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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


viernes, mayo 16, 2008

Rabkin en Argentina


Los polémicos sesenta

De visita en la Argentina para presentar su libro Contra el Estado de Israel, el historiador Yakov Rabkin escribe en exclusiva sobre su crítica al sionismo como un generador de antisemitismo en el mundo.

En el sesenta aniversario de Israel, sus representantes y sus partidarios extranjeros expresan su preocupación respecto del antisemitismo.

Ahora bien, muchos intelectuales judíos, en Israel y en otros sitios, consideran que las invocaciones de antisemitismo realizadas por Israel reflejan sobre todo la razón de estado y, más que aportarle seguridad a los judíos, los pone en peligro. De hecho, existen razones objetivas que impiden al Estado de Israel combatir el antisemitismo. La mayoría de ellas son estructurales, sin ninguna relación con el partido en el poder, porque el antisemitismo dio desde siempre la legitimación más sólida para el proyecto sionista en su conjunto.

En principio, los dirigentes israelíes buscan desesperadamente aumentar la población judía de Israel. Están abiertamente inquietos por lo que ellos denominan “la bomba demográfica”, es decir la posibilidad en perspectiva de que los judíos se tornen una minoría en Tierra Santa; para paliar esta amenaza, alientan la “Aliá” (migración de judíos hacia Israel).

Por lo tanto, es el peligro más que el idealismo lo que estimula la Aliá: es el antisemitismo, así como su espectro, lo que aumenta la población judía de Israel. Una vez que el riesgo en el país natal se disipa, se disipa también el deseo de mudarse a Israel, o sea, se quedan. Por ejemplo, son más numerosos los judíos que dejan Israel rumbo a Rusia y Ucrania que aquellos que migran en el sentido inverso. La Aliá está en su punto más bajo en quince años.

Segundo, las políticas israelíes para con los palestinos provocan con frecuencia reacciones antisemitas. Es grave que los judíos estén cada día más asociados con las imágenes de soldados y colonos armados que llenan las pantallas de televisión del mundo entero. Los jefes israelíes pretenden estar actuando “en nombre del pueblo judío” cuando llevan a cabo una operación en Gaza. Se esfuerzan en crear una confusión en la percepción pública entre los israelíes de un lado y los judíos de la diáspora por el otro. Postulan que el Estado de Israel es un “Estado judío” o “el Estado hebreo”, lo cual no hace más que alimentar el antisemitismo en el mundo.

En fin, Israel y sus defensores tienden a desacreditar toda crítica hacia Israel y hacia la ideología sionista calificándola de antisemita. Esta asociación ciertamente sirve para amordazar las críticas a Israel pero priva al concepto “antisemitismo” de todo su sentido real. Esto es lo que se genera cuando líderes sionistas acusan de antisemitas al presidente norteamericano Jimmy Carter o al prelado sudafricano Desmon Tutu, que deplora el resbalón que lleva a la sociedad israelí al apartheid. Hasta el sabio octogenario judío francés Edgar Morin ha sido acusado de antisemita por criticar a Israel.

Sin embargo, varias corrientes del pensamiento rabínico articulan, desde hace más de un siglo, un rechazo categórico al proyecto y a la práctica sionista que encarna el Estado de Israel. Cada año, durante la conmemoración del Día de la Independencia de Israel, judíos con sus abrigos y sombreros negros se manifiestan con pancartas como mínimo controvertidas: “¡Paren la aventura sanguinaria del sionismo!”, “¡El sueño sionista se ha vuelto una pesadilla!”, en una de sus consignas se lee que el sionismo “sembró la confusión convirtiéndonos en un Goliath opresor. Hizo de la crueldad y la corrupción una norma para sus adeptos. ¡Merecemos presenciar el desmantelamiento pacífico del Estado y la llegada de la paz entre musulmanes y judíos en el mundo entero!”.

Es con el fin de enfrentar esta amenaza fundamental a la legitimidad propiamente judía de Israel que los sionistas propagan la idea de que este Estado constituye el alfa y omega de la vida judía; lo cual, según la expresión de Elie Barnavi, el ex embajador israelí en Francia, tiende a afectar por asimilación a las comunidades judías. También los judíos de la diáspora se hallan de esta manera pegados a un estado que no controlan, en el cual no viven, y del cual ni siquiera pisaron su suelo.

Las celebraciones de la fundación del Estado de Israel no deben ocultar el hecho de que el futuro de los judíos no depende, bajo ningún punto de vista, del devenir del Estado sionista. Por esto es que se nos presenta como un imperativo disociar a los judíos y el judaísmo del Estado de Israel, así como de su conducta. Hay que evitar referirse a él como “el Estado judío”. De este modo podremos debilitar el sentir antisemita y arrancar la mecha de la violencia antijudía.

*El autor es profesor de historia de la Universidad de Montreal. Su último libro, En nombre de la Torah: historia de la oposición judía al sionismo, fue traducido a ocho idiomas, menos al hebreo.

Traducción: Santiago Casanell
Fuente: Diario Crítica de Argentina del día 8 de mayo de 2008