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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


jueves, febrero 25, 2010

Sobre el choque de civilizaciones




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SOBRE EL CHOQUE DE CIVILIZACIONES: GEOGRAFÍA, DISCURSO Y PODER[1]
Kamal Cumsille M.
Universidad de Chile
Entidad múltiple y definiciones múltiples que, estemos de acuerdo o no con ellas, no han evitado que los términos Occidente y Oriente hayan sido prostituidos, repetidos sin interrupción y utilizados, en muchas ocasiones, en contextos totalmente confusos, generando de esta manera imágenes estereotipadas de uno mismo y de los otros.
Mohammed Nour Eddine Affaya, Occidente en el pensamiento árabe moderno[2].

Oriente y Occidente señalan fronteras, configuran imaginarios y protagonizan conflictos. Denotan la división del mundo en dos mitades, erigiendo una frontera mental que crea y recrea identidades, muchas veces negativas, en cuyo nombre se han llevado a cabo gran parte de las guerras que la historia ha conocido. Numerosas interpretaciones sugieren que, históricamente ha existido una especie de “dialéctica identitaria” que, desde las cruzadas confronta a Oriente y Occidente, en la cual, siendo escasos los momentos de comprensión y reconocimiento, ha predominado la dinámica de conflicto, la mayoría de las veces, bélico. En consecuencia, comprender la alteridad entre lo que se llama el Oriente árabe y Occidente, significa comprender que se trata de relaciones de poder. Pues la alteridad supone identidad, esto es, una identificación y una diferenciación, provenientes de articulaciones discursivas que obedecen, en cada momento de la historia, a estrategias diversas, y que producen efectos de poder, también diversos. Sin embargo, lo que aquí prendemos, es trascender el problema de la identidad y la alteridad, y situarnos en el terreno de una analítica del poder, lo que significa pensar políticamente unas realidades que se nos presentan como conflictos culturales, en lugar de pensar la dinámica política en una dimensión cultural. A este respecto, se nos plantean dos preguntas: la primera, ¿Por qué hablar de Oriente y Occidente?; la segunda, ¿En qué consisten estas relaciones de poder, y cómo hacer un análisis acertado de ellas?

Lo que en líneas generales queremos sugerir es que: en primer lugar, Oriente y Occidente son dos categorías totalizantes, y cuya utilización nos impide la comprensión de realidades culturales bastante diversas y complejas, y en consecuencia, nos sume en la ignorancia acerca de nosotros mismos como de nuestros muchos “otros”. En segundo lugar, la díada Oriente y Occidente obedece a estrategias de dominación bastante materiales y plausibles en el curso de la historia, en cuyos discursos se utiliza la diferenciación como estrategia con efectos de poder esperados - como también inesperados -, y que, a la vez, inducen una lectura de estas relaciones, que nos aleja de la posibilidad de comprender sus objetivos. En pocas palabras, Oriente y Occidente son dos categorías que analíticamente no nos dicen nada, pero que políticamente producen mucho.
Sobre el choque de civilizaciones

¿Por qué Oriente y Occidente? Probablemente el tema así planteado, retomó su relevancia política y mediática, a partir de ciertos hechos, como el tan manoseado 11 de septiembre de 2001, y las guerras y atentados que le han sucedido: Afganistán, Iraq, Madrid, Londres, Amman, entre otros. Estos hechos, han sacralizado la idea de un presunto choque de civilizaciones planteada por Samuel Huntington en su artículo de 1993 a modo de hipótesis en el marco de un proyecto del Olin Institute acerca de “Cambios en el entorno de seguridad e intereses nacionales estadounidenses”. Tras los atentados, la gran mayoría de los comentaristas entrevistados en medios nacionales e internacionales, no dudó en corroborar la hipótesis de Huntington en el sentido que, efectivamente estamos en presencia de un choque de civilizaciones[3]. Por lo tanto, es necesario revisar qué es lo que había dicho Huntington.

Al contrario de muchos que insisten en no dar importancia ni a Huntington ni a sus textos por su carencia de fundamentos y su discurso beligerante, consideramos que su productividad política es un motivo más que suficiente para estudiarlo, analizarlo y comentarlo, por lo que procederé a hacer una breve revisión crítica de los puntos centrales de su artículo Choque de civilizaciones.

Recién terminada la guerra fría, Huntington intentaba vislumbrar el nuevo patrón de los conflictos internacionales para los tiempos venideros, enunciando la siguiente hipótesis: “El carácter de las grandes divisiones de la humanidad como de la fuente dominante de conflicto será cultural. Las naciones estado seguirán siendo los agentes más poderosos en los asuntos mundiales, pero en los principales conflictos políticos internacionales se enfrentarán naciones o grupos de civilizaciones distintas; el choque de civilizaciones dominará la política mundial. Las líneas de ruptura entre las civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro”[4]. No obstante, esta tesis no es original de Huntington, ya que en 1990 el prominente orientalista[5] Bernard Lewis concluía su artículo Las raíces de la ira musulmana diciendo: “es indudable que hoy nos enfrentamos a una actitud y a un movimiento que trascienden con mucho el simple nivel de los intereses, las políticas y los gobiernos que los ejecutan. Se trata ni más ni menos, de un choque de civilizaciones: la reacción quizá irracional, pero sin duda histórica, de un rival antiguo contra nuestra herencia judeocristiana, nuestro presente secular y la expansión mundial de ambos”[6]. Es significativo el lugar privilegiado que Lewis da al tema civilizacional en la lucha política, pues pretende situarlo por sobre los intereses y las políticas que, como veremos más adelante, se determinan exactamente a la inversa. Además, este enfrentamiento civilizacional tendría según Lewis, una continuidad histórica, y sería una reacción hacia la expansión de los valores occidentales; todas estas ideas serán asumidas por Huntington.

Según el autor, las civilizaciones que configurarían el orden mundial post guerra fría serían: la occidental, confuciana, japonesa, islámica, hindú, eslava ortodoxa, latinoamericana, y posiblemente, la civilización africana[7]. Llama profundamente la atención, el reduccionismo en que incurre Huntington; como si se pudiera incluir en una misma civilización “islámica” a Indonesia, Malasia, y a los árabes, y como si entre éstos últimos no hubiera cristianos, que por lo demás pertenecen a distintas corrientes del cristianismo, ¿significa que los árabes cristianos ortodoxos quedan dentro de la civilización eslava ortodoxa, y los árabes católicos romanos dentro de la occidental?, Caben serias dudas sobre la consistencia de estos agrupamientos. Luego, la principal confrontación, sería entre el cristianismo occidental y el Islam junto con el cristianismo ortodoxo, la que se configuraría tras haber desaparecido la división ideológica de Europa, cuya línea de ruptura la sitúa geográficamente entre los territorios que históricamente pertenecieron a los Imperios de Europa Occidental y, a los Imperios Otomano y Zarista. A partir de esto, surge una primera interrogante hacia los mitos de la construcción de Occidente como una totalidad continua e inmutable: ¿acaso no perteneció Grecia, la cuna de la civilización occidental, al Imperio Otomano, siendo actualmente en un 90% ortodoxa, y miembro de la Unión Europea? ¿Cómo podría Occidente considerarse la síntesis de Grecia, Roma, Renacimiento, Reforma, Ilustración, Revolución Industrial y Democracia, a la vez que atribuirse una herencia judeocristiana, siendo que judaísmo y cristianismo nacen en Palestina? Si es como dice Huntington, entonces las bases de la civilización occidental están del otro lado de su línea de ruptura.
Entonces la pregunta que habría que hacerse es: ¿el choque de civilizaciones trasciende, como decía Lewis, los intereses y las políticas, o este presunto choque es un discurso político que se construye en función ellas?
La geografía imaginaria
A la idea de línea de ruptura entre las civilizaciones, habría que contraponer la noción de geografía imaginaria que Said desarrolló en Orientalismo, entendida como la arbitrariedad en que se incurre al momento de establecer las fronteras de nuestro territorio y el de los otros, los desconocidos, los lejanos, que serán los bárbaros. Al respecto dice: “la práctica universal de establecer en la mente un espacio familiar que es «nuestro» y un espacio no familiar que es el «suyo» es una manera de hacer distinciones geográficas que pueden ser totalmente arbitrarias”, y prosigue: “Utilizo la palabra «arbitrario» porque la geografía imaginaria que distingue entre «nuestro territorio y el territorio de los bárbaros» no requiere que los bárbaros reconozcan esta distinción”[8]. Así, Huntington parece ignorar la diversidad cultural, política, social y nacional que engloba esa gran entidad que él denomina civilización islámica, y esto se agrava aún más cuando se refiere a la confluencia confuciano/ islámica. Lo importante para él, es articular la diferenciación en torno a lo cultural/geográfico, de acuerdo a quienes en su interpretación, serían los futuros enemigos de su monolítico Occidente en la escena internacional. Si bien, el argumento intenta ser cultural, le es imposible desmarcarse de los problemas político militares, pues la confluencia entre Confucionismo e Islam, lejos de ser cultural, se basa en que, algunos de los países más importantes de estas dos civilizaciones, específicamente los casos de Irán y Corea del Norte, contestan al poderío occidental con el desarrollo de armas nucleares, mientras el Occidente aboga por la no proliferación y el desarme. A este respecto, habría que preguntarse qué hizo el Occidente promotor de la no proliferación cuando Israel se negó a firmar el tratado de no proliferación nuclear, o bien, si el proyecto de un escudo antimisiles en EEUU forma parte de su política de desarme. Entonces, ¿es la no proliferación un tema cultural, o un tema político estratégico, donde la tenencia de armas nucleares está dada por la alianza o disidencia con los intereses norteamericanos? Cabría hacerse la misma pregunta con respecto a la promoción de la democracia y los derechos humanos.

Huntington reafirma su tesis argumentando que Turquía jamás será parte de la Unión Europea, y que eso es porque son musulmanes, aunque no lo digan. Sin embargo, en cuanto al ingreso de dicho país a la Unión Europea, un tema que no es menor, son las fuertes críticas que ha recibido por las violaciones a los derechos humanos de los kurdos turcos, tema sobre el cual EEUU, el principal promotor “occidental” de los derechos humanos, guarda silencio por ser Turquía un aliado militar estratégico en la zona, de otra forma no se explica que sea parte de la OTAN pero no de la Unión Europea[9]. Respecto a la democracia y el laicismo sucede lo mismo, el derrocado régimen iraquí había que combatirlo por autoritario y por sus supuestos vínculos con Al Qaeda, o sea también fundamentalista, mientras que el régimen saudí - monarquía hereditaria y represiva, cuna y promotora del wahabismo, la ideología de Al Qaeda - continúa contando con el privilegio de ser un aliado de EEUU, lo que le da protección al régimen.
El discurso imperial

A esta articulación negativa y binaria del argumento de Huntington, habría que asociar los conceptos de “fijeza” y “estereotipo”, que según Hommi Bhabha, constituyen los aspectos estratégicos centrales del discurso colonial. Si bien, hoy resulta extraño hablar de colonialismo directo, puesto que está prácticamente extinguido, como dice Said: “el imperialismo persiste en uno de sus ámbitos de siempre, en una suerte de esfera general cultural, así como en prácticas sociales específicas, políticas, ideológicas y económicas”[10], y en consecuencia, el discurso de Huntington sería de corte imperial.

Para Bhabha, la “fijeza” – como construcción ideológica de la otredad, opera “como signo de la diferencia cultural/histórica/racial en el discurso del colonialismo, es un modo paradójico de representación: connota rigidez y un orden inmutable así como desorden, degeneración y repetición demónica. Del mismo modo el estereotipo, que es su estrategia discursiva mayor, es una forma de conocimiento e identificación que vacila entre lo que siempre está «en su lugar», ya conocido, y algo que debe ser repetido ansiosamente…”[11]. Según el autor, este proceso de ambivalencia es lo que da fuerza al discurso colonial, y es así también como el discurso de Huntington toma su fuerza. Las contradicciones y proposiciones inconexas acerca de supuestas alianzas y oposiciones entre diferentes culturas, parecen respaldar con bastante elocuencia la tesis que pretende probar. Así, se refiere al histórico conflicto entre el Islam y Occidente, el cual según él, data desde hace 1300 años, esto es desde el nacimiento del Islam en el siglo VII de nuestra era, abarcando las cruzadas, la conquista de Constantinopla por parte de los otomanos, la dominación anglo-francesa en el mundo árabe durante los siglos XIX y XX, y su manifestación más reciente sería la guerra del golfo de 1991, donde EEUU habría enviado un gran ejército a la península arábiga para defender a algunos países árabes de la agresión de uno de ellos[12]. La gran paradoja aquí es que, la guerra de 1991 se presenta como la fase más reciente de este enfrentamiento entre el Islam y Occidente[13], a pesar que fue una guerra donde sólo 4 de los 22 países árabes no participaron de la acción militar y diplomática en contra de Iraq. Cabe preguntarse ¿habrán cruzado los 17 países árabes restantes la línea de ruptura hacia el occidente?, y de ser así, ¿cómo se concilia esta visión con el argumento del mismo autor acerca de la negación del ingreso de Turquía a la Unión Europea por ser musulmanes?

Con la misma ambivalencia del estereotipo, Huntington afirma: “las fronteras del Islam están teñidas de sangre”[14], refiriéndose a una serie de conflictos, todos con historias y causas distintas, como enfrentamientos de los musulmanes con: “los judíos en Israel, o con los hindúes en la India”[15], entre otros. Pareciera que Huntington ignora que en Israel/Palestina, no se enfrentan musulmanes y judíos, sino palestinos – ya sean cristianos o musulmanes - contra israelíes, pues se trata de una ocupación militar y del despojo de un pueblo de sus derechos, sin embargo, el tratamiento que se le da, es el de una violencia desatada, producto de la ira musulmana contra Occidente. O como si el enfrentamiento entre musulmanes e hindúes en la India no fuera consecuencia del colonialismo británico; y por lo demás, ¿es que los hindúes son parte de Occidente, que se enuncia este conflicto como parte del choque? En consecuencia, el discurso de Huntington es ambivalente, reductivo y simplista, pero políticamente muy productivo, eficaz y seductor.
Analítica del poder: renunciar a la díada Oriente/Occidente

Nos centraremos, en adelante, en la segunda pregunta que esbozamos al comienzo: ¿En qué consisten estas relaciones de poder, y cómo hacer un análisis acertado de ellas? Hemos visto que las relaciones de poder que se despliegan en los conflictos internacionales tienen más que ver con múltiples intereses políticos, militares, económicos y estratégicos, que con un presunto choque de civilizaciones entre Occidente e Islam, lo que también nos ha hecho ver que las categorías de Occidente y Oriente, o de Occidente e Islam nos dicen muy poco respecto del despliegue de intereses y prácticas de dominación; que se trata más bien de relaciones de poder multiformes, y de tácticas, discursos e intereses entrecruzados. En consecuencia, un análisis apropiado de dichas relaciones de poder implica renunciar a la díada Oriente/ Occidente, implica reemplazar el modelo cultural por – como diría Foucault – el modelo del objetivo. En palabras del mismo Foucault, implica hacer un análisis ascendente del poder, que consiste en “partir de los mecanismos infinitesimales, que tienen su propia historia, su propio trayecto, su propia técnica y táctica, y ver después cómo esos mecanismos de poder, que tienen por lo tanto su solidez y, en cierto modo, su tecnología propias, fueron y son aún investidos, colonizados, utilizados, modificados, transformados, desplazados, extendidos, etcétera, por unos mecanismos cada vez más generales y unas formas de dominación global”[16]. Esto nos remite a la cuarta regla de método para el estudio del poder que propone el autor en su Historia de la sexualidad, llamada regla de la polivalencia táctica de los discursos, que consiste en “concebir el discurso como una serie de segmentos discontinuos cuya función táctica no es uniforme ni estable”[17]. Esta perspectiva, implica asumir que “no existe el discurso del poder por un lado y, enfrente, otro que se le oponga. Los discursos son elementos o bloques tácticos en el campo de las relaciones fuerza; puede haberlos diferentes e incluso contradictorios en el interior de la misma estrategia; pueden por el contrario circular sin cambiar de forma entre estrategias opuestas”[18].


Sólo así podemos comprender las dinámicas políticas internas de las sociedades, y sus relaciones de poder con otras, fuera de la concepción binaria que nos plantea Huntington como una oposición entre dos enormes entidades monolíticas y uniformes, como son Occidente e Islam, cuyo uso sólo nos aleja de la posibilidad de comprensión y de análisis complejo. Bajo la concepción de esta polivalencia táctica y el modelo del objetivo, podemos comprender, por ejemplo, la oposición de Francia y Alemania a la guerra que libró EEUU en contra de Iraq, con el apoyo de España e Inglaterra, y cómo dentro de cada uno de estos países partícipes de la guerra había fervientes opositores a la guerra, y no menos occidentales que sus promotores. Seguramente, Huntington diría que quienes se opusieron a la guerra, se oponían también a Occidente.

Así podemos entender, también, la existencia de corrientes modernistas europeizadoras, nacionalistas árabes, nacionalistas localistas, socialistas, feministas, reformistas islámicos, y fundamentalistas, dentro de ese gran Islam definido por Huntington, donde también habitan muchos cristianos, y donde cada una de estas corrientes y grupos, tiene intereses, discursos y tácticas diversas dentro de los mecanismos del poder. De otra manera, no se entiende uno de los grandes conflictos que marcaron el siglo XX árabe, como fue la guerra civil libanesa; seguramente Huntington lo atribuiría al choque entre cristianismo e Islam, ¿pero podría el mismo Huntington considerar occidentales a aquellos libaneses falangistas hablando en árabe? Podríamos seguir enumerando sociedades y conflictos acerca de los cuales podríamos entender mucho mejor su dinámica bajo esta concepción del poder y el discurso, pero con los citados parece suficiente. Lo importante es dejar planteada la cuestión metodológica: cambiar el modelo cultural por el modelo del objetivo, y entender el discurso en su polivalencia táctica.


Fuente: CUADERNOS DE ESTUDIOS ARABES
PRIMER SEMESTRE DE 2006 - CHILE
(Edición a cargo de Rodrigo Karmy)


[1] Versión ampliada y revisada de la ponencia Alteridad arabo-occidental: incomprensión y mal reconocimiento, presentada en el coloquio “Miradas Cruzadas: Texto-Imagen-Género” realizado en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile durante los días 2 y 3 de noviembre de 2005. Agradezco sinceramente a los organizadores del coloquio, en especial, a las profesoras María Eugenia Góngora y Margarita Iglesias por su invitación a participar de la Mesa “Oriente y Occidente”, sin la cual este artículo no hubiera sido posible.
[2] Affaya, Mohammed Nour Eddine. “Occidente en el pensamiento árabe moderno”. Colección Dossier-Daftar, ISSN: 1135-6448;1. Cidob, Barcelona, 1995.pp. 59-77
[3] Llama la atención que el mismo Huntington se mostró bastante cauteloso con respecto a esta reafirmación de su hipótesis, sin embargo, los comentaristas internacionales hicieron caso omiso de la cautela del autor.
[4] Huntington, S. ¿Choque de Civilizaciones?, Foreign Affairs en español, verano de 1993.p.1
[5] Nos referimos a Lewis como orientalista en relación a las acepciones que Edward Said dio al término. Said plantea tres significados de lo que él llama Orientalismo. La primera acepción, y la más aceptada, es la académica, es decir, “alguien que escriba, enseñe o investigue sobre Oriente, es un orientalista, y lo que él hace, es Orientalismo”. Una segunda acepción, más general, es entender el Orientalismo como “un estilo de pensamiento que se basa en la distinción ontológica y epistemológica que se establece entre Oriente y Occidente”, así, dice Said, “una gran cantidad de escritores han aceptado esta diferencia básica para elaborar teorías, novelas, descripciones sociales e informes políticos sobre Oriente, su gente, sus costumbres, su mentalidad, etc.”. El tercer significado que da Said sobre Orientalismo es: “una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él”; en resumen dice: “el Orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente” (Said, Edward, Orientalismo. Editorial Debate, Barcelona, 2002.pp.20-21). La actividad de Lewis se condice con los tres significados de Orientalismo, mientras que, en Huntington, sólo encontramos las dos últimas.
[6] Lewis, B. Las raíces de la ira musulmana. The Atlantic Monthly, Vol.266, septiembre de 1990, p.60
[7] Huntington, Choque de civilizaciones, op.cit.p.3
[8] Said, E. Orientalismo, Op.cit..p.87
[9] Cabe mencionar que las violaciones a los derechos humanos de los kurdos, fue uno de los principales argumentos para la invasión norteamericana de Iraq, mientras que los derechos humanos de los kurdos de Turquía parecieran no importar. Al respecto, desde el punto de vista norteamericano, se podría argumentar que, Iraq tenía un régimen totalitario, lo que también era un poderoso argumento para la invasión, mientras que Turquía es una democracia. Sin embargo, habría que recordar que Turquía sigue siendo una democracia tutelada por los militares, quienes en un órgano consultor con poder de veto sobre importantes temas, ejercen la función de guardianes de la ideología nacionalista de Mustafa Kemal.
[10] Said, E. Cultura e Imperialismo. Anagrama, Barcelona, 1996.p.43
[11] Bhabha, H. El lugar de la cultura., Manantial, Buenos Aires, 2002.p.91
[12] Huntington, Op.cit.pp.6-7
[13] Quienes adhieren a la tesis de Huntington, como señalamos al principio de este trabajo, entendieron el 11S como la fase más reciente de este choque de civilizaciones. Obviamente, dada la fecha de publicación del texto de Huntington, no hay ni podría haber referencia a este hecho. Sin embargo, tal como señalamos más arriba, Huntington se tomó con mucha cautela la posibilidad de que el 11S fuera la confirmación de su Choque de Civilizaciones.
[14] Ibid.p.9
[15] Ibidem.
[16] Foucault, M. Defender la Sociedad, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000.p.39
[17] Foucault, M. Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber. Siglo Veintiuno Editores, Argentina, 2003.p.122
[18] Ibid.p.124