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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


jueves, agosto 01, 2013

El rumor de las alas de Gabriel - Sohravardi



                                                                                      



El rumor de las alas de Gabriel

Sohravardi

 

Presentación por Henri Corbin

 
Su título y su comienzo asignan a este relato el lugar en que aquí lo colocamos. “El rumor de las alas de Gabriel” forma de alguna manera el segundo acto de “el encuentro con el ángel” . Como el relato precedente, constituye una iniciación dispensada por el ángel: revelación de los mundos superiores y del itinerario espiritual que hay que seguir para hacerse presente en esos mundos. Ésa es la razón de que en este relato, como en el anterior, el “encuentro con el ángel” tenga lugar al principio. En el “Relato del exilio occidental”, que vendrá después, el encuentro con el ángel se producirá al final, como culminación del “tercer acto”.

 

La figura central es aquí, como en el relato anterior, la del Ángel Espíritu Santo, que es el Ángel del género humano (el Anthropos celestial), al que los filósofos designan como Inteligencia agente. Los tratados precedentes han mostrado ya la importancia de esta figura, tanto para la filosofía como para la doctrina espiritual de Sohravardi. El Tratado XV subrayará también esa importancia.

 

Ciertamente, el papel de este Ángel Espíritu Santo, “arcángel teñido de púrpura” , hay que entenderlo en el corazón de una cultura espiritual en la que aparece como ángel inspirador de los profetas y, a la vez, iluminador de los filósofos. Es entre los ishráqíyún lo que es el Imam entre los gnósticos chiitas. De ahí las frecuentes evocaciones de la cristología. Por él los filósofos son conducidos a la culminación de la sabiduría divina integral, esa teosofía que Sohravardi concibe como la conjunción en su cima de un perfecto conocimiento filosófico y una experiencia mística real. Habría por lo tanto que realizar toda una investigación angeleológica referente a la persona y el papel del ángel Gabriel en la profetología y en la filosofía. Habría lugar para hablar, según los hadith, de una vida de intimidad del profeta del Islam con el Ángel de la Revelación. Los modos de aparición del ángel, el “estilo” de sus angelofanias, deberían ser objeto de una descripción fenomenológica tan completa como fuera posible, en cuanto a las “intencionalidades” de las que son correlativos esos modos de aparición.

 

 

Como se sabe, el ángel se apareció con frecuencia al profeta del Islam bajo la forma del bello adolescente árabe Dahyá al-Kalbi, sin que por supuesto los compañeros del Profeta advirtieran su aparición. En Sohravardi el estilo de las epifanías del ángel es sumamente sobrio, incluso austero. En los tres actos del “encuentro con el ángel” éste aparece con los rasgos de un sabio de eterna juventud, cuya blanca cabellera anuncia su pertenencia al mundo de la Luz. Nada más se nos dice de su aspecto. La sobriedad de los rasgos de la aparición contrasta con la emotividad de las descripciones visionarias que contiene el Diarium spirituale de Rúzbehán Baqíl de Shíráz (606/1209). También ahí el ángel Gabriel desempeña un papel preeminente. Su aparición entre otros ángeles destaca en colores magníficos: “En la primera fila de la asamblea vi a Gabriel, semejante a una novia, semejante a la Luna entre las estrellas; su cabellera era como la de una mujer, dispuesta en trenzas muy largas. Llevaba un vestido rojo con bordados verdes” . O también: “Entre ellos estaba Gabriel, el más bello de los ángeles. Las trenzas de sus cabellos eran semejantes a las de las mujeres. Los rostros de los ángeles, como rosas rojas” (recuérdese aquí al “Arcángel teñido de púrpura” de Sohravardi). “Y vi a Gabriel con una gracia y una belleza que no puedo describir”. En otro lugar Rúzbehán habla del “ala de Gabriel que es el alma”.

 

Como el anterior, el presente relato es a la vez relato visionario y relato de iniciación, en el sentido de que el personaje sobrenatural de la aparición asume de un extremo al otro el papel de iniciador a una doctrina. Hemos evocado anteriormente a este respecto la idea de un ritual de iniciación. Después del prólogo, en el que el autor nos recuerda las circunstancias que le determinaron a poner por escrito el relato, éste aborda los temas que componen el “discurso de iniciación” del sabio. Hemos distinguido diez que, para mayor claridad, enumeramos a continuación.

 

1) La salida durante la noche es simultáneamente una entrada en el khángáh. Esta palabra designa corrientemente el lugar en que se reúnen los sufíes. Designa aquí al hombre interior, el “templo” interior donde se produce el encuentro con el ángel que allí reside. Este khángáh interior tiene en efecto dos puertas: una da al mundo espiritual (la vasta llanura, el desierto), y la otra al mundo de las cosas sensibles. La apertura y el cierre de la primera nos llevan a recordar la metafísica de la Imaginación activa.

 

2) Un mismo recuerdo será motivado por el tema de Ná-kojá­ábád, el “país del no-dónde” . Es de ahí de donde viene el ángel (en Avicena viene del “Templo” , Bayt al-Maqdis). El ángel que aparece en este limite es el hermeneuta del silencio de los mundos superiores, tipificados en la persona de las Inteligencias jerárquicas, designadas a continuación como los Verbos divinos cuyo sentido no se ha revelado todavía a los hombres.

 

3) Paso de los cielos de la astronomía física (tipificados en el cuenco de once compartimentos) a los cielos espirituales por la vía del khángáh como ciudad interior personal.

 

4) Iniciación a la segunda jerarquía angélica, a la manera en que las Animae caelestes proceden respectivamente de cada Inteligencia y a la manera en que las almas humanas proceden de la décima de esas Inteligencias, que es Gabriel, Inteligencia agente y Ángel de la humanidad, y, en consecuencia, “padre” de la misma.

 

5) Iniciación a la manera en que el ángel llega a estar presente en el khángáh del visionario, es decir, en el ser interior del hombre, seguida de una alusión a lo que significa la ciencia de la costura.

 

6) Iniciación a la “ciencia de las letras” ('ilm al-horuf), que es el alfabeto o álgebra filosófica practicada por los cabalistas de las tres grandes “comunidades del Libro” y que, al ejercerse sobre el Verbo divino fijado en la letra del Libro revelado, orienta el diálogo hacia el concepto y la génesis de los Verbos divinos.

 

7) Iniciación a la doctrina de los Verbos divinos que, esbozada en el Tratado V, adquiere aquí toda su amplitud: las tres categorías de los Verbos (mayores, medianos, menores). La noción de Verbo como eje de la identificación entre la Inteligencia (el Nous) y el Espíritu motiva una evocación de la cristología angelomórfica ya indicada en los tratados precedentes. Esto mismo conduce al visionario a plantear la pregunta decisiva referente al ser del Ángel Espíritu Santo.

 

8) La respuesta se facilita entonces en la explicación del simbolismo de las dos alas de Gabriel (que habla aquí de si mismo en tercera persona): el ala derecha o ala de la luz, y el ala izquierda o ala entenebrecida. Las almas humanas proceden de la primera; el mundo de la ilusión, de la segunda. El décimo ángel asume aquí el mismo papel que el Adán espiritual (el Anthropos celestial) en la gnosis ismailí.

 

9) Las ciudades del mundo de la ilusión son “recogidas” . El Verbo menor (el alma humana pensante) permanece como todos los Verbos de Dios.

 

10) El final del relato se anuncia con el comienzo del día profano. La puerta del khángáh que da al mundo espiritual se cierra. Se abre de nuevo la puerta que da a la ciudad de este mundo. El autor queda inconsolable por la desaparición de su visión.

 

La numeración de los temas aquí propuesta, de 1 a 10, se mantiene tanto en nuestra traducción del relato como en el comentario que le sigue. Será fácil por tanto conjugar la lectura de ambos. 

 

El rumor de las alas de Gabriel

 

Se debe celebrar sin cesar la santidad del Eterno y de nada más. Glorificada sea su condición sublime, sin asociación de nada más. Acción de gracias al Santísimo, pues la ipseidad de cualquiera que es capaz de designarle como “Él” deriva de Su ipseidad. Y el ser de todo lo que, siendo, podría no ser, existe por Su ser que no puede no ser. Bendición y alabanza al alma del Maestro (el profeta Mohammad), cuya pureza irradia una luz que resplandece en los dos horizontes, y cuya Ley irradia brillando hasta los orientes y los occidentes. Bendición sobre sus compañeros y sus aliados.

 

Prólogo


Hace dos o tres días, en un grupo de gente cuya percepción visual y su visión interior estaban oscurecidas por esa oftalmía que se llama beatería, alguien, muy mal informado respecto de los antiguos shaykhs, profería palabras insensatas, vituperando la dignidad eminente de los maestros e Imames de la vía mística. Entonces, aquel personaje, para agravar aún más su actitud negativa, empezó a burlarse de los términos técnicos que usan los maestros espirituales de época reciente. Llevó su obcecación hasta pretender contar una anécdota referente al maestro Abú 'Ali Fármadhi, que Dios lo tenga en su misericordia5. Se había preguntado al maestro: “¿Cómo es que los vestidos-de-azul designan algunos sonidos como el "rumor de las alas de Gabriel"?”. El maestro respondió: “Sabe que la mayor parte de las cosas de las que tus sentidos son testigos, son otros tantos rumores de las alas de Gabriel". Y añadió, dirigiéndose a su interlocutor: “Tú mismo eres un rumor de las alas de Gabriel” . Nuestro pretencioso impugnador se obstinaba vanamente en preguntar: “¿Qué sentido pueden tener semejantes palabras, que no son sino desatinos adornados por un falso brillo?” .

 

Llegada su temeridad a este punto, me dispuse, por amor a la verdad, a hacer frente a su furor con pareja vehemencia. Rechacé con un movimiento de hombros el esquema global de su consideración; me arremangué las mangas de la paciencia y me puse sobre las rodillas de la sagacidad. Para provocarle, le traté de hombre estúpido y vulgar. “¡Mira! -le dije- Con una firme decisión y un juicio pertinente, voy a explicarte lo que es el rumor de las alas de Gabriel. Si eres digno del nombre de hombre, si tienes la inteligencia de un hombre, trata de comprender” .Por eso he dado como título a estas páginas “El rumor de las alas de Gabriel” . 

 

 

Aquí comienza el relato

 


1. Logré en determinado momento abrirme paso para salir del apartamento de las mujeres y liberarme de las trabas y el cinturón propio de los niños. Era una noche en la que una oscuridad negra como el azabache cubría la bóveda celeste. La tiniebla, que es la fraternal aliada del no-ser, se extendía hasta los confines del mundo inferior. Los asaltos del sueño me habían sumido en la desesperación. Presa de la inquietud, cogí una vela y me dirigí hacia los hombres de nuestro palacio. Aquella noche, deambulé en círculos ritualmente hasta que despuntó la aurora. De repente, me asaltó el deseo de visitar el khángáh de mi padre. El khángáh tenía dos puertas: una daba a la ciudad; la otra, al jardín y a la inmensa llanura.

 

Fui allí. Cerré firmemente la puerta que daba a la ciudad y, una vez cerrada, me dispuse a abrir la puerta que daba a la inmensa llanura. Abrí el cerrojo y miré atentamente. Entonces vi a diez sabios (pir), de hermosa y amable fisonomía, cuyos respectivos lugares formaban un orden jerárquico ascendente. Su aspecto, su magnificencia, su majestad, su nobleza, su esplendor, me dejaron completamente maravillado, y ante su gracia, su belleza, su nívea cabellera, su comportamiento, se apoderó de mí tal estupor que perdí el uso de la palabra. Presa de un temor inmenso y temblando de pies a cabeza, daba un paso adelante para dar de inmediato otro hacia atrás. Me dije a mi mismo: “¡Valor! Dirígete a ellos, que sea lo que Dios quiera” . Paso a paso, comencé a avanzar.

 

Me disponía a saludar al sabio que estaba en el extremo de la fila, pero precisamente su extremada bondad natural le hizo adelantarse a mí, y me dirigió una sonrisa tan llena de gracia que sus dientes se hicieron visibles en mi pupila.

 

2. A pesar de la afabilidad de su actitud y de su disposición, el temor reverencial que me inspiraba seguía predominando en mí.

 

-Yo: En dos palabras, dime, ¿desde dónde se han dignado venir esos nobles señores?


-El sabio: Somos una cofradía de seres inmateriales (mojarradán). Todos nosotros venimos de Ná-kojá-ábád (“el país del no-dónde”).

 

Yo no llegaba a comprender.

-Yo: ¿A qué clima (aqlim) pertenece esa ciudad?
-El sabio: A un clima cuyo camino no puede indicarse con el dedo.
Entonces comprendí que era un sabio, cuyo elevado conocimiento penetraba hasta el fondo de las cosas.

-Yo: Por misericordia, instrúyeme. ¿En qué ocupáis fundamentalmente vuestro tiempo?
-El sabio: Sabe que nuestro trabajo es la costura. Además, somos los guardianes del Verbo de Dios (Kalám-e Khodá), y hacemos largos viajes.
-Yo: Esos sabios que se sientan por encima de ti, ¿por qué observan un silencio tan prolongado?
-El sabio: Porque en la situación en que te encuentras tú y tus semejantes, no estáis en condiciones de entrar en relación con ellos. Yo soy su intérprete (su “lengua”), pero ellos no pueden conversar contigo y con tus semejantes.

 

3. Vi un gran cuenco invertido sobre la superficie terrestre. (Su concavidad) tenía once compartimentos o niveles (encajados unos en otros). En el centro había una cierta cantidad de agua, y en medio del agua una pequeña cantidad de arena inmóvil. Algunos animales se movían por esa extensión de arena. A cada uno de los nueve niveles superiores de ese cuenco de once compartimentos estaba fijado un broche luminoso, excepción hecha no obstante del segundo nivel (segundo a partir de arriba, octavo a partir de abajo), en el que había una multitud de broches luminosos, dispuestos a la manera de esos cordones de turbante del Magreb, que utilizan los sufies. En cuanto al primer nivel (primero a partir de arriba, noveno a partir de abajo), no había en él ningún broche. Con todo esto, el cuenco tenía la redondez perfecta de una bola; no presentaba ninguna grieta, y en la superficie de cada uno de sus pisos no había hendidura ni intersticio. Ninguno de esos once niveles tenía color ninguno, y en razón de su estado extremadamente sutil, nada de lo que se encontraba en su concavidad estaba oculto. Era imposible abrirse paso para atravesar los nueve compartimentos superiores. En cambio, los dos niveles inferiores podían ser fácilmente desgarrados y atravesados.

 

-Yo: ¿Qué es ese cuenco?

-El sabio: Sabe que el primer (O noveno) compartimento, cuyo volumen es más considerable que el de los demás, es el del sabio que está por encima de todos y a él incumbe su ordenación y organización. Para el segundo (u octavo a partir de abajo), está el segundo sabio. Para el tercero (O séptimo), está el tercer sabio, y así sucesivamente hasta que se llega hasta mi. Son esos compañeros y amigos, en número de nueve, quienes han producido esos nueve compartimentos, debidos a su actividad y su arte. En cuanto a los dos niveles inferiores, con ese poco de agua y esa arena en el centro, soy yo quien los ha producido. Como el arte constructivo (de los nueve sabios superiores) es más poderoso y sólido que el mío, lo que es producto de su arte no puede ser desgarrado ni perforado. Por el contrario, lo que es producto de mi arte puede ser fácilmente desgarrado.
-Yo: ¿Qué relación tienen contigo esos otros sabios?

-El sabio: Sabe que el sabio que tiene su estera de oración sobre el pecho es el shaykh, maestro y educador del segundo sabio, que está situado inmediatamente después de él; ha inscrito a ese segundo sabio en el registro de sus discipulos. Lo mismo sucede con el segundo sabio con respecto al tercero; con el tercero respecto del cuarto, y así hasta que se llega hasta mi. En cuanto a mi, es el noveno sabio el que me ha inscrito en el registro de sus discípulos; él me ha dado la investidura del manto (khirqa) y me ha conferido la iniciación.

 

4.-Yo: ¿Tenéis hijos, posesiones o algo de ese tipo?

-El sabio: No tenemos esposa, pero tenemos un hijo cada uno; poseemos cada uno una muela, y hemos confiado una muela a cada niño para que cuide de ella. En cuanto a esas muelas que nosotros hemos construido, no las miramos nunca. Son nuestros hijos quienes se ocupan de su conservación y funcionamiento. Cada uno de ellos tiene uno de sus ojos puesto en la muela que vigila, mientras mantiene el otro perpetuamente fijado en su padre. En cuanto a mi, mi propia muela tiene cuatro niveles, y mis hijos son tan numerosos que los hombres de cálculo más ingeniosos son incapaces de hacer su censo. A cada instante me nace un cierto número de hijos. Envío a cada uno a su muela respectiva; para cada uno hay un lapso de tiempo determinado, durante el cual tiene el encargo de mantener la muela que le ha sido confiada. Cuando su tiempo ha terminado, vienen a mi y ya no se separan nunca de mí. Otros niños nacidos a continuación se dirigen a su vez a sus muelas respectivas; todo sucede según la misma regla. Pero, puesto que mi muela es sumamente estrecha, y muchos son los escollos y los lugares peligrosos en esos parajes, no se puede concebir que ninguno de mis hijos tenga ganas de volver allí una vez que ha cumplido su turno de guardia y ha abandonado esos lugares. En cuanto a los otros sabios que están por encima de mí, cada uno de ellos tiene un hijo único, sin más. Ese hijo es el responsable de la buena marcha de la muela, y persevera sin descanso en su ocupación. El hijo de cada uno de esos sabios es por sí solo más fuerte y poderoso que la totalidad de mis hijos. Así también, la provisión de mis hijos y de sus muelas les es proporcionada por las muelas y los hijos de esos sabios.

 

-Yo: En cuanto a ti, ¿cómo tiene lugar esa multiplicación de hijos por generación sucesiva, siempre en perpetua renovación?

-El sabio: Sabe que en mi estado y modo de ser propio yo no sufro cambio ni alteración. No tengo esposa. Sin embargo dispongo de una sirviente abisinia. Jamás la miro. Ningún movimiento surge de mí. Lo que sucede es esto: la joven negra tiene su lugar en el centro de las muelas. Su mirada está consagrada a la observación de esas muelas, de su revolución y rotación. En la mirada y la pupila de la joven aparecen (se reflejan), tantas rotaciones como movimientos realizan las piedras (la muelas). Cada vez que en el curso de la rotación de las muela la pupila de la muchacha negra y su mirada se dirigen a mi y me encuentran frente a frente, un niño es actualizado por mí en su seno, sin que yo haga ningún movimiento ni sufra ninguna alteración.

-Yo: Esa contemplación, ese encuentro, ese frente a frente ¿cómo hay que entenderlo?
-El sabio: Todo lo que se quiere decir con esas palabras es una cierta aptitud, un cierto grado de preparación. Nada más.

 

5.-Yo: ¿Cómo se explica que hayas bajado a este khángáh, cuando reivindicas explícitamente la ausencia de movimiento y de alteración en ti?

-El sabio: ¡Oh corazón simple! El Sol brilla perpetuamente en el cielo. Y si un ciego no tiene conciencia ni percepción ni sentimiento de la presencia del Sol, el hecho de que no lo perciba no implica en absoluto que el Sol no exista, ni que se haya detenido en su camino. Si la limitación desaparece en el ciego, no deberá preguntar al Sol: “¿Por qué antes no estabas en este mundo? ¿Por qué no te preocupabas de tu movimiento circular?” , puesto que el Sol es constante en la perpetuidad de su movimiento. No; está en la condición del ciego, no en la condición del Sol, que el cambio se produzca. También nosotros (los diez sabios) formamos eternamente esta jerarquía. El hecho de que tú no nos veas no es en absoluto una prueba de nuestra no­existencia, como tampoco, si llegas a vernos, indica eso un cambio y una mutación de nuestra parte. El cambio está en ti, es en tu propio estado donde ocurre.

 

-Yo: ¿Decís vosotros oraciones e himnos a Dios?

-El sabio: No. El hecho de que seamos testigos oculares, inmersos en la Presencia divina, no nos deja tiempo para practicar un culto. Por otra parte, si existe un servicio divino, no es con la lengua ni con los miembros como se satisface; ni el movimiento ni la agitación tienen parte en él.

-Yo: ¿No me enseñarás la ciencia de la costura?

-El sabio, sonriendo: ¡Ay!, tus semejantes y congéneres no pueden alcanzarla. Esta ciencia no es accesible a la especie a la que perteneces, pues nuestra costura no implica ni acción ni herramienta. Sin embargo, te enseñaré lo suficiente de esta ciencia de la costura para que, si un día debes reacomodar tu tosca vestimenta y tus harapos desgarrados, puedas hacerlo.

Y me enseñó esa medida suficiente.

 

6.-Yo: Enséñame ahora el Verbo de Dios (Kalam-e Khodá).

-El sabio: La distancia es inmensa, pues en tanto permanezcas en esta ciudad, no puedes aprender gran cosa con respecto al Verbo de Dios. Sin embargo, lo que te sea accesible, te lo enseñaré.

Enseguida cogió mi tablilla y me enseñó un alfabeto maravilloso en grado sumo, hasta el punto de que con ese alfabeto yo podía comprender cualquiera de las suras coránicas.
-El sabio: A quién no conoce este alfabeto, jamás se le revelarán los secretos del Verbo de Dios. En cambio, se manifiesta superioridad y profundidad de pensamiento en quien conoce a fondo todos los modos de este alfabeto.
A continuación aprendí la ciencia del abjad (la ciencia del valor numérico de las letras). Después de haber llevado a cabo este estudio, cubrí completamente de signos la tablilla, tanto como me permitía mi capacidad y en la medida en que mis pensamientos se elevaban en una ascensión celestial. Tantas cosas maravillosas me aparecieron entre las significaciones secretas del Verbo de Dios (el Libro revelado), que no pueden expresarse en los límites de una explicación. Cada vez que surgía una dificultad, se la presentaba al sabio, y la dificultad era inmediatamente resuelta. En un momento dado, la conversación giró sobre el soplo del pneuma. El sabio me mostró que también ese soplo procedía del Espíritu Santo.
-Yo: ¿Pero cómo comprender la correspondencia entre los dos?
-El sabio: Todo lo que desciende a las cuatro partes del mundo inferior, procede de las “alas de Gabriel”.

 

7. -Yo: ¿Cuál es, pues, la constitución de las cosas?

-El sabio: Sabe que el Dios Altísimo tiene un cierto número de Verbos mayores (Kalimát-e kobrá), que emanan del resplandor de su augusta Faz. Esos Verbos forman un orden jerárquico. La primera Luz que emana es el Verbo supremo, de modo que ningún otro Verbo es superior. Su relación con los otros Verbos, en cuanto a luz y esplendor epifánico, es semejante a la relación del Sol con los otros astros. Eso es lo que significa esta frase de nuestro Profeta: “Si la Faz del Sol se hubiera manifestado, se adoraría al Sol, no a Dios”. De la irradiación de luz de ese Verbo procede otro Verbo, y así uno por uno, hasta que su número está concluido. Esos son los Verbos perfectos (Kalimát támmát).

 

El último de esos Verbos es GABRIEL, y los espíritus humanos emanan de ese último Verbo, tal como lo dice nuestro Profeta en un largo hadith referente a la profunda naturaleza inicial del hombre (fitrat-e ádami): “Dios envía un ángel que insufla el Espíritu en él”. Y en el Libro de Dios, después de estas palabras: “Dios ha creado al hombre con arcilla, luego ha asegurado la reproducción de su descendencia con el agua vil” (32, 7-8), el texto prosigue: “Después concluyó e insufló en él su espíritu” (32, 9). Y con respecto a Maryam se ha dicho: “Hemos enviado a ella nuestro Espíritu” (19, 17). Ahora bien, ese Espíritu, ese Verbo, es GABRIEL. También Jesús es llamado Espíritu de Dios (Ruh Alláh). Además, es llamado “Verbo” y también “Espíritu” , según dice este versículo: “En verdad Cristo, hijo de Maryam, es el Enviado de Dios, su Verbo que él proyectó en Maryam, un Espíritu emanado de él” (4, 169. El versículo lo llama por tanto a la vez “Verbo” y “Espíritu” . En cuanto a los humanos (ádamiyun, los adámicos), son una sola y misma especie. Aquel que tiene el Espíritu (Rúh) es eo ipso Verbo (Kalima) o, mejor dicho, esos dos nombres no designan más que una sola y misma realidad y esencia, en lo que concierne al ser humano. Del último de los Verbos mayores (Gabriel, el Espíritu Santo) proceden innumerables Verbos menores (Kal¡máte soghrá). Eso es lo que indica el Libro divino cuando dice: “Los Verbos de Dios son inagotables” (31, 26)32. Y también: “Se agotará el océano antes de que se agoten los Verbos de mi Señor” (18, 109). Todo ha sido creado del resplandor de luz de ese Verbo mayor que es el último (el décimo) de la jerarquía de los Verbos mayores, tal como se dice en la Torah: “Yo he creado de mi Luz los Espíritus que enciende el ardiente deseo”. Ahora bien, esta Luz es el Espíritu Santo. Tal es igualmente el sentido de las palabras que se refieren del profeta Salomón. Alguien le dijo: “¡Oh mago!”. Él respondió: Yo no soy un mago; no soy más que un Verbo entre los Verbos de Dios”.

 

Por último, el Dios Altísimo tiene igualmente Verbos medianos (Kalimát-e wostá). En cuanto a los Verbos mayores, son aquellos a los que se refiere el Libro divino cuando dice: “Y por aquellos que avanzan los primeros” (79, 4). Pero las palabras del versículo siguiente, “Y por aquellos que son los ministros de un orden” (79, 5)37, designan a los ángeles que ponen en movimiento las esferas celestes (los Angeli caelestes), y que son los Verbos medianos. Igualmente también este versículo coranico:

 

“Somos los colocados en grados jerárquicos” (37, 165), designa a los Verbos mayores39, mientras que el versículo siguiente, “Somos los glorificantes” (37, 166), designa a los Verbos medianos. Por eso en el glorioso Corán la mención de los “jerárquicos” viene siempre la primera, por ejemplo en estos versículos: “Y por aquellos que están colocados en grados jerárquicos. Y por aquellos que rechazan” (37, 1-2). Pero la profundidad de todo esto es tan inmensa que no es éste el lugar para hablar de ello. La palabra “Verbo” tiene igualmente en el Corán el sentido de “relativo a un secreto” (sirrí), por ejemplo en este versículo: “Cuando su Señor probó a Abraham por ciertos Verbos” (2, 118). La explicación se te dará en otra ocasión.

 

8.-Yo: Enséñame ahora qué son las alas de Gabriel.

-El sabio: Sabe que GABRIEL tiene dos alas. Está el ala derecha, que es luz pura. Esta ala es, en su totalidad, la única y pura relación del ser de Gabriel con Dios. Y está el ala izquierda, sobre la que se extiende una cierta marca tenebrosa que se asemeja al color rojizo de la Luna cuando sale, o a la de las patas del pavo real. Esta marca tenebrosa es su poder-ser (shá­yad~búd), que tiene un lado vuelto hacia el no-ser (puesto que es eo ipso poder-no-ser). Cuando consideras a Gabriel en cuanto a su acto de ser por el ser de Dios, su ser tiene la cualificación del ser necesario (báyad-búd, puesto que, bajo este aspecto, no puede no ser). Pero cuando lo consideras en cuanto al derecho de su esencia en sí misma, ese derecho es también un derecho al no-ser, pues ese derecho está unido al ser que no es en si mismo más que poder ser (y eo ipso poder-no-ser).

Estos dos significados corresponden respectivamente a las dos alas de Gabriel. Su relación con el Ser necesario es el ala derecha (yamani). El derecho inherente a su esencia considerada en si (independientemente de su relación con el Ser necesario) es el ala izquierda (yasrá). Y así el Dios Altísimo afirma: “Toma por mensajeros a los ángeles provistos de alas en número de dos, tres o cuatro” (35, 1). El dos tiene preeminencia por el hecho de que entre todos los números el dos es el más cercano a la unidad. Vienen a continuación el tres, el cuatro, etc. Asimismo el ángel que tiene dos alas es superior al que tiene tres y al que tiene cuatro. Sobre todo esto, se dan numerosos detalles en las ciencias metafísicas y teosóficas, pero el entendimiento del profano no puede acceder a ellas como conviene.

 

 

Cuando del Espíritu Santo (es decir, del ala derecha de Gabriel) desciende un rayo de luz, ese rayo de luz es el Verbo llamado menor (Kalima-ye soghrá, el alma humana). Esto mismo es lo que dice el Dios Altísimo cuando afirma: “El Verbo de aquellos que son incrédulos es el Verbo de abajo, mientras que el Verbo de Dios es el Verbo más alto de arriba” (9, 40). Pues los incrédulos también tienen un Verbo, aunque éste sea un eco, una mezcla, pues también ellos tienen alma.
Y del ala izquierda de Gabriel, aquella que implica una cierta medida de tinieblas, desciende una sombra, y de esta sombra procede el mundo del espejismo y la ilusión, como dice esta sentencia de nuestro Profeta: “Dios ha creado a las criaturas en las tinieblas, después ha derramado sobre ellas su Luz”. Las palabras “Dios ha creado a las criaturas en las tinieblas” son una alusión a la sombra del ala izquierda de Gabriel, mientras que las últimas: “Después ha derramado sobre ellas su Luz”, son una alusión al rayo de luz que emana de su ala derecha. Y en el glorioso Corán se dice: “Él ha instaurado las Tinieblas y la Luz” (6, 1) Estas tinieblas que le son referidas por las palabras “ha instaurado” son, se puede decir, el mundo de la ilusión (la sombra del ala izquierda de Gabriel), mientras que esa Luz mencionada en el mismo versículo es el resplandor del ala derecha de Gabriel, porque cada rayo de luz que cae en el mundo de la ilusión emana de su Luz. Connotando el mismo sentido que las palabras del Profeta: “Después ha derramado sobre ellas su Luz”, existe este versículo coránico: “Hacia él sube el Verbo excelente” (35, 11). Pues en efecto este Verbo proviene de esa irradiación. Y en el versículo “¿No sabéis a qué compara Dios un Verbo excelente?” (14, 29) se trata igualmente del Verbo noble y luminoso, quiero decir del Verbo menor (el alma humana). Si este Verbo luminoso no fuera de una extrema nobleza, ¿cómo efectuaría su ascensión hacia la Majestad divina?

 

El indicio de que “Verbo” (Kalima) y “Espíritu” (Rúh) tienen un solo y mismo sentido se encuentra en el hecho de que de una parte se haya dicho: “Hacia Él sube el Verbo excelente” (35, 11) y que en otra parte se diga también: “Hacia él suben los ángeles y el Espíritu” (70, 4). Ambos vuelven “hacia Él” , glorificado sea su poder. Y éste es precisamente también el sentido del “alma apaciguada” en ese versículo en que se dice: “Oh, tú, alma apaciguada, vuelve a tu Señor, aceptadora y aceptada” (89, 28).

 

El mundo de la ilusión es, pues, el eco y la sombra del ala de Gabriel, quiero decir, de su ala izquierda, mientras que las almas de luz emanan de su ala derecha. Igualmente emanan también de su ala derecha verdades y realidades espirituales (haqá'iq) que se proyectan en las conciencias, tal como se ha dicho: “Ha grabado la fe en su corazón y los reconforta por un Espíritu que viene de él” (58, 22). También la llamada sacrosanta, a la que hace alusión este versículo: “Y nosotros le hemos llamado diciendo: Oh Abraham” (37, 104), y otros versículos similares, todo ello proviene del ala derecha de Gabriel. Por el contrario, la violencia, el grito de miseria y las vicisitudes propias del mundo de la ilusión, todo eso procede del ala izquierda de Gabriel, la bendición y la salvación sean con él.

 

-Yo: Finalmente, ¿qué forma tienen las alas de Gabriel?

-El sabio: ¡Oh penetrante!, ¿no comprendes que todo esto son formas simbólicas (romúz)? Si las comprendes según la apariencia (zahir, lo exotérico), no son más que formas vacías de sentido y que no llevan a nada.

-Yo: ¿Ninguno de esos Verbos guarda alguna relación con el día y la noche?
-El Sabio: ¡Oh penetrante!, ¿no sabes que el término de la ascensión de esos Verbos es la Presencia divina (Hazrat-e Haqq), como dice este versículo: “Hacia él sube el Verbo excelente” (35, 11)? Ahora bien, en la Presencia divina no hay noche ni día. “No hay en vuestro Señor ni tarde ni mañana” (4, 77). Al lado del señorío divino, el tiempo no existe.

 

9.-Yo: Y esa ciudad de la que el Dios Altísimo ha dicho: “Haznos salir de la ciudad cuyos habitantes son opresores” (4, 77), ¿cuál es?

 

-El sabio: Es el mundo de la ilusión, la etapa que es ahora para uso del Verbo menor. Pero el Verbo menor es por sí sólo también una ciudad, porque el Dios Altísimo ha dicho: “Son las ciudades cuya historia te contaremos” (7, 99), “incluyen lo que está siempre de pie y lo segado” (11, 102). Lo que está “siempre de pie” es el Verbo. Lo que es “segado” es el templo material del Verbo, cuando cae en ruinas. Pero todo lo que no está en el tiempo, no está tampoco en el espacio. Y lo que está fuera del tiempo y el espacio, son los Verbos de Dios: Verbos mayores y Verbos menores.

 

10. Por fin, cuando sobre el khángáh de mi padre se levantó la luz del día, la puerta que da al exterior de este mundo (por tanto, al otro mundo) se cerró y se abrió la puerta que da a la ciudad. Los mercaderes entraban, yendo a sus negocios, y la comunidad de los sabios se me hizo invisible. Me quedé desolado, suspirando de pena por su compañía. Me lamenté, me deshice en gemidos, pero fue en vano.

 

 

Aquí termina el relato del rumor de las alas de Gabriel, la salvación sea con él.