemitismo de izquierda, no nuevo pero sí un fenómeno contemporáneo, vinculado a la gente que ataca a Israel, y al mismo tiempo -sostiene- a los judíos”

La confusión que se pretende generar es total, y el diario no está ajeno al esfuerzo. De hecho presenta con estas palabras al entrevistado: “No judío y votado mayormente por no judíos”, como si la adhesión a la empresa sionista tuviese algo que ver con la pertenencia religiosa, en este caso al judaísmo. Es menester recordar que el sionismo es una ideología política surgida en la Europa del siglo XIX, hija de los nacionalismos chauvinistas coloniales. Justamente por ello, podemos encontrar alrededor del mundo sionistas no judíos, como los cristianos sionistas estadounidenses, muchos de los cuales se hallan en la administración Bush, pero entre los que también se encuentra el candidato a vicepresidente por los demócratas, Joseph Biden (quien con contundencia expresó: No se necesita ser judío para ser Sionista”) En este sentido es sumamente esclarecedor el libro recientemente editado de Yakov Rabkin, titulado Contra el estado de Israel, que ha sido publicado en varios idiomas y países, excepto en hebreo y en Israel. En el mismo, el autor emprende una pormenorizada crítica del sionismo en tanto ideología política opuesta a los intereses del judaísmo. Lo interesante es que recupera desde el judaísmo las voces que se opusieron históricamente a los intereses sionistas. Rabkin sostiene que: “(…) solamente en Israel la ‘desjudaización’ ha podido ser tan completa”[3] y recuerda las palabras del rabino y erudito talmúdico Jaím Soloveitchik (m. 1918) quien sostuvo con relación a los intereses sionistas: “El objetivo del sionismo no es crear un Estado. Su verdadero objetivo es el de alejar a los judíos de la Torá”[4] Esto ha venido siendo denunciado por los judíos ortodoxos de Naturei Karta, oponiéndose a las fuerzas represivas sionistas en la Palestina ocupada, reclamando junto a los árabes la creación de un Estado palestino. Estos sectores del Judaísmo denuncian al sionismo en la medida en que procura imponer una identidad laica a los judíos en tanto nación, suplantando el reconocimiento identitario tradicional expresado en términos religiosos. Desde el sionismo la relación de los judíos con Dios y el respeto a sus mandatos según la Torá es definido despectivamente como “ortodoxia”, y se pone el acento en los peligros que encierra la misma, a pesar de ser la práctica lo que caracteriza la condición de judío, pues de una religión se trata. Pero el objetivo sionista es presentar al judaísmo como algo más que una religión, e incluso hasta de ella procura prescindir. El nexo con Dios es entonces suplantado por la relación con Israel, y ese “israelismo” -diría Yabkin- reemplaza la identidad judía, que encuentra un denominador común en la permanente preocupación por la ficcional amenaza árabe-islámica-antisemita contra Israel. Mann también se refirió a esto en su paso por Argentina, y estableció la existencia de un “(…) antisemitismo musulmán, que no ocurría en Gran Bretaña, porque no había musulmanes. Ahora sí, y es un antisemitismo virulento que utiliza Internet en árabe”. Sin embargo, mientras se alimenta el mito del “peligro musulmán” suele ignorarse la complicidad de los dirigentes sionistas con los jerarcas de la Alemania nazi, profundamente anti-judíos. En tal sentido es sumamente interesante la lectura del libro del rabino Moshe Schonfeld, The Holocaust: victims accuse; Documents and Testimony on Jewish War Criminals, en el cual denuncia las complicidades de la Organización Sionista Mundial en la matanza de judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial. Con acierto afirma Yabkin en este sentido:

“(…) se señalaban tres principios sobre los cuales los sionistas y los antisemitas estaban de acuerdo: los judíos no son un grupo religioso sino una nación aparte; los judíos nunca podrán integrarse a su país; y finalmente, la única solución al problema judío era su éxodo”[5]

Lo que se intenta con este arsenal discursivo sionista es inhibir cualquier análisis crítico de Israel y anular completamente las voces discrepantes en la distintas comunidades judías, fortaleciendo los lazos identitarios de las mismas al estado de Israel, muchas veces en detrimento de los intereses de sus respectivos países. En este sentido Joseph Agassi, miembro de Universidad de Tel Aviv se refiere, en el Prologo para la versión en castellano del libro de Rabkin, a “la exigencia sionista de que todos los judíos apoyen a Israel, a menudo a expensas de los intereses nacionales de los países en los cuales viven”.

Palabras finales


En esta rápida aproximación a algunos de los conceptos utilizados para dar cuenta de los procesos políticos que se producen en el llamado Oriente Medio, hemos intentado promover el análisis crítico del los mismos y procurar, desde allí, develar el fundamento ideológico del cual se originan y que fortalecen. Lo hacemos en el convencimiento de que sólo desarticulando el discurso de los opresores y haciendo clara su intencionalidad estaremos en condiciones de construir nuevas herramientas analíticas que den cuenta verdaderamente de los procesos de liberación de nuestros pueblos en toda su complejidad y riqueza.





Husain ‘Ali Molina.








[1] BEIT HALLAHMI, B. Israel Connection. Ediciones B. Barcelona, 1988. Páginas 207 y 208.
[2] HALLIDAY, F. 100 Mitos sobre Oriente Próximo. Global Rhythm Press. Barcelona, 2006. Página 146.
[3] RABKIN,Y. Contra el Estado de Israel. Martinéz Roca. Buenos Aires, 2008. Página 90.
[4] Ibid. Página 87.
[5] Ibid. Página 136.