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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


domingo, octubre 10, 2010

Islamofobia europea




Europa ante el discurso del miedo
Son carismáticos, aprendieron a medrar con el temor a la inmigración musulmana y se dicen defensores de los valores europeos. Los populistas de derecha, una versión renovada de la vieja guardia xenófoba, son un fenómeno político en ascenso que con su discurso islamofóbico, en plena crisis económica, suma voluntades y ya preocupa a las fuerzas moderadas.
Es un político que dice no tener nada contra los musulmanes y que sólo odia al islam. Es un hombre carismático, de pelo rubio, casi blanco. Es elegante y elocuente, el tipo de político que llena de temor a los partidos políticos mayoritarios.
Se trata de Geert Wilders, un político holandés de una estirpe que se extiende por el continente: un populista que alienta el odio contra el islam y contra el establishment, y que les ha quitado muchos votos a los partidos tradicionales de su Holanda natal. Tantos, que estos partidos prácticamente no pueden formar gobierno sin darle una participación en el poder.
Wilders es la figura central de un movimiento que crece en Europa desde hace años, que se extiende por los parlamentos y los gobiernos, y que ha logrado tanto la prohibición de los minaretes en Suiza como de los burkas en Bélgica. Es una especie de rebelión popular contra el islam, encabezada por políticos y periodistas de derecha, que se presentan como gente dispuesta a expresar un sentimiento que nadie se atreve a transmitir: que los musulmanes socavan las bases de Europa y que es necesario salvar a Occidente.
Wilders ahora tiene un émulo incluso en Alemania, donde el populismo de derecha no tenía todavía un marco partidario: René Stadtkewitz, de 45 años, un hombre bien vestido, de pelo corto, expulsado hace poco del comité berlinés de la Unión Demócrata Cristiana (UDC), de centroderecha, a la que representó en el Parlamento de Berlín. Ahora fundó un nuevo partido, Die Freiheit (Libertad), inspirado en el Partido de la Libertad, de Wilders.
Mientras come un cuscús marroquí en el comedor del Parlamento local, Stadtkewitz dice que el reclamo de "Geert" de que se imponga un impuesto al velo islámico en Holanda es una gran idea. "El islam será una religión -dice-, pero principalmente es una ideología que se opone a todo lo que nos importa." Pero Stadtkewitz está apurado. Está por dar un tour de Berlín a la TV holandesa. Quiere mostrarles la sociedad musulmana paralela que, supuestamente, los medios alemanes ocultan.
También en Alemania, un nuevo libro de Thilo Sarrazin, un político controvertido que forma parte de la socialdemocracia, de centro-izquierda, ha generado un fuerte debate: describe a los inmigrantes musulmanes como una amenaza mortal para Alemania. Desde que se publicó el libro y fue recibido con aprobación por el público, muchos columnistas, académicos y políticos se han preguntado si Alemania seguirá siendo la excepción en términos de su arco político: es, hasta ahora, el único país de Europa occidental que no tiene un partido populista de derecha que actúe como pararrayos de la ira popular contra el islam y el establishment político.
En los últimos meses, los partidos populistas de derecha impidieron la elección de gobiernos con mayorías parlamentarias propias en tres países de la Unión Europea: Bélgica, Holanda y, más recientemente, Suecia. Si bien los populistas en este último país solo captaron el 5,7% de los votos, eso les bastó para privar a la coalición de centroderecha en el poder de una mayoría absoluta. Estos tres países fueron conocidos por mucho tiempo por su liberalismo, pero ahora están ganando influencia allí partidos que ven al islam como "nuestra mayor amenaza extranjera desde la Segunda Guerra Mundial", según afirmó Jimmie Akesson, presidente de los demócratas suecos, de 31 años.
Los partidos populistas de derecha han sido parte de gobiernos de coalición en Italia y Suiza desde hace años, y tienen escaños en los parlamentos de Dinamarca, Austria, Noruega y Finlandia. El Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen ganó el 9 por ciento de los votos en las elecciones regionales francesas de la última primavera boreal, con una campaña antiislámica. En marzo, la Liga del Norte italiana ganó el control de las regiones de Venecia y Piamonte. Durante la campaña, sus simpatizantes entregaban muestras de jabón para lavarse, según decían, "después de haber tocado a un inmigrante".
El poder de la islamofobia
El populismo de derecha no es nada nuevo. Ha sido una presencia constante desde hace 30 años en muchos países europeos, a veces exitosa y otras veces, no. Lo que es nuevo, sin embargo, es que los populistas de derecha han descubierto una cuestión que impacta mucho más en los votantes que el odio habitual contra los extranjeros y la clase política. Encontraron un poderoso argumento en la resistencia a la creciente presencia del islam en Europa. Se presentan como los defensores de los valores europeos y, sin embargo, tanto a ellos como a sus votantes parece importarles poco que algunos de esos valores, como la libertad religiosa, se vean pisoteados por su acción.
El temor a que los inmigrantes musulmanes puedan cambiar el carácter de la sociedad europea cala hondo. Según las encuestas de opinión realizadas en Alemania, alrededor de tres cuartas partes de los entrevistados dicen estar preocupados por la influencia del islam. Y sentimientos similares se expresan en otros países, a pesar de que la emigración hacia Europa viene declinando desde hace años.
Algunas prácticas bárbaras en ciertos países islámicos -donde se obliga a las mujeres a usar burkas, se persigue a los gays y lesbianas y se lapida a las adúlteras, todo en nombre de la religión- sin duda son profundamente contrarias a los valores europeos modernos. Y no hay duda de que muchos países enfrentan serios problemas con la integración de los inmigrantes. Pero estas cosas por sí solas no explican la inquietud generalizada, que más bien surge del hecho de que los partidos tradicionales no han dado a sus votantes la sensación de que están atendiendo a estas cuestiones. La crisis económica también intranquiliza a la clase media: Europa está envejeciendo y otras regiones del mundo la están alcanzando. Muchos están preocupados por el futuro en un mundo globalizado, en el que cambia el equilibrio de poder.
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En los países del norte de Europa, en particular, el ascenso de los populistas va de la mano con la declinación del apoyo a los partidos socialdemócratas de centroizquierda. Esto se debe en parte a que los inmigrantes son tan proclives como cualquier otro sector a abusar del Estado de bienestar social que promueven los partidos socialdemócratas. Pero también es producto de que los partidos tradicionales se han empantanado con los detalles de la política de integración.
Han creado especialistas en integración, oficinas de inmigración y conferencias de integración, pero han perdido de vista las preocupaciones de los ciudadanos. Y como además están a favor de la libre expresión, el feminismo y el secularismo, son incapaces de defenderse de los populistas de derecha, que citan los mismos valores en sus batallas contra el velo, los minaretes y las mezquitas. La única diferencia es que los populistas se hacen escuchar más y simplifican las cuestiones a tal punto de que sus posiciones parecen lógicas.
Los demócratas suecos, que tienen su origen en la extrema derecha, han aprendido de los populistas de derecha modernos como Wilders, al igual que el Partido del Pueblo danés (DF) y su presidenta, Pia Kjaersgaard. En su reciente campaña electoral, los demócratas suecos presentaron un aviso televisivo polémico: muestra a una mujer mayor que camina con dificultad con su andador con ruedas y casi es atropellada por mujeres con burkas, también con andadores. Las mujeres con burkas van apuradas hacia un escritorio en que un cartel reza: "Presupuesto del Gobierno". Una voz dice: "El 19 de septiembre puede apretar el freno a la inmigración en vez del freno a la jubilación".
Enfrentar a los inmigrantes con los jubilados es una de las tácticas de Wilders. Une políticas de izquierda y de derecha, la islamofobia y el temor a la explotación del Estado de bienestar social. "Es uno de nuestros mayores éxitos esto de combinar ser conservadores en términos culturales, por un lado, e izquierdistas en otras cuestiones", dice Wilders, que dice estar en contra de la inmigración, pero "que tiene cálidos sentimientos en favor de los débiles y las personas mayores."
Wilders fue uno de los primeros políticos en utilizar sistemáticamente el islam como tema, y muchos han seguido su ejemplo. Es llamativo que el movimiento antiislámico no se pusiera en marcha inmediatamente después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, aunque sin duda fueron el principal factor detrás de la actual incertidumbre y temor al terrorismo islámico. El movimiento recién ahora llega a su clímax.
A primera vista, esta nueva derecha tiene poco en común con la vieja derecha, aunque el primer político europeo de extrema derecha que comenzó a atacar a los musulmanes lo hizo en las décadas del 70 y 80. Se trata de Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional francés. Le Pen hizo carrera como alguien ajeno al establishment, enojado con las fuerzas mayoritarias. Era primitivo y anticuado, a menudo racista y antisemita, pero logró cambiar el paisaje político de Francia. En la primera ronda de las elecciones presidenciales de 2002 obtuvo incluso más votos que el candidato socialista, Lionel Jospin. Fue un shock para la elite francesa.
Desde entonces, lo sucedido en Francia se repitió en muchos otros países, en que los partidos tradicionales han buscado marginar a la extrema derecha: los políticos centristas se corrieron a la derecha. Fue el caso en Dinamarca, donde el Partido del Pueblo danés ha dado su apoyo parlamentario a un gobierno de minoría de la derecha y los liberales desde 2001. Y si bien los populistas no integran el gobierno, Dinamarca ha endurecido en buena medida sus leyes de inmigración.
Cuando Nicolas Sarkozy comenzó su campaña en 2007, era difícil distinguir parte de su retórica de la de Le Pen. Sugirió, por ejemplo, que la gente que "mata ovejas en sus bañaderas" no es bienvenida en Francia, y ganó la elección arrastrando votos de la derecha. Ahora Sarkozy probablemente se vea confrontado pronto con un nuevo Frente Nacional, una versión menos estridente pero quizá más peligrosa de esa fuerza. Marine Le Pen, hija del fundador del FN, hará campaña por la presidencia del partido y piensa convertirlo en una fuerza capaz de apelar también al centro político.
Marine Le Pen se presenta como no dogmática e intelectual. Usa trajecitos de ejecutiva y da besos en sus apariciones de campaña en los mercados del área metropolitana de París. "Quiero unir a todos los franceses", dice. Al mismo tiempo, igual que Wilders, lanza diatribas contra el burka y la islamización. Ella también advierte que la islamofobia da mejores resultados que la xenofobia tradicional.
Le Pen representa una amenaza para Sarkozy, cuyo giro a la derecha este año revela cuán en serio toma esa amenaza. El debate que ha lanzado en Francia sobre "la identidad nacional" va claramente dirigida contra los musulmanes, y también se ha embarcado en una campaña por la deportación de los gitanos.
La transformación del Frente Nacional es sólo un ejemplo de la centralidad de la campaña anti-islam en los partidos populistas de derecha de Europa occidental. Es la cuestión que une a todos esos partidos en toda Europa. Este es un fenómeno nuevo, pero que no puede ocultar el hecho de que todavía hay muchas diferencias entre los partidos que se clasifican como populistas de derecha. La mayoría siempre fue antiinmigración, se ha posicionado en contra la elite política, ha tenido líderes carismáticos y logra mayores éxitos en aquellos países en que los partidos mayoritarios promueven una cultura de consenso. Pero un neoliberal con raíces rurales como el político suizo Chirstoph Blocher, del SVP, tiene muy poco en común con el demagogo francés Le Pen.
Es el concepto común del islam como enemigo lo que los convierte ahora en aliados ideológicos. Sin embargo, es improbable que estos partidos sigan cooperando desde sus distintos países en el futuro, pese al sueño de Wilders de encabezar tal movimiento en toda Europa. La Alianza Internacional de la Libertad, que creó en julio pasado, tiene dos metas: "defender la libertad" y "detener el islam". En un video en el sitio de la alianza, Wilders dice que quiere unir las fuerzas existentes contra el islam en Alemania, Francia, Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos.
Cuando se le preguntó a Marine Le Pen por la iniciativa de Wilders, ella contestó: "Sin una revolución concertada, nuestra civilización está condenada". Esto podrá ser el reconocimiento de objetivos comunes, pero no necesariamente está dispuesta a unir fuerzas con Wilders.
© Der Spiegel
Colaboraron en esta nota Markus Deggerich, Manfred Ertel, Juliane von Mittelstaedt, Mathieu von Rohr, Hans-Jürgen Schlamp, Stefan Simons
Traducido del alemán al inglés por Christopher Sultan; traducción al español de la versión en inglés por Gabriel Zadunaisky

Máximos representantes de la derecha islamófoba

Geert Wilders
Líder del Partido de la Libertad, de Holanda, es una figura central del populismo islamobófico de Europa.
René Stadtkewitz
Dirigente alemán, ex parlamentario de la UDC, busca consolidar su nuevo Partido Libertad emulando a Wilders.
Thilo Sarrazin
Controvertido por su discurso contra la inmigración musulmana, proviene de la socialdemocracia alemana.
Pia Kjaersgaard
Presidenta del Partido del Pueblo, tercera fuerza del Parlamento danés, promueve una agenda antiinmigración.
Marine Le Pen
Hija del líder histórico del Frente Nacional francés, Jean-Marie Le Pen, alerta contra la islamización de Europa.
Fuente: Suplemento Enfoques del diario La Nación del día 10 de octubre de 2010.