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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


domingo, marzo 07, 2010

Aliados árabes de Israel (I)




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Los aliados árabes de Israel (I)


La causa palestina atraviesa el discurso de la mayoría de los gobiernos de los países árabes y a partir de la misma se procura construir cierta legitimidad popular que les permita continuar con un ejercicio del poder signado por la ausencia de participación democrática.[i] Sin embargo una lectura atenta de los comportamientos de los respectivos gobiernos árabes en el escenario internacional revela las múltiples relaciones que los vinculan tanto con Israel como con su principal socio y garante, los Estados Unidos.

Intentaremos en las líneas que siguen hacer un pequeño repaso de estas relaciones, procurando dejar al descubierto la inconsistencia discursiva de la defensa por la causa palestina por parte de estos gobiernos árabes.

En esta primera entrega trabajaremos el caso saudí, esperando que el material que compartimos a continuación contribuya a reflexionar sobre los intereses de aquellos gobiernos árabes que dicen acompañar la causa palestina, árabe y musulmana en la región.
Arabia Saudita

Custodio de los principales Lugares Santos del Islam, se suele afirmar que el reino saudí[ii] ha conseguido extender su pobre y tosca interpretación de esta religión gracias a los dividendos que la producción petrolera le ha conferido a la dinastía; pero esta explicación resulta por lo menos insuficiente si se desconoce las relaciones que históricamente han mantenido los descendientes de Muhammad Ibn Saud con las potencias coloniales de la región.

Aún antes de llegar al poder los Saud ya estaban implicados en las estrategias británicas en la zona, quienes debían velar por que:
“(…) Ibn Saud no atacara a su enemigo Hussein, jerife de La Meca, valiéndose de armas y oro ingleses. Ante todo Hussein era otro aliado de Gran Bretaña en Arabia; además sus tribus, bajo el mando de Lawrence de Arabia, combatían contra gran cantidad de alemanes y turcos: en tercer lugar, Gran Bretaña deseaba ser la principal potencia de la Península Arábiga al terminar la guerra[iii], y para ello era esencial que Ibn Saud permaneciera como un aliado.(…) además debía persuadir a Ibn Saud de aniquilar el régimen del jerife de Hail, una dinastía del noroeste de Arabia que estaba aliada con los turcos y era tan enemiga de Ibn Saud como del gobierno británico”.[iv]

Finalmente, y luego de infructuosos intentos por establecer un estado propio en la península arábiga durante el siglo XIX, la debilidad del Imperio Otomano permitiría a los Saud tomar la ciudad de Ryad en 1902 y desde allí avanzar sobre el resto del territorio ocupando La Meca en 1924. Para entonces Gran Bretaña había conseguido desmembrar el Imperio Otomano con el apoyo de las tribus árabes a las que traiciona incumpliendo las promesas de independencia y autodeterminación con las que consiguió su apoyo inicialmente. Cuando en 1932 se crea el Reino de Arabia Saudita ya hacía varios años que los Saud venían negociando con Gran Bretaña, la misma potencia que se repartiera con Francia Oriente Medio gracias al tratado de Sykes- Picot tras la Primera Guerra Mundial.

Apenas asentado en el trono, Ibn Saud intentó consolidar su poder obteniendo respaldo financiero y político no sólo de Gran Bretaña sino también de la nueva potencia mundial: los Estados Unidos. La alianza estratégica de este último país y la dinastía saudí se remonta a aquellos años cuando las primeras exploraciones en busca de petróleo se realizaron en la península. Desde entonces los vínculos entre ambos países no han dejado de fortalecerse a pesar de las estridentes declaraciones de los sheijs saudíes contra “la inmoralidad y decadencia de las costumbres occidentales”. Pero no hay contradicciones en estas actitudes sino que responden a una estrategia orientada a empobrecer intelectualmente la capacidad de acción de mundo islámico mediante la propagación del wahhabismo al tiempo que negocia y sirve de aliado de los intereses norteamericanos en la zona.

La creación del Estado de Israel no afectará sustancialmente las relaciones entre ambos países y los reclamos saudíes serán casi siempre declamativos[v]. Arabia Saudita estructuró así sus Fuerzas Armadas con material británico primero y norteamericano después, acompañando a los Estados Unidos en sus acciones diplomáticas anti- soviéticas y anti- revolucionarias durante toda la Guerra Fría. De esta manera “(…) los Estados Unidos, defensor jurado de Israel, garantizaba también la seguridad de los protectores del islamismo wahhabí.[vi]” No sorprende entonces que, Estados Unidos mediante, Arabia Saudita e Israel hayan trabajado en conjunto, interviniendo en la guerra civil de Yemen del Norte (1962 – 1970), apoyando a las fuerzas anti- soviéticas en Afganistán[vii] y coordinando acciones para desestabilizar el proceso revolucionario en Irán tras 1979[viii]. Incluso Israel, a través de los Estados Unidos, “(…) obtuvo la ayuda del embajador saudí en Washington, el príncipe Bandar, para montar un cierto número de operaciones muy poco ortodoxas: (…) a cambio de una transferencia de unos tres millones de dólares a una cuenta numerada en Ginebra, los saudíes hicieron estallar, el 8 de marzo de 1985, un coche bomba ante la residencia del jeque Fadlallah jefe del Hezbollah en Beirut.”[ix]

Con estos antecedentes no podemos extrañarnos ante el posicionamiento saudí con respecto a la resistencia de Hizbullah en el Líbano, o a la docilidad con la que permitió la utilización de su territorio para el establecimiento de bases norteamericanas para que actuasen contra otro país árabe.

Arabia Saudita encuentra en Israel a un socio táctico dentro de la estrategia estadounidense para la región, en la cual ocupan ambos países un lugar destacado y de donde se desprende la necesidad norteamericana de garantizar a toda costa su protección.
Ángel Horacio Molina



[i] Nos referimos a formas de participación política a través de las cuales los respectivos pueblos puedan ser quienes ejerzan el control efectivo de sus gobiernos y no necesariamente a la “democracia” neoliberal que satura el discurso de las potencias hegemónicas.
[ii] Parece poco islámico nombrar al espacio dentro del cual se encuentra la Kaaba (el más importante templo para los musulmanes) con el apellido de una familia: la Arabia de los Saud.
[iii] Se refiere a la Primera Guerra Mundial.
[iv] BROWN, A.C. Dios, oro y petróleo. Ed. Andrés Bello. Barcelona, 2001. Página 14.
[v] Con la sola excepción del embargo petrolero de 1973 atravesado por elementos económicos que exceden el ámbito de este artículo.
[vi] UNGER, C. Los Bush y los Saud. Editorial Planeta, Barcelona, 2004. Página 12.
[vii] Cfr. BEIT HALLAHMI, B. Israel connection. Ediciones B, Barcelona, 1998. Recordemos que la industria cinematográfica israelí ha dedicado una película, The Beast, a homenajear a la resistencia afgana anti- soviética.
[viii] Cfr. RAVIV, D y MELMAN, Y. Todo espía un elegido. Ed. Planeta, Buenos Aires, 1991.
[ix] DEROGY, J. y CARMEL, H. Israel ultra secreto. Ed. Planeta, Buenos Aires, 1990. Página 166.